—Dios mío —soltó ella atónita—. Realmente eres un amo. Tanner miró la cama con las sábanas de satín azabache. —Te dije que lo era —respondió él. Faith miró las repisas donde contenía la extensa gama de juguetes, mordazas, esposas y lubricantes. También había cuadros enormes colgados en las paredes con dibujos de parejas sin rostro. No había candelabros colgando del techo, en su lugar, había luces incrustadas en las paredes, y una enorme cama con pilares en las cuatro esquinas, así como una argolla con cadenas que colgaban del techo. Tanner no le mintió al decirle que era un amo, y que le gustaba el control. Lo ejerció en ella cuando la masturbó con el libro, cuando la tentó e incluso cuando la cogió en la biblioteca. Si eso era solo una faceta del hombre, no lo imaginaba en plenitud.

