Contesté al segundo timbrazo, tratando de que mi voz sonara lo más neutra posible, aunque sentía que una sonrisa estaba deseosa por salir. —¿Dígame? —dije, recuperando mi tono de Juez. —¿Alexander? —Su voz llegó a través de la línea, un poco cansada pero con esa calidez que me hacía bajar la guardia. —Hola, disculpe por no marcarle antes. De verdad lo siento, es que todo ha sido un lío aquí con los papeles, las filas en la universidad y el transporte. Apenas he tenido un respiro. Me apoyé contra el borde del escritorio, sintiendo cómo toda la tensión acumulada durante el día se disolvía instantáneamente. —No pasa nada, Daniela —respondí, y me sorprendió la suavidad de mi propia voz. —No se preocupe. Estuve el día muy ocupado con varios cierres de casos y reuniones con Nando. Para ser

