VALENTINA
Bajé las escaleras del edificio Verdi como si el infierno mismo me pisara los talones. Cada escalón resonaba con el eco de su voz, de su aliento en mi piel, de ese beso fallido que había quemado más que cualquier llamarada. El aire frío del pasillo me golpeó al salir, pero no logró limpiar la sensación de su contacto, la humedad de su labio en mi mejilla.
Sor Clara estaba donde la había dejado, rezando el rosario con una intensidad nerviosa. Al verme salir sola, con el rostro seguramente desencajado y la respiración entrecortada, sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Valentina? ¿Qué…?
—Tenemos que irnos. Ahora —corté, sin aliento, agarrándola del brazo con más fuerza de la que pretendía.
Ella no discutió. Algo en mi tono, en el temblor que no podía controlar, debió de advertirle del peligro. Me siguió, sus pasos rápidos intentando igualar los míos, que eran casi una carrera. Cruzamos la plaza desierta, doblamos por una callejuela. No miré atrás. Tenía la espalda erizada, convencida de que en cualquier momento lo vería aparecer en alguna esquina, sonriendo esa sonrisa de lobo satisfecho.
—¡Ya basta! —la voz de Clara, aguda por el esfuerzo y la confusión, me detuvo en seco después de una cuadra—. ¡Quieres que me dé un soponcio! ¿Qué sucedió ahí arriba? ¿Dónde está el benefactor?
Me apoyé contra la pared fría de un edificio, jadeando. El mundo giraba un poco. El camuflaje de valentía se me desmoronaba a pedazos.
—Todo fue una mentira —escupí, las palabras saliendo envenenadas—. No había ningún benefactor. Nunca quiso ayudarnos. Sólo… sólo se burló. De nuestra desgracia, de nuestra necesidad. Es un miserable. Un monstruo.
Clara palideció. —Pero… en su carta, las donaciones… ¿cómo es posible que…?
—¡Los ángeles no existen, Clara! —la interrumpí, y mi voz sonó a grito ahogado, cargado de una amargura que me sorprendió a mí misma—. Sólo existen demonios disfrazados de uno. Estamos jodidas. Completamente jodidas.
Ella dio un paso atrás, como si mis palabras fueran físicamente repulsivas. —No digas esas palabras, hermana. No son propias de ti.
—Es la verdad —insistí, y una risa seca, horrible, me salió de la garganta—. Estamos jodidas, y lo digo literalmente. El tiempo se termina, no tenemos nada, las desgracias caen una tras otra… en verdad, Clara, estamos malditas. No queda nada que hacer.
Su rostro, antes de preocupación, se endureció con un destello de la vieja firmeza que la caracterizaba. —No quiero que seas tan negativa. Siempre hay puertas que se abren, caminos…
—¡Pero no son los correctos! —exploté, golpeando la pared con el puño, sintiendo un dolor sordo que fue un alivio—. ¿No lo ves? En vez de empeñarnos en buscar el dinero imposible, deberíamos estar buscando un lugar nuevo para los niños. Un refugio, cualquier cosa antes de que nos echen a la calle.
—¡Basta! —gritó ella, y su voz tembló—. ¿Por qué te derrumbas ahora? ¿Por qué, precisamente ahora?
—Porque acabo de ver la verdad de frente —susurré, el ímpetu desapareciendo tan rápido como había llegado, dejándome vacía y temblorosa—. Estamos muy lejos, Clara. Muy lejos de cualquier salvación.
—No podemos rendirnos. ¡Porque no tenemos adónde ir! —su voz estalló esta vez, y en sus ojos vi por primera vez el pánico que ella siempre mantenía tan bien guardado—. Si perdemos el orfanato, iremos a parar a las calles. Algunas de nosotras, quizás encontremos dónde servir, en otro convento, limpiando pisos… pero los niños… —su voz se quebró— los niños no podrán ir a otros lugares. Los orfanatos están todos llenos, no hay cupos. Los separarán. A los más pequeños quizás los adopten, pero los mayores… Valentina, no es tan fácil como lo dices. Podríamos encontrar una casa, sí. Pero no podemos pagar una renta. No podemos pagar nada.
Sus palabras cayeron como piedras. La vi tambalearse levemente, llevándose una mano al corazón. Por primera vez, vi a la estoica y rígida Sor Clara… quebrarse. La g****a era minúscula, un parpadeo húmedo, un temblor en el labio inferior, pero estaba ahí. Ella, el bastión de la obediencia y la fe práctica, también veía el abismo.
Fue ese temblor, esa rendición mínima y terrible en ella, lo que de alguna manera me enderezó. El deseo de hundirme en mi propio pozo de autocompasión se evaporó, reemplazado por una necesidad más antigua, más profunda: proteger a ellos, a ella, incluso.