Albert
—Aquí tienes. ¡Buen provecho!—. Puse la lasaña en la mesa frente a la alcaldesa y sirena del pueblo, Sylvia Haasenfrau.
—Pareces diferente. —Ladeó la cabeza y me miró fijamente.
—El mismo viejo Albert.—
Sonriendo, se pasó una mano por sus rizos rebeldes, solo para verlos caer hacia atrás en desorden. —A mí me parece amor—.
—Realmente no quiero hablar de eso.—
Por desgracia para mí, no aceptaba un no por respuesta. —¿Ya te ha declarado su amor? Solo tienes hasta mañana—.
—Lo sé muy bien, alcalde. Gracias por la información.
Sabes que ella siente lo mismo. Aunque no te lo haya admitido, ni a ti ni a sí misma.
No iba a dejarlo pasar. Suspiré mientras me sentaba en la silla frente a ella. «Esto es complicado. Tiene una vida fuera de aquí. Una familia. Amigos. Es mucho pedirle que renuncie. Me parece egoísta siquiera intentarlo».
No puedes detener el destino, y el destino la trajo aquí por ti. Sé egoísta, Albert. Ábrele tu corazón y hazle saber. Deja que ella decida qué camino tomar. Pero te garantizo que si no le dices lo que sientes y se va, nunca te lo perdonarás.
—¿Alguna vez te aburres de tener siempre la razón?—
—No. —Agarró el tenedor y cogió un trozo de lasaña. Después de masticar, sonrió—. Está buena. Si alguna vez salimos de aquí, voy a extrañar mucho tu comida.
—Gracias alcalde.—
Renata
—¿Quién eres? ¿Por qué haces esto? —Tiré de la cuerda que me ataba las manos a la espalda y a la viga de la cabaña a la que me había llevado.
Tras atarme, la mujer lobo se transformó en su forma humana y se vistió con unos vaqueros básicos y una camiseta blanca. Ahora estaba decidida a ignorarme mientras se reclinaba en la silla de madera de la cocina, con los pies sobre la mesa, leyendo un libro cuyo título no pude descifrar.
—Por favor, dime algo. Es lo menos que puedes hacer después de secuestrarme.
Lentamente, bajó el libro y sus ojos se asomaron por encima y me fulminaron con la mirada. —No te debo nada—.
Tiré de las ataduras otra vez y tuve que apretar la mandíbula para no gritar de frustración.
Si sigues tirando de las cuerdas así, es probable que te disloques el hombro. Aunque a mí personalmente me importa un bledo, si Albert te encuentra y estás lesionado, probablemente no le hará mucha gracia.
Dejé de tirar de las ataduras y la miré fijamente. —Pensé que se suponía que todos en este pueblo eran amables—.
—Pensaste mal. —Empezó a levantar el libro a la altura de los ojos otra vez.
—¡Solo espera!—
El libro bajó.
¿Cómo que se enfadará? Si me secuestran, ¿por qué te preocupa si se enfadará o no? Esto no tiene sentido.
Poniendo los ojos en blanco, dejó el libro boca abajo sobre la mesa para guardar su lugar y cruzó los brazos. —Mira. Los hombres lobo tienen la capacidad de sentir a sus parejas. Una conexión, por así decirlo. Si su conexión contigo es lo suficientemente fuerte y su amor es puro, te encontrará antes de que se te acabe el tiempo. Si no lo hace... Bueno...— Se encogió de hombros, con una sonrisa burlona en la comisura de los labios. —Supongo que nunca estuvo destinado a ser—.
Se me llenaron los ojos de lágrimas al pensar que no volvería a verlo. —¿Él sabe de esto?—
—No. Me di cuenta de que se estaban tomando su tiempo para aceptar lo que sentían el uno por el otro.
—¿Por qué te importa?—
Porque yo, por mi parte, quiero largarme de aquí. Hay todo un mundo fuera de este miserable pueblo al que quiero regresar. No voy a dejar pasar la oportunidad de romper la maldición por mis... —Levantó la mano y de sus dedos brotaron garras—... garras.
Luché contra las ataduras otra vez. —¿Entonces para qué las cuerdas? No iré a ningún lado, lo prometo. Necesito orinar—.
—Métete en los pantalones. Me da igual. La única forma de que te liberes es cuando Albert entre por esa puerta y te libere él mismo. Si es que lo hace.
Cerré los ojos y apoyé la cabeza contra el poste. Esto no podía estar pasando. Quizás nunca más volvería a sentir sus brazos. Quizás nunca más saborearía sus labios ni escucharía su risa. Solo tenía un día con él. Un día, y lo iba a desperdiciar con este loco lobo pelirrojo.
Alberto
Me estaba levantando de mi silla frente al alcalde cuando me di cuenta; fue como un puñetazo en el estómago que casi me hace doblar. Me agarré al borde de la mesa, me enderecé y negué con la cabeza.
—¿Todo bien, Albert?—
Frunciendo el ceño, me volví hacia ella. —Sí, yo... no me siento del todo bien—.
La sensación me golpeó de nuevo, más fuerte esta vez. Gruñí mientras me doblaba por la mitad, luchando contra el impulso de moverme. ¿Qué demonios estaba pasando? Algo andaba mal. ¿Pero qué?
Me puse de pie y me dirigí al centro del restaurante. «Atención, por favor. Voy a cerrar. ¡Ya!».
Hubo algunas quejas entre los clientes, pero todos terminaron rápidamente y salieron. El alcalde los siguió, deteniéndose en la salida. —¿Oye, Albert?—
—Yes, Mayor?—
A veces la gente necesita un empujoncito para admitir sus verdaderos sentimientos. Sin decir una palabra más, salió y desapareció entre la multitud.
Después de cerrar el restaurante, me subí al Jeep y volví a casa a toda velocidad. Cuanto más me acercaba, más fuerte me invadía el miedo. Para cuando llegué a casa, ya sabía que no encontraría a Renatainside.
—¡Renata! —grité, entrando en la casa y solo me recibió el silencio. Sabía que no estaba, su olor era demasiado tenue, pero la busqué de todos modos. Su coche estaba afuera, así que, dondequiera que estuviera, iba a pie.
La sentí de nuevo. Más fuerte. Su llamada, más urgente que antes.
Al salir por la parte trasera de la casa, inhalé profundamente, absorbiendo los aromas del bosque y buscando los suyos. Al mirar al horizonte, me invadió el pánico. El sol se pondría pronto. Si no la encontraba pronto, jamás descubriría sus verdaderos sentimientos. Nunca podría confesarle los míos, la perdería, posiblemente para siempre.
Arqueando la espalda, eché la cabeza hacia atrás y dejé escapar un aullido.
Iba a encontrarla y que Dios ayude a la persona que intentó quitármela.