CAPÍTULO 14

1459 Palabras
Perséfone Mi cuerpo y mi mente habían pasado por todos los conflictos emocionales posibles, y tras estar atrapado en la Casa de Hades durante días, mis nervios, destrozados, estallaron con su repentina aparición. Sentí su energía siniestra detrás de mí antes de verlo, acechando en la oscuridad como el bloque de hielo que era. Incapaz de mover las manos, me retorcí contra él, pero las suyas se deslizaron por mis caderas y se posaron en las curvas de mi trasero. Me quedé paralizada ante su contacto íntimo e intenté alejarme de él. Me detuve al notar que su pecho, brazos y cuello estaban llenos de símbolos y patrones. Había un dibujo n***o en su antebrazo que parecía las venas de una hoja que se abrían a medida que la imagen se agrandaba. Tragué saliva e intenté ignorar la sensación de su cuerpo apretado contra el mío. Una vez que reuní valor, lo miré fijamente a los ojos. —No soy la Reina del Inframundo —le susurré enojada mientras miraba sus ojos oscuros. Su expresión nunca cambió y sus ojos siempre estaban apagados. Observé su abundante cabello castaño oscuro; al igual que mi madre, tenía varios tonos en el cabello y la barba. Me recordó al árbol de corteza descascarada, que tenía varios tonos como Hades, desde un rico tono cobrizo hasta un apagado tono marrón grisáceo. Muchas plantas eran camaleónicas porque tuvieron que adaptarse y sobrevivir. La mano de Hades subió hasta posarse en mi espalda baja, y la otra cubrió mi nuca y mi cabello. Me bajó hasta que mi espalda quedó apoyada sobre el balcón, y mi corazón empezó a latir con fuerza. ¿Me arrojaría desde el balcón de la torre? Nunca había oído que fuera cruel, solo frío. Los mortales le temían tanto como nos amaban, pero tenían vidas tan cortas que tenían todo el derecho a temer a la muerte. Me quedé sin aliento al sentir el contacto. Era el primer roce que recibía desde que me trajeron aquí. Abrazaba y besaba a mi madre varias veces al día. La conmoción del contacto me abandonó, y mis ojos se llenaron de lágrimas al sentir el dolor familiar que me apuñalaba profundamente. Extrañé a mi madre. —Búscate a otra persona. No soy la pareja ideal para ti, Hades —dije con voz entrecortada mientras las lágrimas me resbalaban por la cara. —Me temo que es demasiado tarde, Perséfone. Nunca te soltaré. No necesité abrir los ojos para ver su arrepentimiento, pues lo percibí en su voz, pero venía acompañado de terquedad, algo que conocía muy bien. Era un rasgo de los Olímpicos. Los ancianos no se acobardaron. Sus dedos me mordieron el cuello y abrí los ojos. —Te sugiero que mantengas la mente abierta cuando te deje salir del palacio. Desde los cielos hasta las profundidades del Tártaro, hay un ciclo constante de la naturaleza, vida y muerte, que debe equilibrarse —dijo, deteniéndose para mirarme los labios. ¿Me estaba liberando de mi prisión? Su corona impedía que el cabello le cayera sobre la cara, pero se recogía alrededor del cuello para mimetizarse con la barba. Su tez distaba mucho de ser pálida, pues era de un castaño dorado por todas partes. Lo que fuera que me sujetaba las muñecas se desenredó, y me aferré a sus brazos porque no quería caer. Me frotó la mejilla y la barba erizada contra la cara hasta que acercó sus labios a mi cuello. Un calor extraño se apoderó de mí. No provenía de mi energía interior, y me sonrojé al darme cuenta de que provenía de más abajo. —Déjame ir —dije, intentando deslizarme hacia un lado, lejos de él y del balcón. Presionó sus caderas contra las mías hasta que sentí su robusta v***a. Empecé a entrar en pánico y respiré hondo para calmarme. Fue entonces cuando sus dedos me sujetaron el cuello y la punta húmeda de su lengua descendió hasta llegar a mi clavícula. A decir verdad, odiaba estar encerrado en su palacio. La oscuridad de su casa me paralizaba. Deambulaba sin rumbo por las distintas habitaciones y pasillos, pero cada vez que intentaba salir, las almas extrañas y veladas se agolpaban frente a las puertas hasta que me daba la vuelta. Mis ojos quizá se habían adaptado a la tenue luz, pero me dolía el corazón al perder el sol y la tierra. Extrañaba ver el carro dorado de Helios, conduciendo