Renata
—¿Así vamos a pasar el resto de la semana?—, pregunté cuando Albert apagó el cartel de abierto y encendió el de cerrado.
—¿Qué quieres decir?— preguntó mientras se sentaba frente a mí en una cabina.
—O sea, ¿vas a invitarme a alguna cita romántica? ¿A conocernos? Según mis cálculos, solo nos quedan seis días.—
Él se rió entre dientes.
Me gustaba mucho el sonido de su risa. Quizás era porque parecía tan malhumorado todo el tiempo que, cuando dejaba de fruncir el ceño, la ocasión era aún más especial.
De hecho, tengo una idea para esta noche. Antes de irnos, solo quería decirte que me impresionaste mucho hoy. No esperaba que me ayudaras, desde luego no lo necesitaba. Y, sinceramente, no pensé que se te diera muy bien. Me equivoqué. Lo siento.
Ella sonrió. —Quería hacerlo. Fue agradable conocer a la gente de aquí. Admito que al principio tenía dudas; no todos los días te encuentras con un duende de verdad, pero hoy lo hice. La gente de aquí parece agradable. Genuina. Es refrescante—.
—¿Qué quieres decir con eso?—
O sea, no te equivocabas del todo. He tenido una vida de privilegios. Solo necesito decirle a mi padre que quiero algo y es mío. Tenías razón, nunca he tenido un trabajo de verdad. Me hacía sentir bien que me necesitaran.
Extendiendo la mano por encima de la mesa, tomó mi mano. Su mano era casi el doble del tamaño de la mía, su agarre firme. —Me sentí bien teniendote aquí ayudándome hoy. He estado solo por mucho tiempo, y aunque finjo que no necesito a nadie ni a nada, me siento solo. Este ha sido uno de los días más felices que he tenido desde que llegué. Y fue gracias a ti—.
Me ruboricé las mejillas y de repente me sentí tímida. —Ya me lo imagino. ¿Y la gente que vive aquí? ¿Nunca has conectado con nadie más? Románticamente, claro.—
—No. Aquí no funciona así. O ya estás con tu pareja ideal o estás esperando a que llegue. Aquí no hay atracción para nadie, porque estamos esperando a quien nos corresponde. —Giró mi mano para que quedara con la palma hacia arriba y me acarició la muñeca y la palma con el pulgar, provocando una oleada de excitación.—
De repente, se me secó la boca y se me aceleró el pulso. Salté del banco, respiré hondo y exhalé. —¿Dijiste que tenías una sorpresa para mí?—
Con un brillo divertido en los ojos, se puso de pie. Sabía lo que me hacía. Bastardo. Aunque tenía que admitirlo, me gustaba mucho su lado coqueto y dulce.
—Sí. Deja que prepare un picnic y nos vamos.
Arrugué la nariz al mirarlo. —¿Un picnic? ¿De noche?—
Créeme, valdrá la pena. Este lugar puede estar aislado, pero también es mágico, sobre todo cuando tienes a alguien especial con quien compartirlo. Ya verás.
Renata
Tenía razón. Sentada en el asiento del copiloto del Jeep con la capota bajada, conduciendo por un sendero cubierto de vegetación, con los sonidos de las criaturas nocturnas a lo lejos, se respiraba una paz incomparable con la que ningún spa podría competir.
Mientras él miraba la carretera frente a nosotros, iluminada solo por los faros redondos del Jeep, yo me fijé en él. Claro que su físico era increíble y tenía el pene de una estrella porno, pero sus rasgos también eran impactantes. Su mandíbula cuadrada y fuerte y sus pómulos altos eran lo que las agencias de modelos buscan en sus modelos masculinos. Lo único que me llamó la atención fueron sus colmillos, más largos que los de un humano promedio. Me hizo preguntarme cómo se transformaba. ¿Sería de mala educación preguntarle al respecto?
—Dilo ya. ¿Qué te pasa?
—¿Ya puedes leer mi mente?—
Él se rió entre dientes y me miró. —No eres tan difícil de leer—.
—¿Qué se siente cuando te conviertes en hombre lobo?
Se quitó la lengua del paladar y guardó silencio un momento. «Nunca te acostumbras al dolor de una transformación completa. Al principio está bien. Cuando mis emociones se elevan, mis orejas y dedos se alargan y me crecen los dientes, cosas así. No duele. Pero cuando hago una transformación completa, cuando mis huesos se rompen y se transforman en un lobo, duele muchísimo. Lo odio, pero me encanta la sensación de estar en modo lobo. No puedo ni empezar a describir lo libre que me hace sentir y lo en armonía con la naturaleza».
—Suena terriblemente hermoso —susurré.
—Es una bonita forma de decirlo, sí.—
Tras unos minutos de viaje llegamos a un lago con una pequeña playa. Bajé del Jeep y agarré la cobija que Albert llevaba en la parte de atrás. Apretando la manta contra mi pecho, me dirigí a la playa, con Albert cargando con la cesta de picnic.
Mientras yo extendía la manta, él empezó a descargar la cesta de mimbre que estaba llena con una variedad de frutas y quesos.
