Roger tenía todo preparado para la ceremonia en el altar… A las doce de la noche de cualquier viernes comenzaba el “aquelarre”. El salón de sesiones era cavernoso y lúgubre. No había electricidad y se encontraba cerca de un sector sucio, frecuentado por indigentes, drogadictos, prostitutas y travestis. Tenía acceso principal por la entrada de un estacionamiento subterráneo, hasta encontrar un sótano húmedo que comunicaba con un pasillo estrecho y maloliente que finalmente conducía a una puerta metálica que se abría desde el interior mediante un sistema electrónico. Luego, había que continuar por un hediondo laberinto iluminado a ambos lados por antorchas, terminando en un vestíbulo adyacente al área ceremonial… una especie de teatro con butacas y escenario; predominando en ese sórdido ambi

