—Estoy instalando un gimnasio en casa—fue su simple contestación. —¿Un gimnasio?—enarcó una ceja. —Sí, un gimnasio—repitió con menos ganas. Ya sabía lo que pretendía Humberto con aquel tono cargado de incredulidad. —¿Para ti? —Sí, para mí. —¡Estás de joda, Adeline!—exclamó en medio de una carcajada. Adeline sintió el deseo de lanzarle una de las pesas en la cabeza y silenciarlo para siempre, pero se contuvo sabiendo que uno de sus hijos podría presenciar la escena. No quería causarle traumas a sus pequeños por matar a su padre. Prefería controlarse ante sus provocaciones. —Humberto, se supone que viniste a visitar a los niños—le recordó—. No tienes nada que hacer aquí. —Solo tenía curiosidad. —Pues guárdate tu curiosidad y vete—le hizo una señal con la mano, indicándole que s

