VALENTINA El eco de mis pasos resuena por el pasillo como un tambor fúnebre. Mis manos tiemblan. Mis labios no pueden juntar fuerzas para pronunciar mi nombre, pero al cruzar la puerta de la pequeña capilla, sé que no hace falta. Él ya está allí. El Padre Vittorio me espera de pie junto al altar, su silueta recortada contra la tenue luz de los cirios. Cuando nuestras miradas se encuentran, no necesito palabras. Las lágrimas me inundan al instante. Mi corazón late con tanta fuerza que duele. —Padre… —susurro, y la voz se me quiebra. Corro hacia él. Mis rodillas golpean el frío mármol delante de sus pies, como cuando era niña y confesaba alguna travesura. Pero esto no es un jarrón roto. Esto es mi alma deshecha. El Padre Vittorio cierra los ojos. Su mano, temblorosa, desciende y se posa

