CAPITULO 52

937 Palabras
VALENTINA Desperté de golpe, con el corazón martilleándome las costillas. No había truenos. La tormenta había pasado, dejando a su paso un silencio espeso, cargado de humedad y de un olor penetrante que no pertenecía a la noche limpia. Era humo. Un olor espeso, dulzón y maligno a madera chamuscada que se había infiltrado en cada r*****a de la celda. Me incorporé de un salto, los pies descalzos encontrando el suelo frío de piedra. Sólo llevaba el camisón de lino, demasiado fino para el escalofrío que me recorrió. No hubo tiempo de buscar un abrigo. Salí al pasillo, y la escena me heló la sangre. No había llamas visibles desde aquí, pero el pasillo principal estaba velado por una neblina grisácea y movediza que se arrastraba por el techo como un ser vivo. Venía, sin duda, del ala norte. Del refectorio, de los archivos… del corazón administrativo de nuestra ya frágil existencia. El grito se me escapó antes de poder contenerlo, rasgando el silencio prematuro de la madrugada. —¡Incendio! ¡Incendio! ¡Auxilio! El dormitorio estalló en un caos de puertas abriéndose y pasos apresurados. Las hermanas, con los rostros borrosos por el sueño y ahora nublados por el pánico, empujaban a niños aturdidos y llorosos hacia la salida. Alguien, con manos temblorosas, comenzó a hacer sonar las campanas de emergencia junto a la entrada principal, un repique metálico y desesperado que parecía el tañido fúnebre del orfanato. "¡No! Los documentos, las medicinas". El pensamiento fue un latigazo de urgencia. Me abrí paso contra la corriente de cuerpos que huían en dirección opuesta, corriendo hacia la densa cortina de humo. El aire se hizo más pesado, más caliente, con cada paso. Al doblar la esquina hacia el pasillo norte, el calor me golpeó como un puño. Una puerta, la del antiguo almacén adjunto al refectorio, brillaba con un resplandor naranja siniestro entre las rendijas. Las llamas aún no habían estallado al pasillo, pero crepitaban detrás de la madera, ansiosas. El humo era ahora cegador, punzante. —¡Agua! —tosí, volviéndome hacia las sombras de unas hermanas que vacilaban—. ¡Baldes, cubos, lo que sea! ¡Rápido! Mientras ellas desaparecían hacia la cocina, el sonido de la voz de la Madre Agnese llegó desde la oficina, estridente, quebrada por una histeria que nunca le había oído, suplicando a los bomberos a través del teléfono. Los minutos se convirtieron en una eternidad de acción frenética y ahogamiento. Ayudé a arrastrar a un niño pequeño, paralizado y tosiendo, lejos de la zona más densa. Formamos una cadena humana precaria, pasando cubos de agua de mano en mano, un esfuerzo patético frente al apetito del fuego. Cuando por fin el estruendo de los camiones de bomberos desgarró la noche, sus luces rojas barriendo las caritas pálidas y los camisones blancos agrupados en el patio, el alivio fue tan breve como un suspiro. Los bomberos, transformados en gigantes anónimos por sus equipos, se abalanzaron con una eficiencia aterradora. El chorro de agua al golpear las llamas produjo un silbido monstruoso y una nube de vapor que se elevó hacia el cielo ahora despejado. Me mantuve al límite, el camisón delgado y empapado pegado a la piel, el pelo suelto y enmarañado sobre los hombros, el rostro y los brazos tiznados de n***o. Los ojos me ardían, pero no podía apartar la mirada del horror. Vi, con una claridad cruel, cómo una sección del techo del refectorio cedía con un crujido desgarrador, hundiéndose en un remolino de chispas y vapor. Un gemido colectivo escapó de las hermanas. Y entonces, lo recordé: los archivos del consultorio. Los únicos registros de las alergias de los niños, las historias clínicas… En un arrebato de desesperación que nubló la razón, me abalancé hacia la puerta lateral que daba al pequeño dispensario. —¡Alto! —un grito ronco. Un bombero me interceptó, agarrándome por la cintura con un brazo de hierro y levantándome del suelo como a un fardo—. ¡Está por colapsar! ¿Está loca? En ese preciso instante, una explosión sorda—un frasco de alcohol, quizás—reventó en el interior. La puerta se abrió de golpe, escupiendo una lengua de fuego y una onda de calor sofocante que nos hizo retroceder a ambos varios pasos. El impacto, más que el susto, me dejó sin aliento, los oídos zumbando. El fuego fue declarado "contenido" mucho después, pero la palabra sonaba a burla. El ala norte era un esqueleto n***o y humeante contra el cielo que empezaba a clarear. El refectorio, una caverna carbonizada. Los archivos, nada más que un montón de ceniza húmeda y retorcidas varillas de metal. Me quedé plantada en el patio embarrado, inmóvil mientras a mi alrededor todos se movían. El camisón, transparente y frío, se me pegaba al cuerpo. No temblaba por el frío de la madrugada, sino por un vacío glacial que se abría dentro de mí. Respiré hondo, y el aire olía a devastación, a fin. —Dios mío… —la voz de la Madre Agnese a mi lado era apenas un susurro roto. Se llevaba una mano al pecho, como si le doliera el corazón—. Todo… lo que quedaba… la memoria de esta casa… —¿Cómo ha podido ocurrir? —musité, sin esperar una respuesta, escudriñando las ruinas humeantes en busca de una razón, de un sentido, de un hilo de lógica en el caos. La respuesta, cuando llegó, no fue una explicación. Fue una sentencia, fría y cortante, lanzada desde la sombra. —Creo que todos sabemos quién atrajo esta maldición sobre nosotros, Valentina.
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