CAPITULO 57

1270 Palabras
MARCO Ella alzó los ojos por fin. Y en su mirada… no había gratitud. Había una tormenta. Una guerra interna tan violenta que casi podía sentir su eco. Culpa, miedo, y algo más: el peso aplastante de un secreto que la estaba ahogando. Permaneció en silencio. Yo también. A veces, el silencio es la mejor pregunta. Respiró hondo, un sonido tembloroso que le hinchó el pecho. Pareció medir la distancia entre ella y el resto del mundo, entre su lealtad a ese lugar y la necesidad desesperada de arrojar parte del peso que la hundía. —No puedo hablar aquí —susurró, tan bajo que tuve que inclinarme ligeramente—. No… no de todo. Pero te responderé una pregunta. Una. La que más importe. Mi mente trabajó a toda velocidad. Tenía cien. ¿Quién? ¿Cómo? ¿Por qué? Pero ella tenía razón. Sólo una era la llave para abrir todas las demás cerraduras. La miré fijamente, asegurándome de que cada sílaba quedara clara. —¿Dorian Martinelli está detrás del incendio? El silencio que siguió fue denso, absoluto. Pareció absorber incluso los leves sonidos de la actividad a nuestras espaldas. Valentina no apartó la mirada. Sus ojos, esos ojos claros que habían visto demasiado, se clavaron en los míos. Vi el pavor, la lucha interna, el cálculo rápido y desesperado de las consecuencias. Y luego, la rendición. Sus labios se entreabrieron para formar esa única palabra, el nombre que necesitaba escuchar. Pero en ese instante, una sombra se interpuso entre nosotros. —¿Está interrogando otra vez a Valentina, señor detective? La madre Agnes había aparecido a mi lado, su presencia fría y rígida como una estatua de mármol. —Sólo es una pregunta, madre —dije, sin apartar los ojos de la joven, que había bajado la mirada al instante. —No me gusta que se acerque a ella de esa manera, señor —repitió, y con un gesto cortante de la mano, hizo que Valentina retrocediera—. Vaya con las otras, hija. —Sólo era una pregunta —repetí, viéndola alejarse a prisa, la oportunidad evaporándose con ella—. Madre, dijo que no interferiría en la investigación. —Y no lo hago —respondió, su voz un hilo de acero—. Lo que no me gusta es ese acercamiento hacia Valentina. ¿Por qué se acerca tanto a ella? Debo recordarle, señor, que Valentina es una novicia, y usted… —Dejó la frase en el aire, cargada de una insinuación venenosa. —No piense mal, madre superiora —dije, conteniendo la irritación que me subía por la garganta—. Sólo hago mi trabajo. —Si desea hacer bien su trabajo —cortó ella, clavándome sus ojos grises y fríos—, busque al responsable del envenenamiento de los niños. —Es justo lo que estoy haciendo. Y sospecho que es una de ustedes. Su rostro, siempre compuesto, no se inmutó, pero una luz glacial brilló en su mirada. —¿Cómo se atreve a insinuar semejante tontería? Nosotras damos la vida por estos niños. —Y sin embargo —avancé un paso, bajando la voz a un murmuro que sólo ella podía oír—, ocurre un incendio que quema exactamente lo imprescindible: el archivo, la enfermería, la cocina. Se ha puesto a pensar… ¿por qué? Su mandíbula se tensó. No dijo nada. No hubo un destello de sorpresa ni de enfado, sólo un reconocimiento helado y calculador. Luego, hizo algo extraño. Un leve, casi imperceptible, movimiento de su cabeza hacia abajo. No fue un asentimiento. Era algo distinto, más parecido a un reconocimiento de que yo había rozado, sin saberlo, un nervio expuesto. El peso en mi pecho no se alivió; se transformó. No tenía un nombre concreto para empezar mi investigación, pero sí una sospecha nítida y venenosa: el responsable estaba siendo encubierto, y la mano que sostenía la capucha era la de la madre superiora. Una presencia familiar se materializó a mi lado, invadiendo mi espacio personal con su habitual falta de tacto. Rinaldi. Se inclinó hacia mi oído. —No tenemos nada aún, ¿verdad? —Nada concreto —admití, sin apartar la vista de la figura rígida de la madre Agnes al otro lado del patio. —Te lo advertí —susurró, con esa media sonrisa burlona—. Ojos grandes, carita de ángel de porcelana… pero más retorcida y peligrosa que una víbora en el confesionario. Juega contigo. Mírala ahora, mezclándose con los niños. Se deshace en lágrimas de cocodrilo. Es tan convincente que hasta tú te la tragaste entera. No reaccioné de inmediato. Dejé que su cinismo se deslizara sobre mí como la llovizna fría. —Pero tenemos un hilo —dije, mi voz sonando plana, profesional—. Directo. Ahora encárgate de lo siguiente: averigua cuál de las monjas de dentro está colaborando. Martinelli no prendió el fuego con sus propias manos. Alguien aquí dentro abrió la puerta, o inició el incendio por orden suya. Rinaldi soltó una carcajada baja, condescendiente. —¿De verdad? Tu santa favorita es la única que se mueve como un fantasma por este lugar sin que las otras viejas chismosas se enteren. Si hay un topo, te apuesto mi sueldo a que está escondido bajo ese hábito blanco que tanto te tiene hipnotizado. Ella es el nexo. Ella es la llave. Giré la cabeza hacia él lentamente. El frío se me había metido en los huesos, pero mi mirada era más gélida aún. —Olvida a Valentina por un segundo. Empieza por la madre superiora. Quiero saberlo todo de ella. Cada propiedad, cada transacción bancaria de los últimos cinco años, cada conocido de su vida pasada, si la tiene. —No sería más fácil traer una orden judicial e interrogarla bajo juramento? —No es tan fácil hacerla hablar —repliqué, recordando la frialdad calculadora en sus ojos—. Cuando hablé con ella hace un instante, supe que mentía. Sabe quién es el responsable y lo está encubriendo. Necesito saber por qué. ¿Qué gana ella con este incendio? —¿Una póliza de seguro? Aunque esta propiedad está en disputa, no creo que tenga mucho valor ahora. —¿Qué averiguaste de eso? ¿Ya tenemos a Falconi? —Te dije que no es fácil. Si tanto lo quieres, debes ir tú, de incógnito. Si no te reconoce en la primera línea, podrás avanzar. Pero si lo hace, debes retirarte. Es una rata asustada y peligrosa. —No tenemos a nadie de confianza en ese medio. —Pues digamos que… tenemos dos o tres infiltrados en las bandas —confesó Rinaldi, bajando aún más la voz—. No están cerca del núcleo de Falconi, pero tienen oídos. —¿Y por qué recién me lo dices? —Porque no es fácil contactarlos sin poner en riesgo sus vidas. Ya están dentro hace años. Un mensaje equivocado y los encontramos flotando en el río. —Contáctate con el más cercano de todos modos. Necesitamos resolver los "porqués". —Hice una pausa, observando a Valentina, que ahora ayudaba a un niño pequeño a beber agua—. Y algo más. Investiga a Valentina también. Cada uno de sus movimientos. Cada conversación, cada salida, cada mirada. Quiero saber con quién habla dentro de estos muros. Pero Rinaldi —hice una pausa, asegurándome de que captara la gravedad—, no te acerques a ella. No la presiones. La vigilancia debe ser discreta. La necesitamos estable. ¿Queda claro? La sonrisa burlona de Rinaldi se desvaneció, reemplazada por un destello de respeto profesional. Asintió. —Dalo por hecho.
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