CAPITULO 59

1059 Palabras
VALENTINA El reloj del vestíbulo acababa de dar las cinco cuando el eco de los portones de hierro al abrirse de golpe resonó como un disparo en el silencio post-incendio. No fueron los camiones de donaciones. Fue un coche patrulla, que se detuvo con brusquedad frente a la entrada principal. Un nudo de hielo se formó al instante en mi estómago. Desde la ventana de la lavandería provisional, vi a dos hombres salir. Llamaron al timbre con insistencia, y una de las hermanas con la mirada asustada, les abrió. Ingresaron tras ella con paso decidido, dirigiéndose al patio. Allí se detuvieron, escaneando el lugar con una frialdad profesional, como buscando algo… o a alguien. Intenté retroceder, fundirme con la penumbra del pasillo, pero sus pisadas firmes ya resonaban en el hall de entrada, acercándose. La madre Agnes salió de su oficina como un espectro, Benedetta apareció a su lado casi de inmediato, con los ojos desorbitados y los dedos blancos aferrados a las cuentas de su rosario. El padre Vittorio, pálido, emergió de la capilla, ajustándose la estola con manos temblorosas. —¿En qué podemos ayudarles, agentes? —preguntó la madre Agnes, su voz un glaciar. Uno de los hombres, el de más edad y semblante más adusto, sacó un sobre marrón de su chaqueta interior. Extrajo una hoja de papel, la desplegó con un gesto seco y se la mostró. —Tenemos una orden de conducción y declaración inmediata por el caso del incendio en este orfanato. Necesitamos que la Hermana Valentina nos acompañe. —¿Conducción? ¿Está arrestada? —La voz del padre Vittorio era un hilo tenso, cargado de incredulidad y miedo—. ¿Cómo es eso posible? —No estamos autorizados a discutir procedimientos —repitió el agente, con la monotonía de quien ha recitado esa frase mil veces—. Sólo a ejecutar la orden. ¿Dónde está la hermana Valentina? —¡No! —insistió el padre, adelantándose un paso, un destello de su antigua autoridad en los ojos—. No pueden llevársela así, sin explicaciones. El segundo sujeto, más joven y con una mirada impasible, sacó un par de esposas de un gancho en su cinturón. El metal brilló bajo la luz tenue. —Tenemos una orden, padre. Llevarnos a la hermana Valentina. Y si alguno se opone activamente, tendrá que ser detenido por obstrucción. En ese momento, todos los ojos, como guiados por un mismo instinto, se volvieron hacia el pasillo donde yo me encontraba, semioculta. Me sentí desnuda, completamente expuesta bajo el hábito sucio y las manchas de ceniza que aún llevaba. Benedetta fue la primera en moverse. Con una rapidez que me sorprendió, cruzó la distancia que nos separaba. Sus dedos, fríos y fuertes, se cerraron alrededor de mi brazo. —Vamos, hija —murmuró, pero su voz no tenía consuelo; era un susurro urgente, casi de rendición—. Es mejor. Es mejor cooperar. No puse resistencia. El hielo en mi estómago se había extendido a mis miembros, paralizándome. Dejé que me guiara, como una sonámbula, hacia los dos hombres de gris que esperaban con la orden en una mano y las esposas en la otra. El padre Vittorio abrió la boca una vez más, pero la madre Agnes le puso una mano en el hombro, un gesto de contención que era también una sentencia. Mi camino, desde el pasillo oscuro hasta las manos de los agentes, se sintió infinitamente largo y a la vez terriblemente breve. El único sonido era el crujido de mis sandalias sobre el suelo y el susurro del hábito de Benedetta. Cuando llegamos frente a ellos, el agente mayor asintió con la cabeza. —Hermana Valentina. Tendrá que venir con nosotros. Benedetta soltó mi brazo. Su mirada, al encontrarse con la mía por un instante, estaba llena de un pánico mudo y una disculpa silenciosa. Luego, bajó la cabeza y retrocedió hacia la sombra de la madre Agnes. Las esposas cerraron su frío círculo alrededor de mis muñecas con un clic definitivo. Era un sonido pequeño, pero resonó en el silencio del vestíbulo como el portazo de una celda. —Yo no… no he hecho nada —logré balbucear, pero las palabras sonaron huecas, culpables, incluso para mis propios oídos. La madre Agnes me miró. No había enfado, ni sorpresa, ni siquiera decepción en su rostro. Sólo una evaluación fría, como si midiera el daño colateral de una pieza sacrificable en un tablero. —Coopere, hija —dijo, y su tono no era una súplica, era una orden final—. La justicia debe seguir su curso. Ya los señores determinarán tu culpabilidad. —No puedo permitir… —intervino el padre Vittorio, un destello de su antigua firmeza asomando entre la confusión. —Padre —dije, buscando en su rostro un apoyo que ya no estaba—, está bien. Mi conciencia está limpia. Solo diré la verdad. Benedetta abrió la boca como para decir algo, pero un leve movimiento de la mano de la madre Agnes la silenció. Su mirada, llena de un pánico mudo, me dijo todo lo que necesitaba saber: estaba sola. Los agentes se acercaron. No fueron brutales, pero su firmeza no dejaba espacio a la resistencia. Me tomaron del brazo con una presión profesional. El frío del metal de las esposas al cerrarse alrededor de mis muñecas fue un shock que me dejó sin aliento. Me llevaron afuera, la vergüenza y el terror ardiendo en mis mejillas. Me hicieron entrar en el coche. La puerta se cerró con un clic sordo y definitivo. El trayecto fue un borrón de calles que no reconocía. No íbamos hacia el centro, hacia la comisaría principal. Tomamos una carretera costera. El mar apareció, gris y agitado bajo el cielo del atardecer. El pánico, antes frío, empezó a hervir. ¿Adónde me llevaban? Esto no era un procedimiento normal. —¿A dónde me llevan? ¿Ustedes son policías? ¡Hablen, maldita sea! —Silencio —gritó el de al lado, con un dejo de burla—. Pensé que las monjas no maldecían. —Es una moja rebelde —dijo el otro desde el asiento delantero, y ambos rieron con un sonido gutural que me heló la sangre. —¡A dónde me llevan! —empecé a empujar los asientos con mis pies esposados—. ¡Bájenme!
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR