II
Mientras empacaba las mínimas cosas que poseía en su diminuto cuarto en la sección de maestros de esa escuela, pensaba que la habían engañado toda su vida con aquello de que un día iba a conocer el «príncipe azul», con el que serían felices, comiendo perdices. No estaba siendo tratada como una princesa, vaya, ni como una cenicienta, ella era un peón en un juego del destino, el sacrificio a los dioses de papel.
Empacó su ropa más aburrida, sus libros por montones y sus pertenecías familiares, que ahora detestaba. Unas fotografías de sus padres y hermanos que en ese momento no podrían adivinar el mal que le hicieron.
El asunto era muy sencillo, la familia Redmount era poderosa y se encargaba de hacer miles de sociedades con todo tipo de empresas. Los dueños de estas, grandes o pequeñas, tenían una cláusula en el contrato que, de ser necesario, una de sus hijas sería pedida en matrimonio para uno de los hijos de la generación Redmount. Nada inusual era aquella cláusula a inicios de 1900, pero en la era de la información, eso resultaba absurdo con todas sus letras.
Dichas empresas estaban tan atadas y endeudadas, que no tenía más que obedecer y enviar a sus hijas a que fueran posibles candidatas para ser la esposa del líder en curso de la familia. 100 o 50 años antes eso era normal, incluso un honor, ahora era cuestión de dignidad y Lala había sido la desafortunada-afortunada elegida, solo por ser «casta».
Ella sabía eso desde muy niña, incluso desde esa edad sus padres le habían querido vender la idea de que tal vez algún día sería la dueña del mundo, pero no quería eso, era una romántica, quería un hombre nada más en su vida, no importaba si era rico o pobre. Ya más grande, los padres le hablaron que existía la posibilidad que ella fuera elegida, que de no aceptar, la quiebra y el deshonor los perseguirían para siempre e incluso de negarse, podrían disponer de sus vidas. Eso sí la asustó, amaba a su familia, por muy tonta que esta fuera. Así entonces, solo por descarte y al ser casi la última en la lista a la que se le pudo demostrar que ningún hombre había tocado, resultó la elegida.
—Malditas cualquieras —renegó mientras se ponía la mochila al hombro y se acomodaba un poco la ropa—. Ellas sí hicieron lo que se les dio la gana y yo como mi idea del «único hombre perfecto». Debí haberme revolcado cuando pude con un tipo de un bar… maldita sea…
Lala abrió la puerta y le pidió a uno de los guardias que le ayudara a llevar las cajas con sus libros, su verdadero tesoro. Un pensamiento casi suicida pasó por su cabeza, aún estaba a tiempo de perder su virginidad, de anunciarlo y suspender esa boda. Miró de reojo al otro guardia, él era un hombre, esbozó una media sonrisa, no obstante, muy de su interior, algo le dijo que ella era una dama en todo el sentido de la palabra y no sería solo la chica de una noche de un desconocido.
—Lo siento, y gracias por ayudarme. ¿Adónde vamos exactamente? —replicó Lala intentando ser cordial.
—Nos dirigimos a la mansión donde vivirá con su futuro esposo, señorita —respondió el hombre abriendo la puerta de salida principal.
Afuera, en el pequeño patio de esa escuela, las que fueron sus compañeras empezaron a despedirse de ella y a desearle mucha suerte. Lala pensó en que no todo podía ser malo, si de verdad iba a estar al lado de un hombre rico, podría tal vez sacar dinero para mejorar ese sitio.
Subió a la ostentosa limusina, fundiéndose en el cuero n***o de la tapicería. Puso las manos en el cristal del auto, añorando libertad.
***
Kyle caminaba ansioso revisando unos papeles que debía firmar para un tratado de exportación. Aquello requería mucha inversión y las ganancias llegarían a lo grande, no obstante, no tan rápido como con otro tipo de negocios igual. De fallar solo ganaría la furia de su abuelo que no le gustaban los riesgos innecesarios.
Los Redmount habían adquirido su fortuna en todo tipo de negocios, desde el oro, hasta las farmacéuticas; ahora la empresa que dirigía Kyle, al menos esa, se dedicaba a la fabricación de microchips para casi cualquier tecnología, siendo la más importante la de la industria móvil. Los tratados eran muy difíciles con América, pese a eso, habían logrado filtrarse de a pocos, haciendo grandes alianzas con los del G8.
—Yo no debería estar acá, yo tendría que estar con mi hijo —susurró para él mismo, casi a la vez que Lala a kilómetros maldecía su destino. Finalmente, puso su firma y que el cielo le ayudara. Era hora de estar con su bebé.
