POV Eduardo – Continuación
No fue fácil escribirle a Marie. Las palabras se me atoraban en los dedos, como si cada letra pesara toneladas y estas cayeran sobre mí. Al final, solo le mandé un mensaje corto, frío… cobarde, pero realmente necesitaba hacerlo:
“Necesito verte. No para pelear, ni discutir. Solo para hablar. Dime dónde y cuándo.”
No esperaba una respuesta rápida, y sin embargo, cinco minutos después, me llegó una notificación de su parte, avisándome que ella ha leído mi mensaje y que estaba dispuesta a vernos para arreglar las cosas y llevar la fiesta en paz.
"Cafetería Lavalle. Una hora. No llegues tarde. Y no esperes que te reciba con sonrisas después de todo lo que me hiciste."
Tragué saliva, sintiéndome nervioso por este encuentro después de lo sucedido entre nosotros.
Marie y yo comenzamos nuestra relación siendo enemigos, y ahor,a más que nunca, jamás debí haber accedido a mis tentaciones peligrosas y hubiera evitado rotundamente haber terminado en la cama de la mejor amiga de mi esposa. Solamente ansiaba que nuestra traición jamás saliera a la luz o nos metería en problemas.
Una hora después, ahí estaba esperándola, en una mesa para dos personas, apartada bastante lejos de las personas con la única intención de que nadie nos pudiera esucchar y nosotros pudiéramos solucionar nuestros problemas en paz.
La cafetería no había cambiado desde la última vez que nos vimos allí, cuando todo todavía parecía posible, cuando yo todavía tenía su confianza. Pedí un café, solo para no parecer más miserable de lo que ya me sentía. Y esperé. Cada tic del reloj fue un eco de la ansiedad que me devoraba por dentro.
Marie llegó puntual como siempre hacía cunado salía con alguien. La vi luciendo elegante, impasible, con esa mirada que no muestra emoción pero que guarda tormentas detrás. Se sentó frente a mí sin saludar, mirándome con esos ojos asesinos que me advertían que, cualquier cosa que yo dijera, estaría muerto.
—Gracias por venir —dije, sin saber bien por qué. Tal vez solo por el hecho de que aún aceptara verme, o tal vez, solamente quería ser amable.
—Hazlo rápido, Eduardo. No tengo tiempo para perder con alguien que ya me dejó claro lo que significa una promesa rota —me soltó con esa voz afilada que siempre usaba cuando se ponía a la defensiva, pero que esta vez estaba teñida de algo más... dolor. Su voz me clavaba cuchillos invisbles en el pecho. Y maldije para mí mismo haber hecho bien las cosas con ella desde un principio.
—No quiero justificarme —empecé sin dar más rodeos, tenía que ser directo con ella si quería que esto terminara pronto —. Solo… quiero que sepas que me equivoqué contigo. Que todo esto se me salió de las manos. Lo que pasó con Aura, casarme con ella… No fue planeado así. No iba a pasar. Yo… iba a elegirte, Marie. Siempre fuiste tú.
¿Qué? ¿Qué demonios estoy diciendo? ¡Eso no era lo que tenía planeado decirle!
Ella soltó una risa seca, hiriente, de esas que no contienen humor, sino decepción y algo más.
—¿Elegirme? ¿Ahora te acuerdas que yo existo? ¿Después de lo que hiciste? No te confundas, Eduardo, no estoy aquí porque me importe lo que sientas, sino porque quiero cerrar este capítulo de una maldita vez. Además, desde el día de la boda, cuando aceptaste casarte con Aura, y no quedarte conmigo como habíamos plaenado una noche antes, me quedó absolutamente claro cuáles eran tus verdaderas intenciones, no solo conmigo, sino con ella tambiénb, así que, no me hagas reír, y tampoco me hagas perder más el tiempo en ridiculeses.
Sus palabras me cortaron el aire. Pero no me detuve. No podía. ¿Qué iba a hacer ahora? Tenía dos malditos problemas encima que no sabía cómo iba a solucionarlos fácilmente.
—Solo quiero arreglar las cosas contigo. Aunque no volvamos a ser nada. Aunque solo seamos… amigos… ¿Qué dices?
Marie se inclinó hacia adelante, sus ojos clavados en los míos con una intensidad que me desarmó.Parecía querer seguir adelante con su plan de venganza en mi contra por haberla roto en mil pedazos. Cada pedazo de su corazón ha quedado completamente irreparable.
— ¿Amigos? —repitió con desdén—. Tú prometiste que no te casarías con ella. ¿Lo recuerdas? Me miraste a los ojos y me dijiste que yo era tu futuro. Que nadie más. ¿Y sabes qué hiciste después? Corriste a casarte con Aura como si yo hubiera sido un mal sueño. Así que no, Eduardo. No quiero tu amistad. No quiero nada que venga de ti. Porque cuando te necesitaba, cuando era tuya… tú no estuviste, no supiste elegir lo que mejor te convenía para ti, porque claro, Aura es más que yo, ¿No es cierto? Entonces, vete a la mierda.
Cada palabra era una puñalada. Pero me la merecía por haber sido un mujeriego, machista y un cobarde.
— Sé que te fallé —murmuré—. Y sé que estás en tu derecho de odiarme. Pero no voy a dejar de pedir perdón. Porque sí te amé, Marie. Y eso no fue mentira.
Ella se quedó en silencio por un momento. Luego se levantó lentamente, como si nuestras palabras hubieran sido suficientes para ella. Me miró por última vez, no con rabia, sino con esa tristeza que solo deja lo que alguna vez fue amor.
— No te odio, Eduardo. Y ese es el problema. Porque si te odiara, tal vez no me dolería tanto lo que hiciste. Pero no tengo espacio para ti en mi vida. No después de esto. Así que, por favor… no me busques más, dejame en paz, y sigue tu vida con Aura, pues ella es quien en realidad te merece.
Y se fue sin decir más, sin querer voltear a mirarme antes de salir de la cafetería.
Yo me quedé allí, solo con el café frío entre las manos y la certeza absoluta de que, por más disculpas que diera, hay personas que nunca vuelven… porque ya no tienen nada que regresar a recoger.
Marie tenía razón. Yo rompí la promesa. Y lo más triste de todo es que ahora, ni ella ni Aura estaban conmigo.
Me hundí en el asiento, sintiéndome más vacío que nunca. Porque a veces, la culpa no viene sola. A veces, viene con la condena de saber que arruinaste todo… sin poder reparar nada.
Me quedé en la cafetería por el resto de la tarde, incluso tomé mi cena allí, por fortuna, había llevado mi computadora conmigo para disponerme a trabajar luego de que hablara con Marie, y así lo hice. Trabajé por unas horas, hasta que fue momento de marcharme al hotel de regreso. Y al regresar, revisé mi celular, tenía dos llamadas perdidas, eran de Aura, sentí nervios, ¿Me habrá llamado para pedirme que regresara a casa y solucionáramos nuestros problemas matrimoniales?
Quién sabe.
Aunque su perdón no me lo merecía.