DORIAN
Giuseppe esperaba junto al auto, su silueta inmóvil recortada contra la luz neón del letrero del restaurante. Su postura rígida, las manos cruzadas delante del cuerpo, era el primer aviso. No se ponía así por un problema cualquiera.
Abrí la puerta trasera del Bentley y me dejé caer en el asiento de cuero. El portazo resonó como un disparo amortiguado en la noche húmeda. El interior olía a limpiador caro y a la tensión que Giuseppe traía consigo desde la acera.
Él subió al volante, pero no encendió el motor. No dijo "buenas noches, padrone". Solo se quedó quieto, mirando al frente, pero su atención estaba clavada en mí a través del espejo retrovisor.
—Al fin sales —dijo, su voz más áspera de lo habitual—. Tenemos un problema. Gordo.
Mis ojos, pesados por el bourbon y la rabia insatisfecha que aún me quemaba las entrañas, se movieron lentamente hasta encontrarse con los suyos en el reflejo. En la penumbra del coche, su mirada tenía el brillo duro del acero bajo la luna.
—Habla —ordené. Una palabra. Un permiso para soltar el veneno.
—Grimaldi —soltó el nombre como si escupiera una cucaracha—. Se movió esta tarde. Interceptó uno de los cargamentos en la carretera de la costa, justo antes de que girara hacia el puerto privado. Tres contenedores llenos. Desaparecieron. Como si se los hubiera tragado el mar.
Hizo una pausa, dejando que el peso del robo se asentara. El valor de esos contenedores no era solo dinero; era territorio, era respeto, era la línea que nadie cruzaba.
—Y dejó una nota —añadió Giuseppe, su voz ahora un hilillo cargado de ominoso respeto—. Atada al camión vacío que abandonó en la cuneta.
No me inmuté. Por fuera, era una estatua de traje gris perla. Por dentro, un volcán de hielo empezaba a agrietarse. —¿Una nota?
—Decía: "Saludos de Nápoles. Bienvenido al juego."
Un silencio espeso llenó el coche. Luego, una sonrisa. No una de alegría o de triunfo. Una sonrisa ladeada, oscura, que solo se formaba en mis labios cuando alguien firmaba su sentencia de muerte con su propia estupidez. Una amenaza silenciosa dibujada en carne.
Recliné la cabeza contra el respaldo frío del asiento. Un sonido escapó de mi garganta: una risa. Seca. Corta. Carente de todo humor. Era el sonido de un resorte que se rompe.
—Así que el viejo zorro de Grimaldi cree que puede marcar territorio en mi mapa —murmuré, más para mí que para él—. Cree que puede robar de mi mesa y mandarme saludos como si fuéramos colegas en un torneo de póker.
Giuseppe esperaba, inmóvil. Sabía que lo que viniera ahora definiría los próximos días, quizás los próximos meses, en Nápoles.
—¿Cuál es la orden, jefe? —preguntó, su voz ahora completamente plana, lista para ejecutar.
Saqué un cigarrillo, lo encendí. La brasa iluminó mi rostro un instante en la oscuridad. Exhalé una bocanada de humo que se enroscó como un espectro en el espacio entre nosotros.
—Quiero que movilices a todos —dije, y cada palabra era un clavo martillado en un ataúd—. Todos. No quiero un hombre, un arma, un oído o un favor sin usar. Satélites. Drones sobre sus almacenes, sus casas, los burdeles donde esconde a sus putas. Contactos en la comisaría central, en la aduana, en los muelles, en los bares de camioneros, en los malditos cementerios si es donde esconde la mierda robada. —Hice una pausa, dejando que la imagen del cerco se dibujara en su mente—. Grimaldi no es una aguja en un pajar, Giuseppe. Yo soy el maldito pajar. Y él acaba de prenderle fuego. Un fuego que vamos a apagar con su sangre.
Lo miré directamente a través del humo, como si pudiera atravesarle el cráneo con la mirada y grabarle las órdenes en la materia gris.
—Tráiganmelo. Entero. Con vida. Tengo preguntas que quiere hacerle antes de que deje de respirar. Y quiero mi mercancía de vuelta. Cada gramo. Intacta. —Mi voz bajó hasta casi un susurro, pero cada sílaba pesaba una tonelada—. Cuarenta y ocho horas. Si uno de los nuestros falla, si un solo eslabón de esta cadena se rompe, si respiro y no tengo a Grimaldi frente a mí… irán con él. Porque en la guerra que él quiso empezar, ya no hay advertencias. Solo c*******s. ¿Está claro?
Giuseppe asintió. Una sola vez. Su perfil era duro, profesional. No había miedo en sus ojos, solo la fría aceptación de una misión. —Cristallino, padrone.
—Ahora —añadí, arrojando el cigarrillo medio fumado por la ventana entreabierta—, larguémonos de este lugar apestoso. Tengo el sabor de la traición en la boca y quiero lavármelo con algo más fuerte que el whisky de ese antro.
Giuseppe asintió de nuevo, encendió el motor. El Bentley rugió, un gruñido de potencia contenida, y se deslizó hacia la noche, una sombra negra entre las sombras de la ciudad.
Pero dentro, en el silencio del asiento trasero, mientras las luces de Nápoles se deslizaban sobre el cristal ahumado, la sonrisa se había borrado de mi rostro. Había dos incendios que apagar ahora: el del viejo Grimaldi, que era un asunto de negocios, de poder bruto.
Y el otro, el de ella. Valentina. Ese era un fuego diferente. Más lento, más profundo, que se alimentaba de recuerdos de una monja de rodillas y de la sombra de un detective muerto. Y para ese fuego, no bastaban los drones ni los sobornos. Para ese, necesitaba una estrategia mucho más personal. Y mucho más cruel.
El Bentley se deslizó por el camino privado y se detuvo frente a la casa. La fachada de piedra clara, iluminada por focos estratégicos, era una máscara de tranquilidad absoluta. Dentro, sabía, la tormenta ya estaba formándose.
Nada más cruzar el umbral de la entrada principal, la silueta familiar y tensa de Matteo emergió de la sala de estar. Estaba ahí, esperando, con una copa de whisky en la mano que ya estaba medio vacía. Su postura, demasiado rígida, y el brillo febril en sus ojos delataban que había estado mascullando su resentimiento durante un buen rato.
—Gaetano llamó —dijo Matteo, sin preámbulos, sin un saludo. Su voz sonó como un latigazo en el silencio del vestíbulo de mármol—. Me enteré de lo de Grimaldi. Y de tu… generosa donación al orfanato.
Dejé mi abrigo en brazos del mayordomo silencioso que apareció de la nada y me acerqué a él. No me senté. Me quedé de pie, dominando el espacio desde mi altura.
—¿Y? —pregunté, la voz neutra, dándole cuerda para que se ahorcara solo.
—¿Y? —repitió él, con una risa amarga. Dio un trago largo al whisky—. ¿Esa es toda la explicación? Movilizas a medio Nápoles para un robo, pero para el otro problema, el de la monjita y sus mocosos, envías a Gaetano con un maletín lleno de dinero como si fueras la Cruz Roja. ¿En qué estamos, Dorian? ¿En una guerra o en una obra de caridad?