Kyle era el hermano menor de la nueva generación de la familia. Se suponía que el poder absoluto lo heredaba el hijo mayor, que por alguna razón siempre resultaba ser un varón, algunos hasta creían que esa familia tenía un pacto con el diablo. Así fue siempre, hasta que nació Kaylan, el hijo mayor, que resultó todo un inútil. No hizo el mínimo esfuerzo por aprender nada, y tuvo una vida de dandi moderno. El abuelo decepcionado y siguiendo la rígida tradición, le dio la cabeza de la familia, pero puso a Kyle como el que trabajaría por todos. Aquello rompía un poco el equilibrio, pese a eso Kyle, que no parecía tener mayores expectativas en la vida, sino obedecer, a sus 29 años, era la cabeza en las industrias, y qué ironía, en la familia era un segundón.
Tomó su imponente abrigo de la mejor marca existente y salió de la oficina directo a la mansión. Sentía una necesidad única de estar con su bebé, un enorme temor a que lo separaran de él un algún momento y entonces, fuera una ficha más en el juego de esa siniestra familia.
***
—Es tan bello… —dijo Lala para sí, al ver el camino de rosas que recorría en la limusina. Casi llegaban a la entrada principal donde se levantaba una fuente con dos pequeños angelitos alrededor—. Vaya, qué hermoso, así debe verse la entrada al infierno.
—¿Disculpe? —replicó uno de los hombres que la custodiaban. La jovencita solo hizo una mueca parecida a una sonrisa y salió del auto cuando le abrieron la puerta. Salió de ahí, mirando hacia arriba, la mansión era imponente y terrorífica.
—Así que ella es la pobre chica —murmuró Kyle desde el ventanal de su habitación, con su hijo en brazos—. Ciertamente es muy diferente…
Lala fijó sus ojos en el ventanal donde se posaba Kyle, solo que ella no podía verlo. La niña tomó aire y siguió a una de las muchas sirvientas que parecían felices con su llegada. A la casa le hacía falta una señora que la dirigiera. Llevaron sus pocas pertenencias a una habitación del segundo piso, un lugar enorme que rayaba en lo pretencioso.
—Esta es tu alcoba provisional, la que compartirás con el señorito es dos veces más grande —dijo una robusta empleada con mucha alegría.
—¿Señorito?... ¿Y para qué algo más grande? ¿Para escondernos mejor el uno del otro?
El comentario hizo reír a las sirvientas más jóvenes, que fueron reprendidas por la mujer robusta.
—Dime, o alguna, por favor, díganme, ¿voy a tener el privilegio de conocer a mi «amado» consorte antes de la boda? Digo, solo para tener una idea de con quien se supone que voy a compartir el resto de mi infeliz vida…
La forma en que lo dijo, resultó también muy graciosa para las chicas, que le tenían algo de compasión al ser la prometida del señor Kaylan. Lala se sentó en la cama y la mucama mayor le respondió que tendría una cena en la que lo conocería.
—Qué lástima que el hijo mayor no fue el señor Kyle —dijo una de las jovencitas. Las otras la siguieron en suspiros y sonrojos. Le dieron algunas indicaciones de cómo funcionaba la bañera, cómo llamar si necesitaba algo de las criadas y un pequeño mapa de la casa. Lala veía todo aquello hilarante, parecía más el servicio de un hotel.
Cuando estuvo sola al fin, se tendió en la cama por completo, mirando el techo que era de un color gris muy serio, aburrido. No se escuchaba casi nada fuera de ahí, lejanos ladridos y pajarillos que cantaban igual muy lejos. No podía negarse que, a pesar de toda aquella ridiculez, sentía paz. Reflexionó que tal vez no era tan mala idea unir su vida de esa forma, se había evitado miles de malas experiencias y desamores, solo la unieron a otro y ya.
—Dios, ya empiezo a delirar. Solo te pido que no sea un hombre malo…
Cerró los ojos, el sueño la empezaba a vencer, cuando algo la hizo levantarse de un brinco: un bebé estaba llorando muy cerca. Aterrada con el hecho que ese niño pudiera ser parte de un trato o un sacrificio, ya a esas alturas creía cualquier cosa, salió corriendo de su cuarto y se dejó guiar por el llanto, abriendo la puerta de donde provenía, de par en par. Su aliento se contuvo un poco al ver la figura de un hombre muy alto, de cabellos hermosos, con todo el torso de guerrero romano al descubierto, llevando en brazos a una criatura.
Él la observó con los ojos fríos, no con odio o desprecio, solo como si estuviera muy dolido, muy triste y a la vez, con esperanza.
***
Fin capítulo 2