El amanecer sobre el estrecho de Bonifacio no fue una explosión de luz, sino una filtración lenta de grises y azules acero que revelaron los acantilados de piedra caliza blanca, tallados por el viento como si fueran los dientes de un gigante dormido. La pequeña embarcación de Aarón, despojada de insignias y camuflada por la salitre de mil millas náuticas, navegaba en un silencio casi absoluto, evitando las rutas comerciales y los ojos electrónicos de las patrulleras francesas. Aarón manejaba el timón con una mano, mientras la otra descansaba sobre el hombro de Valeria. Sus dedos ya no apretaban con la urgencia del que teme que su posesión escape; ahora, el contacto era suave, un anclaje mutuo en un mundo que finalmente los había dejado por muertos. Marsella era un recuerdo de fuego y humo

