CAPITULO 37

1101 Palabras
VALENTINA  El sol de la mañana se filtra con desgano por los vitrales del Orfanato. La luz no entra limpia: se rompe en colores cansados, como si incluso Dios dudara en mirarnos de frente. Camino por el pasillo con un nudo en el estómago. Rezo, pero no pido milagros. Hace tiempo dejé de creer que llegan a tiempo. Entonces los escucho unas voces, pasos presurosos. Mi corazón se acelera antes de verlo. El inspector Bellini cruza el portón principal, su sola presencia altera el aire. La Madre Superiora lo recibe. Está erguida, perfecta, el rosario enredado en sus dedos como una extensión natural de su mano. Su rostro es sereno; sus ojos, no. En ellos no hay fe, hay cálculo. —Inspector Bellini —dice, con esa voz suave que aprendí a temer—. Qué gusto tenerlo aquí… otra vez. Yo me detengo a unos pasos, suficiente para que no me vean pero, donde puedo escucharlos. —Vengo a llevar a la hermana Valentina a la comisaría —responde él. Siento el golpe antes de entenderlo. Comisaría. La palabra pesa más que una acusación. —¿Es realmente necesario? —pregunta ella—. Fue interrogada ayer. Este orfanato ya ha sufrido bastante. Sé que habla de reputación, de dinero, de las miradas externas. No de los niños. —Ciertas visitas —añade— no nos ayudan. Su voz es suave, pero firme. Calculada. —Solo protegemos este lugar —concluye—. Y necesitamos hablar con la hermana Valentina. Le prometo que será la última vez que nos vea por aquí. —Eso espero, detective —responde ella, con una firmeza que no admite réplica. Luego me llama con un leve gesto. Me acerco despacio, con calma ensayada, sin dejar de mirar a Marco. Su presencia me sostiene más de lo que debería. El inspector gira hacia mí. Su gesto es firme, pero no duro. Esa diferencia me desarma. No me trata como a una culpable, tampoco como a alguien frágil. Me trata como a alguien que importa. —Hermana Valentina —dice—. Acompáñeme, por favor. No miro a la Madre Superiora. Si lo hiciera, no podría moverme. Camino. Cada paso lejos de ella se siente como una traición…y al mismo tiempo, como un alivio culpable. Dentro del auto, el silencio pesa. El camino de grava cruje bajo las ruedas, como si el orfanato protestara por dejarme ir. —No tenía que haber regresado —digo, apenas—. Ya no tengo nada más que decirle. Lo digo porque necesito creerlo. —No es una cuestión de deseos —responde—. Analizamos el frasco. Contenía sustancias tóxicas. Alguien envenenó a los niños intencionalmente. La palabra intencionalmente me hace arder los ojos. Pienso en sus caras pálidas, en el vómito en el miedo. —Yo estuve en la cocina —murmuro—. Pero no vi nada. Estaba… distraída. No digo asustada, agotada, llena de culpablas. —¿Quién preparó la comida? —Sor Benedetta. Decirlo me duele más de lo que esperaba. Porque no quiero sospechar. Porque necesito creer que aquí nadie sería capaz de algo así. —Una de ustedes lo hizo —dice—. Y si viste algo extraño, tienes que decírmelo. Si alguien está intentando echarlas de ese lugar, esto puede empeorar. Mucho más de lo que imaginas. Niego con la cabeza, con una terquedad que ya roza la desesperación. —No sé nada. Ya se lo dije. No entiendo por qué vamos a la comisaría. —No iremos a la comandancia —responde, sin elevar la voz—. Vamos a ver a los niños. Lo miro fijo durante unos segundos que se estiran más de la cuenta. Su mirada no es dura. No es acusadora. Es extrañamente dulce… y me atraviesa. Siento que, por primera vez desde que todo empezó, alguien me habla sin exigir, sin amenazar. —¿De verdad me llevará a verlos? —pregunto, casi en un susurro, como si decirlo en voz alta pudiera romper algo. Y en ese instante entiendo que no temo a la policía. Temo a creerle. Asiente. Y por primera vez en días, siento que respiro sin culpa. En el hospital, el olor a desinfectante me recuerda que la fe no cura infecciones. Pero cuando entro en la sala, los niños me ven y sonríen. Me llaman. Me abrazan. Uno llora apenas me toca. —¡Valentina! —dice Riccardo—. Yo les dije que no fue tu culpa. El pecho me duele, me arrodillo y lo abrazo. —Lo importante es que estén bien —le digo—. Eso es lo único que importa. El inspector nos observa desde la puerta. Lo siento incluso cuando no lo miro. Hay algo en su silencio que no juzga… y eso me asusta más que una acusación. —Parece que te quieren mucho —dice. —Ellos no entienden lo que pasa —respondo—. No quiero que crean que soy mala. Me mira de un modo distinto. No como a una testigo o a una sospechosa. —Y yo no quiero que pienses que estoy aquí para hacerte daño. Quiero creerle y ese deseo, más que el miedo, es lo que me aterra. Lo miro un segundo más, como si intentara pesar la verdad detrás de sus palabras. Como si pudiera medir, en su rostro, si esto sigue siendo un interrogatorio… o algo distinto. —¿Ya terminó el interrogatorio? —pregunto, todavía a la defensiva. —No exactamente —responde—. Pero pensé que podríamos hablar en un lugar más agradable. Hace una pausa mínima. La suficiente para que mi pulso se acelere sin razón aparente. —¿Te gusta el helado? La pregunta me deja sin palabras. Antes de que pueda reaccionar, los niños estallan en risas y gritos. —¡Llévala, tío Bellini! —¡A ella le encanta el de fresa! Siento que me ruborizo. Bellini alza una ceja, divertido, y me dedica una sonrisa ladeada que no intenta ocultar del todo. —¿Ves? —dice—. Ya tengo testigos… y su aprobación. Me mira a mí ahora. No como inspector. No como autoridad. Como un hombre que espera una respuesta. —Prometo llevarte de regreso antes de que oscurezca —añade en voz más baja—. No quisiera que la Madre Superiora me excomulgue por exceso de confianza. Algo en su tono me desarma. No hay burla, hay cuidado y un interés que no se atreve a decir su nombre. Por primera vez en días, sonrío sin culpa.
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