Mientras Rhys estaba intentando calmar a Gwen por la usurpación del dinero, los gemelos, quienes observaron todo desde su lugar en el salón, se acercaron a Faith con la misma incomodidad que sintieron la mañana que la conocieron cuando su padre los llamó para una reunión importante. Ellos pensaron que Faith era la asistente de Baltazar. No fue hasta que el hombre la presentó como su hija adoptiva, que los gemelos la miraron como el postre de la cena. Faith tenía la luz de diez mil millones de estrellas. Tenía una sonrisa que idiotizaba, un olor que embobaba y el sonido de su voz era tan atrayente como el canto de una sirena. Era de las mujeres más bellas que conocían, y por supuesto quisieron conocerla.
Lo siguiente que Theo sintió, fue el puño cerrado de Faith en su mentón, tras intentar robarle un beso en el jardín frontal antes de que se marcharan. Theo, a diferencia de Enzo, era más explosivo, dinámico y atrevido. Él era dinamita pura, mientras su gemelo era la paz y el confort en una persona. Eran idénticos físicamente, sin embargo, cuando los conocían, eran la luz y la oscuridad. Esa tarde Faith se forjó el nombre de fiera con ellos, y se alzó como la única mujer que no lograron llevar a la cama solo por su hermosura. Y no era para malinterpretarse, todos los hijos de Baltazar eran dioses griegos, pero ninguno de los tres era del agrado de Faith, y eso incluía al tatuado que estaba alivianando a Gwen en el exterior.
—¿Puedo saber por qué te comportaste como una desquiciada allí dentro? —preguntó Rhys cuando le soltó el codo.
Gwen exhalaba humo por sus oídos igual que el vapor de un tren. No concebía que un hombre como Baltazar eligiera darle su dinero a una chiquilla como Faith. Ellos eran sus hijos, ellos lo merecían.
—¿Te parece justo lo que Baltazar hizo? Es un viejo maldito que nos condenó a vivir en la miseria porque no le parecemos lo bastante buenos para tener su herencia —replicó ella moviendo las manos hacia la puerta principal—. ¿Qué quería que hiciéramos? ¿Quería que le diéramos la sopa en la boca para que nos diera lo que nos pertenece? Y todo porque esa niña de allí dentro sí estuvo a su lado en sus peores momentos… pero esto no se queda así. Haré algo para que ese dinero regrese a nosotros.
Rhys tampoco comprendía demasiado lo que competía la decisión de su padre. Ese hombre era misterioso y extraño, además, el más perjudicado era él. Era Rhys el que tendría que cuidar de ella por cuatro años hasta que cumpliera treinta, y sin recibir ningún dinero adicional, eso sin mencionar que él, aunque era uno de los modelos más importantes de Londres, no tenía el dinero que pretendía que los demás creyeran. Su cuenta bancaria estaba en rojo, sus tarjetas sobregiradas y una pistola tocando la puerta de su pent-house cada fin de semana cuando llegaban a cobrar sus deudas. Ninguno de ellos estaba boyante ni en sus mejores momentos, por eso la imperatividad del dinero.
—Ella no tendrá lo que me pertenece —graznó Gwen entre dientes—. No merece tener el dinero de nuestro padre. No es nadie. Rhys. Solo es una lamebotas de Baltazar.
Gwen colocó el cabello sobre su espalda y sonrió.
—El viejo murió y no la protegerá —dijo más para sí misma que para su hermano—. Solo debemos lograr nuestro cometido sin asesinarla. No puede morir, pero puede sufrir lo suficiente como para cedernos el dinero por su propia cuenta. ¿No te parece?
De los cuatro Novak, la más sádica y macabra era Gwen. Ella era la clase de mujer que no entendía un no, y que no veía límites en sus deseos. Ese dinero lo era todo para ella en ese momento, y por eso agradecía la muerte de su padre. El viejo murió en el momento idóneo para que Gwen regresara a la cima sin necesidad de dormir con cuanto millonario infiel conocía en las fiestas de celebridades.
—Solo debemos tocar esa fibra sensible que debilita a cualquier mujer —susurró Gwen con una sonrisa antes de mirarlo a los ojos—. Toda mujer tiene una debilidad, Rhys, y esta en el pecho.
Rhys frunció el ceño unos segundos antes de sonreír con esa maldita sonrisa que era la que usaba para llevar a las mujeres a la cama. No le importaba estar comprometido ante la prensa. Esa maldita sonrisa era poderosa, tanto, que le daban las mejores portadas de revistas y las colecciones más prestigiosas durante los últimos seis años. Fue esa sonrisa la que Gwen sintió que le faltó en el salón un momento atrás, cuando se enfrentó a Faith. Era esa sonrisa la que sería la tentación de Faith y el declive de Rhys.
—Ninguno hará nada —dijo Rhys guardando las manos en sus bolsillos—. Debemos seguir el mandato de Baltazar.
Gwen alzó una ceja y se acercó a él para arreglar el cuello de su chaqueta. Rhys era más alto que ella, y los gemelos eran los que más se le acercaban en altura. La reputación de Rhys era idónea para lo que Gwen necesitaba. A fin de cuentas, nadie conocía mejor a una mujer, que otra mujer, y si Rhys no fuera su hermano, ella habría caído ante un hombre como él. Así era el poder de Rhys Novak.
