Pierre siguió a Olegario hasta la sala principal de la casa y se dirigió al bar con la intención de ofrecerle una copa. Sirvió dos coñacs. Olegario aceptó con gusto y brindaron juntos. -¡A tu salud, Olegario! —A su salud, doctor —dijo levantando su vaso y aclaró—: no es mi costumbre beber durante las horas de trabajo, pero esta vez haré una excepción con usted. -Gracias. Necesitaba tomar algo fuerte, ¿sabes? Como seguramente comprenderás, estoy demasiado confundido por lo que pasó con mi amiga. ¡Fue algo inesperado y terrible! – exclamó el médico, abrumado por el miedo, y agregó: – Estar en tu compañía me da una grata sensación de seguridad. -¿Porque dice? -preguntó sintiendo que los espíritus le bajaban por la garganta. -Tengo miedo de convertirme en la próxima víctima del asesino. E
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