MARCO El dolor era un tambor sordo que latía en sincronía con mi corazón. Uno en la sien, donde el cañón del arma había dejado una quemazón circular y una protuberancia caliente. Otro, más profundo, náuseante, en el estómago, donde la puntera de una bota había encontrado su blanco. Pero el peor dolor no estaba en el cuerpo. Estaba en la boca. Un regusto a la sal de sus lágrimas, a la suavidad imposible de sus labios. Y a la vergüenza. Estaba sentado en la cocina de Nonna Clara, la vieja silla de enea protestando con un crujido quejumbroso cada vez que intentaba respirar sin agitar el fuego en mis costillas. Ella era una silueta quieta y eficiente a mi lado, sus dedos, surcados por el tiempo y el trabajo, aplicando un paño empapado en una infusión fría que olía a romero salvaje y a un agu