También traje una botella de vino que preparé yo mismo. Estoy pensando en añadirla al menú, pero me gustaría que fueras el primero en probarla. La mayoría de los sinvergüenzas de aquí no han probado vino del mundo exterior en mucho tiempo, así que no confío en su criterio.
—Claro, suena bien. Entonces, ¿qué les impide irse?
No podemos. Físicamente no podemos. Créeme, todos lo hemos intentado. Pero el pueblo no está dispuesto a dejarnos ir.
—Puedo irme cuando quiera, ¿no?
Su sonrisa se desvaneció. —Puedes. Pero si decides que quieres estar conmigo, no podrás irte. Al menos hasta que la maldición se haya roto o levantado.—
Hay mucho que procesar. No volvería a ver a mis amigos ni a mi familia. Es un gran acto de fe.
—Lo sé. Y no es algo que tengamos que discutir ahora. Esta noche se trata de conocernos. —Descorchó la botella y me sirvió una copa de vino y luego una para él, antes de volver a guardar la botella en la cesta.
—¿Por qué brindamos?—, pregunté, acomodándome en la cobija, de lado, con la cabeza apoyada en la mano.
Mmm. ¿Qué tal si brindamos por nosotros? Y por el posible comienzo de algo mágico.
Una sonrisa se extendió por mis labios. Qué dulce. —Por nosotros—. Choqué mi copa con la suya y tomé un sorbo tentativamente. —Qué rico—.
—Gracias. Creo.—
Me reí, tomando otro sorbo. —¿Qué tiene de malo ser agradable? Agradable es una buena palabra—.
—Cierto. ¿Tan bueno como lo que hay en el mundo exterior?
Dando un tercer sorbo, asentí. —Sin duda. Mi padre tiene una extensa colección de vinos. Creo que es un requisito para los mayores con dinero. Es imprescindible tener una colección de vinos—.
Él se rió. —Creo recordarlo—.
—¿Puedo preguntar cuántos años tienes? Me cuesta mucho saber tu edad.
—Tengo treinta y dos años. Llevo aquí unos cuantos. Creo. Es muy difícil decirlo, aquí todos los días son exactamente iguales, así que es difícil contar el tiempo. —Ladeó la cabeza, mirándome—. ¿Veinticinco?
—Veintiuno.—
—Oh…— La luz de la luna iluminó sus rasgos lo suficiente para que pudiera ver que no estaba entusiasmado con mi noticia.
—No soy ni de lejos una niña. Sé que no sabes cómo crecí, pero te diré que, aunque conseguí todo lo que quería, hubo un sacrificio. Me criaron niñeras y empleadas domésticas. Así que maduré rápido. Siempre intentando ganarme la aprobación de mi padre.
—¿Y tu madre?—
—Ella falleció al darme a luz. Casi siento que mi padre me culpó por su muerte. Quizás por eso nunca tuvo tiempo para mí. Solo me dio dinero y me dejó ir.
No fue hasta que lo dije en voz alta que me di cuenta de lo mucho que me dolía. Sollocé, secándome una lágrima rebelde, y luego tomé otro trago de mi copa de vino.
—Lo siento, parece que tú también sabes lo que es estar solo. —Me tomó la mejilla con la mano, instándome a mirarlo.
Inclinando la cabeza hacia arriba, levanté la mirada para mirarlo a los ojos. Él comprendía lo que sentía. Era un desconocido, pero parecía compartir mi dolor. Dos personas heridas unidas. Parecía una triste canción country.
Bajó la cabeza, sus labios a solo unos centímetros de los míos. Maldita sea, olía bien. Delicioso. Como a especias. ¿Sus labios sabrían tan bien como olían? Necesitaba saberlo.
Cerrando la distancia entre nosotros, rocé mis labios con los suyos.
Gimió, un gruñido bajo y salvaje que me recorrió un escalofrío de deseo al responder a mi beso. Me quitó la copa de vino de las manos y la dejó a un lado. Profundizando el beso, su lengua se deslizó entre mis labios en busca de los míos, mientras su mano se deslizaba hacia la nuca, enredándose en mi pelo. Su mano aferró mis mechones, tirando ligeramente de ellos, haciéndome gemir en respuesta.
Agarrando la parte delantera de su camisa, me dejé caer sobre la cobija, tirando de él conmigo, necesitando sentir el peso de su cuerpo sobre el mío.
Cambió su peso para acomodarse entre mis piernas, con una mano apoyada a un lado de mi cabeza para evitar que su peso aplastara mi cuerpo más pequeño. Su lengua bailó con la mía, enviando pulsos de placer y anticipación por todo mi cuerpo, amplificando la necesidad que crecía entre mis piernas y humedeciendo mi panty.
Deslizé mis manos por su pecho, las junté tras su cuello mientras rodeaba su cintura con mis piernas, apretando su entrepierna contra la mía. Sabía que teníamos que parar, pero no tenía la fuerza de voluntad para apartarlo cuando lo único que quería era explorar cada centímetro de su cuerpo con mis manos, labios, dientes...