CAPITULO 30

910 Palabras
DORIAN Salgo de la zona VIP con el sabor amargo del humo pegado al paladar. El pasillo del club respira lento, como una bestia cansada. El cigarro que acabo de apagar deja una estela gris detrás de mí, una advertencia muda para cualquiera que se cruce. Giuseppe me espera apoyado en la baranda. No dice nada y empieza a seguirme, un paso detrás. —Cuando esa maldita monja llame —digo al fin, sin mirarlo—, me lo dices al instante. Ni un minuto después. Nada de juegos. ¿Está claro? —Sí, jefe —responde, firme. Sigo avanzando. La música queda atrás, amortiguada. Los focos del pasillo me cortan la cara en franjas de luz y sombra. Siento la pregunta antes de oírla; Giuseppe lleva días mordiéndose la lengua. —¿De verdad cree que va a llamar? Me detengo. —Sin cuestionar sus decisiones, jefe… —continúa, midiendo cada palabra—. Ese orfanato le está quitando tiempo, energía. No es una inversión, no es poder. Y usted no deja de meterse ahí. Esa mujer le nubla la visión. Su padre jamás… Me giro despacio. Lo suficiente para que entienda. En un solo movimiento saco el arma y se la planto entre los ojos. —Tienes dos segundos para darme una razón para no volarte la cabeza. Giuseppe no retrocede. Traga aire. Es valiente, o estúpido. Quizá ambas. —Intento proteger sus intereses, jefe. Usted me formó para eso. Soy su sombra. Daría la vida por usted. Doy un paso más. —¿Y quién te dio permiso para pensar que sabes lo que me conviene? —gruño—. Mi padre era un tiburón viejo. Yo soy otra cosa. Él no se manchaba las manos; yo las entierro si hace falta. No necesito que nadie me recite su legado. Ni siquiera tú. —No quise faltarle el respeto… —Te estás metiendo donde no te han llamado —lo corto—. Esa mujer no es tu problema, ni el maldito orfanato. Si vuelves a opinar sobre mis decisiones, será la última vez que hables. ¿Está claro? Baja la mirada. El sudor le corre por la nuca. —Sí, jefe. Sostengo el arma un segundo más. El tiempo justo para que no lo olvide. Luego la bajo y la guardo con la misma frialdad con la que la saqué. Retomo el paso como si nada entonces escucho la voz familiar de mi primo. —Dorian. Me detengo al final del pasillo y giro apenas la cabeza. —¿Qué quieres? Matteo está apoyado contra la pared, impecable, demasiado tranquilo para alguien que acaba de ver una pistola en acción. Sonríe como quien observa una g****a recién abierta. —Mi padre quiere verte. Ahora —dice—. No es una invitación. Giuseppe se tensa. Yo sonrío sin humor. —Dile que espere. No estoy de humor. Matteo se endereza y avanza un paso. —Ese es el problema —responde—. Últimamente solo actúas según tu humor. Y eso… preocupa. —¿Desde cuándo te importa lo que hago? —Desde que empieza a salpicarme —dice sin dudar—. Desde que tus decisiones hacen ruido donde antes había orden. Lo miro fijo. —Cuida tu tono. —¿O qué? —pregunta, suave—. ¿Vas a tratarme como a uno de tus hombres? Su sonrisa se afila. —No soy Giuseppe. Y tú no eres intocable— continua.—Mi padre no te llamó para retarte. Te llamó porque empieza a preguntarse si sigues siendo útil… o solo peligroso. Aprieto la mandíbula. —¿Por el orfanato? —Por lo que representa —corrige—. Por las pausas, las excepciones, la debilidad. Por dejar que una mujer con votos te haga olvidar las reglas del juego. Se inclina un poco hacia mí, como si compartiera un secreto. —Y cuando alguien olvida las reglas, otro las aprende por él. No dice su nombre. No hace falta. —¿Eso es una amenaza? —pregunto. Matteo sonríe, tranquilo. —No. Es una observación. Las amenazas son burdas… y tú siempre me enseñaste a ser más elegante. Me sostiene la mirada un segundo de más. En sus ojos no hay lealtad. Hay cálculo. —Sube al coche —dice—. Papá no espera dos veces. Y créeme… cuando pierde la paciencia, busca reemplazos. Camino hacia la salida. El aire frío de la noche me golpea el rostro. —Tú —le digo a Giuseppe sin mirarlo—. Quédate. Y recuerda lo que te dije. —Siempre, jefe. Matteo abre la puerta del coche. Me deslizo dentro. El motor arranca. Mientras avanzamos, observo la ciudad pasar como una bestia herida bajo las luces. Matteo rompe el silencio, con voz casual, demasiado casual. —Por cierto… los Falconi ya están preguntando por la demolición del orfanato. —No es asunto suyo— respondo. —Todo es asunto de alguien . Especialmente cuando el rey empieza a distraerse. Lo miro de reojo. —¿Y tú qué les dijiste? Matteo tarda un segundo en responder. —Que tú decides —dice al fin—. Siempre decides. ¿No es así? Hace una pausa. Sonríe. El coche sigue avanzando y por primera vez, no es la ciudad lo que me inquieta, es la certeza de que Matteo ya no camina a mi lado. Camina adelante, midiendo el momento exacto para dejarme atrás.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR