Renata
Ya hacía tiempo que no podía fingir valentía. A medida que el sol empezaba a ocultarse tras las montañas y daba paso al anochecer, mis esperanzas de que me encontrara pendían de un hilo.
Aixa. Dijiste que te llamabas Aixa, ¿verdad?
—Nunca descubriré quién asesinó al marido si sigues interrumpiéndome—.
—Bueno, lo siento —espeté—. Me acabas de secuestrar y puede que nunca vuelva a ver al hombre que amo por tu culpa. —Se me llenaron los ojos de lágrimas—. Puede que nunca pueda despedirme.
Si su vínculo es lo suficientemente fuerte, te encontrará. Si no, no importará, ¿verdad?
—¿Cómo puedes ser tan desalmado?—
¿Despiadado? ¿Yo? Deberías agradecerme. Soy quien los salvará a ambos de sí mismos. De nada.
—Eso es muy rico. Cuando me encuentre, y me encontrará, te lo pagaré—.
Una carcajada le salió de las manos. —Cariño, eres humana. Me tienes tanto miedo como a un conejito. Quédate quieta—.
—Él me ama.—
—Ya veremos. —Giró la cabeza y miró por la ventana por la que yo había estado asomado—. Ya casi sale el sol. Tic-tac, Renata. Tic-tac. Tenía muchas esperanzas puestas en ustedes dos, de verdad.
—Me encontrará —susurré.
A medida que transcurría el día, me di cuenta de que tenía razón en una cosa. El pánico que sentía ante la perspectiva de no volver a ver a mi amante hombre lobo me hizo comprender que no podía irme de allí. No sin él.
Mi vida fuera de este pueblo era superficial. Hasta que llegué aquí, pasaba los días esperando llenar un vacío interior que no podía llenar con compras, fiestas ni seguidores en i********:. Lo que necesitaba, el dinero jamás lo podría comprar.
En una semana, me di cuenta de que necesitaba más. Necesitaba esa otra mitad de mí. Necesitaba una pareja que me quisiera a pesar de mis defectos. Alguien que me apoyara en todo lo que la vida nos pusiera por delante. Eso era lo que me faltaba, lo que había estado buscando.
Lo que había estado buscando. Lo que necesitaba era a Albert.
El sol desapareció dejando oscuridad.
¿Cuándo terminaría nuestro tiempo? ¿A medianoche? ¿O tendríamos hasta el amanecer? No se me había ocurrido preguntar sobre los detalles de la maldición.
Entonces sucedió. Un aullido resonó en la noche. Un aullido tan fuerte y potente que me provocó escalofríos.
Albert. Era él. Podía sentirlo acercarse.
Me senté erguida contra el poste, secándome las lágrimas en el hombro de la camiseta. —Ya viene. Lo siento—.
—Ya era hora, maldita sea. Empezaba a pensar que no aparecería. —Se levantó y dejó el libro en la pequeña estantería que contenía quizás un par de docenas de libros.
El aullido volvió a sonar. Esta vez más cerca.
Mi coño se apretó como si anticipara nuestro reencuentro.
—Esa es mi señal para largarme de aquí. —Se dirigió a la puerta principal, la abrió y se giró para mirarme—. Mañana me lo agradecerás. Nos vemos, humano. —Dejó la puerta abierta y desapareció.
—Al menos podrías haberme desatado—, me quejé. —Todavía tengo que orinar—.
Si ese aullido no fuera de Albert, estaría jodido. Cualquier criatura podría entrar con la puerta abierta de par en par.
Otro aullido.
Y entonces apareció. Un gran lobo gris, con esos ojos ámbar que había aprendido a adorar en tan solo seis días. —Albert—, susurré, sabiendo que podía oírme incluso estando tan lejos.
El lobo empezó a cargar hacia la cabaña, y mientras lo hacía, empezó a transformarse. Para cuando llegó a la puerta, mi Albert estaba de pie, desnudo y glorioso, con una amplia sonrisa en los labios que me llenó el corazón de alegría.
—Ya era hora de que aparecieras—, bromeé, con lágrimas en los ojos mientras luchaba por ponerme de pie.
—¿Quién te hizo esto?—, preguntó, acercándose a mí y deshaciendo rápidamente los nudos de mis ataduras.
—Ella dijo que su nombre era Aixa.—
Estaba involucrada con el alcalde. Apuesto a que sí.
En cuanto las cuerdas se aflojaron, salté a sus brazos, aferrándome a él con fuerza y hundiendo la cara en su cuello. «Tenía tanto miedo de no volverte a ver. La idea de no volver a verte era más de lo que podía soportar». Me aparté de él, mi mirada fija en la suya.
Tomando mi mejilla con su mano, bajó su frente hacia la mía.
Vine lo más rápido que pude. Temía no llegar a tiempo. Nunca había tenido tanto miedo, Renata. No quiero estar sin ti. No te vayas. Por favor, no te vayas. Te quiero, cariño. Te quiero con cada fibra de mi ser.
Y así, sin más, me sentí completa. Mi corazón me había guiado a este pueblo, y a él. Y su corazón también me había encontrado.
Te amo. No importa dónde criemos a nuestros cachorros, en este pueblo o en el mundo exterior, siempre y cuando esté contigo. Le acaricié la mejilla. Para siempre.
—Para siempre.—