El sol del mediodía estaba espléndido, pero mi mente estaba en otro lugar, orbitando siempre alrededor de Alexander. A pesar del caos y de las amenazas de Fabiola, sentía una necesidad física de estar cerca de él, de asegurarme de que su recuperación marchaba bien. Me acerqué a Florecita, que terminaba de limpiar la mesa después del almuerzo de los niños. —Florecita, estaré fuera toda la tarde —le dije, tratando de mantener un tono sereno. —Por favor, lleva a los niños al parque para que se distraigan. Han estado muy encerrados estos días y necesitan correr. —Vaya con mucho gusto, licenciada —respondió ella con esa sonrisa que siempre me transmitía confianza. —No se preocupe, que yo los vigilo como si fueran mis propios nietos. Le di un beso rápido a cada uno de mis hijos, sintiendo