el sol de este a oeste. Hades me levantó y se hizo a un lado. Pasé rápidamente junto a él y bajé corriendo por la escalera de caracol de mármol n***o. Me levanté el vestido con una mano y mantuve la otra apoyada en la pared mientras corría. Sus palabras y su tacto me daban vueltas. Estaba demasiado absorta como para ver a Hades emerger de la sombra del pasillo, y choqué contra él con un gruñido. El impacto me empujó hacia atrás al rebotar en su pecho. —No ayuda que andes merodeando en las sombras —murmuré mientras me alejaba de él. Nunca se reveló durante el tiempo que estuve aquí, pero a veces podía sentir su energía oscura cerca de mí. Estaba en los rincones más oscuros del palacio, desde las ventanas, y hubo momentos en que lo sentí en mi dormitorio. Cuanto más me dejaba a mi suerte, más me inquietaba. No se trataba solo de la enorme e imponente jaula, el aire viciado y sofocante, ni del lugar oscuro, muerto y desprovisto de vida. No había capullos ni árboles vibrantes que produjeran elementos esenciales que flotaran en el aire. Nada allí ofrecía la belleza natural a la que estaba acostumbrada. infierno Se acurrucó contra mí mientras Caronte se acercaba. Estuve tentado de rodearla con el brazo, pero debía comprobar por sí misma que no había nada que temer. Cuando el barco tocó el terraplén, levantó la vista y la oí jadear mientras las nuevas sombras empezaban a desembarcar. Fruncí el ceño, confundido, intentando comprender qué había provocado esa reacción. El aire estaba cargado de un silencio inquietante, roto solo por el suave chapoteo del agua contra la barca y algún que otro suspiro o susurro lastimero de las sombras. Algunas almas brillaban con una tenue luz, mientras que otras estaban envueltas en la oscuridad. Este cargamento era diverso: jóvenes, ancianos, hombres, mujeres y tres niños, de distintos tamaños. “¿Esto es lo que pasa con los mortales?” susurró Perséfone, pero el horror y la angustia distorsionaron sus hermosos rasgos. “Llamo sombras a las almas que llegan. Se convierten en un eco de quienes solían ser. Su esencia se desprende del cuerpo físico al morir. Mi deber es asegurarme de que se les asigne su destino final apropiado. El orden y el equilibrio deben mantenerse”, dije con firmeza antes de mirarla, pero ella no me miraba. Perséfone abrazaba a los niños y les susurraba. Las sombras empezaron a arrastrarse, pero yo permanecí paralizada, observando a la joven Diosa ofrecerles consuelo. Les acarició la coronilla. Me abrí paso entre las sombras intentando oír lo que decía, pero cuando llegué a ella, ya estaba de pie. Tenía el rostro abatido y se secaba las lágrimas. Soltó un suspiro tembloroso antes de mirarme, y me impactó la indignación en sus ojos. “¿Cuidarán de los pequeños?”, preguntó con voz aguda y con una acusación brillando en sus ojos dorados. La indignación de ser acusado de alguna falta contra las sombras me hizo erguirme y la miré con enojo. Una sensación reconfortante y gélida me invadió. Sus pálidas mejillas se sonrojaron, pero apartó la mirada mientras los niños se acercaban a la multitud para reanudar su camino hacia el patio. Era difícil no sentirme ofendido por su tono acusador, pero le tendí el brazo y, tras una vacilación inicial, me lo puso encima. ??? Tras el incómodo comienzo, ambos nos relajamos mientras escuchábamos los juicios de Minos, Radamanto y Éaco. Perséfone tenía un trono a juego con el mío, mientras que los tres jueces ocupaban sus habituales tronos de mármol n***o. Para mi satisfacción, cada vez que miraba a Perséfone de reojo, su atención se centraba en los testimonios de la sombra. Una a una, las sombras se acercaron al centro del patio. Algunas permanecieron erguidas, con la cabeza en alto, mientras relataban su virtuosa acción, mientras otras, encogidas de miedo, con la voz temblorosa, confesaban sus fracasos. De repente, su mano cubrió la mía, deslizando sus dedos por debajo hasta aferrar mi palma. La primera niña estaba en el centro del patio. No habló, pero sus ojos me imploraban clemencia. —¿Qué pasa con los niños, mi Señor? ¿Qué juicio les espera? —susurró Perséfone.
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