El amanecer en Alta Rocca tenía un sabor a despedida que el aroma del café no lograba ocultar. Valeria observaba desde el porche cómo la niebla se aferraba a los viñedos, envolviendo las cepas que ellos mismos habían podado con la esperanza de verlas brotar. El sobre de Selim descansaba sobre la mesa de madera, con los tres pasaportes brasileños brillando bajo la luz mortecina de la lámpara de aceite. La decisión estaba tomada, pero el cuerpo de Valeria se resistía a abandonar la solidez del granito corso por la incertidumbre líquida del Atlántico. Sentía el peso de su embarazo como una nueva forma de gravedad, una que la obligaba a moverse con una cautela que el Halcón siempre había predicado pero que ella solo ahora comprendía en su totalidad. Aarón salió de la casa cargando dos mochila

