VALENTINA El baño se estrechó hasta convertirse en una celda. La luz fluorescente no iluminaba; acuchillaba, revelando cada poro de mis manos temblorosas, cada g****a en mi alma. La caja blanca sobre el lavabo ya no era un objeto. Era un juez. Un verdugo. Y yo, su víctima voluntaria, ejecutando la sentencia con movimientos de autómata. Cuando terminé el frío ritual, coloqué el artefacto en el mármol y retrocedí como si fuera una bomba. Me senté en el borde de la bañera, el frío de la porcelana trepándome por la espina dorsal. Encerré la cara entre las manos y conté. No los minutos. Conté las veces que su respiración, caliente y cargada de dominio, había quemado mi cuello. Conté los besos que fueron mordiscos, los tactos que fueron conquistas. Conté hasta que los números se volvieron un gr

