VALENTINA Ha pasado una semana. Un viernes más en la plaza, pero el aire sabe distinto; huele a vigilancia y a miedo contenido. Caminamos desde el convento con los carros chirriantes. Nadie canta. Los niños susurran, contagiados por la tensión que nos envuelve a todas. Esta vez tomamos precauciones. Bajo mi mesa, oculta por un faldón de lona gruesa, hay una caja forrada en paño n***o. Cada billete que entra es rápidamente transferido, deslizado entre los pliegues de nuestros hábitos, dispersado. Hoy, la Madre Agnese nos acompaña. Se instala en un extremo de la plaza, erguida e inmóvil como una gárgola de carne y hueso. Cuando me acerco con una bandeja, murmura sin mover los labios. —Tengo el dedo en el gatillo. Si alguno de esos animali se acerca más de lo debido, aprenderá a respet