—¿Desde cuándo lo obedeces? —le preguntó ella arrastrando sus dedos por su pecho hasta sus hombros—. La desobediencia fue la que te llevó a seguir con tu vida sin él, a salir de su ala y a forjarte ese futuro prometedor que ahora pende de un hilo. Y es esa misma desobediencia la que necesito para recuperar nuestro dinero.
Rhys bajó la mirada a la frente de Gwen. La mujer era como la serpiente que engañó a Eva en el huerto. Usaba esa poderosa lengua para hacer que grandes hombres cayeran ante ella, y era lo mismo que buscaba con su hermano. El poder de convencimiento de Gwen era tan alto, que aunque Rhys intentó no caer, supo que algo planeaba bajo ese largo y azabache cabello.
—¿Qué demonios estás planeando, Gwen? —le preguntó él.
Gwen le quitó las pelusas de los hombros y apretó sus huesos.
—Rhys Novak es un modelo famoso en Londres, es un mujeriego empedernido y el hombre con el rostro más hermoso por dos años consecutivos, además del cuerpo perfecto y sexi según varias revistas del último año —le dijo elevando la mirada hacia él—. ¿Por qué no muestras tus encantos y juegas un poquito con ella?
Rhys le mantuvo la mirada en los ojos claros de su hermana. Aunque pudiera hacerlo, porque siempre lo hacía, sentía que no era correcto hacerlo con una persona como ella. Faith era una mujer que no conocía, pero había algo en ella que era casi prohibido, sin mencionar que su padre le ordenó protegerla, no cogerla. No solo se trataba de que su hermana sugería engañarla y jugar con ella, sino que era para sacarle dinero. Era como ser un gigoló.
—Sugiero que uses esa coquetería para llevarla a la cama —sugirió Gwen en un tono suave, calmado, casi hipnotizante—. SI lo piensas bien, es por el bien de la familia. ¿Quieres que tu hermana tenga que acostarse con hombres asquerosos para mantener su vida de lujos y glamour? ¿No quieres caminar en Londres sin tener que mirar dos veces las esquinas para que no te sorprendan?
Eso último fue lo que realmente le impactó en el pecho.
—Sé que tienes deudas de dinero, Rhys —le dijo ella en un tono más serio—. Sé que te han golpeado tres veces y que le mientes a la prensa y les dices que fueron asaltantes. Sé que tienes una guillotina colgando sobre tu cabeza y una soga alrededor del cuello.
Gwen lamió sus labios lento.
—O pagas, o tendrás que olvidarte de tu vida —le dijo mirándolo a los ojos—. ¿Crees que un corazón roto vale más que tu vida?
Rhys tragó grueso. Por supuesto que recordaba las golpizas, la cabeza metida en la bañera y la vez que intentaron cortarle un puto dedo. No era agradable deberle a malas personas, y menos la cantidad que les debía. Su vida estaba en riesgo, y tenía que tatuarse ojos en la espalda para protegerse. Ese dinero lo ayudaría a saldar sus deudas, pero no le gustaba el plan de engatusar a Faith.
—No esta en mis principios llevar a una mujer a la cama por dinero, ni engañarla para que me quiera —le dijo Rhys.
—¿Pero sí esta en tus principios deberles dinero a miembros de la banda de narcotraficantes? —le preguntó—. Ya veo lo que te importa tu vida, o mantener la cabeza pegada a tu cuello.
Rhys intentaba no pensar en lo que sería que realmente lo agarrasen y lo torturasen hasta asesinarlo. Si solo con las leves torturas que le habían hecho, estaba traumado, no imaginaba lo que significaría que realmente lo torturasen hasta el borde de la muerte. Estaba en problemas muy grandes, y ese dinero era la solución para sus problemas. Solo debía hacer algo que hizo muchas veces sin que le dieran dinero, pero llevándolo a la cima.
—Rhys Novak no tiene principios —agregó Gwen al quitar las manos de sus hombros—. Eres un ave rapaz. No mides tus acciones, ni piensas antes de actuar. No mientas conmigo. Eres capaz de cualquier cosa por dinero, ¿o necesitas que te recuerde lo que hiciste para convertirte en una estrella del modelaje?
Rhys no tenía las manos, la consciencia ni el alma limpia. La fama tuvo un precio, así como su vida tenía un precio en ese momento.
—Solo quiero mi dinero, el que me corresponde —le dijo Gwen—. Lo que hagas después, va completamente por tu cuenta. No me importa si al final te enamoras de ella, siempre que le quites hasta el último euro que mi padre le dejó. Enamórala y luego rómpele el corazón. Cógetela, o no lo hagas. No me importa lo que harás para tenerlo, pero quiero mi dinero antes de volver a asistir a un funeral.
Gwen palmeó el pecho de Rhys y le dijo que era momento de que sujetara su maleta y dejara ese maldito lugar. Gwen no pelearía una guerra que dejó en manos de su hermano y menos cuando usó las deudas de Rhys para su beneficio. Gwen sonrió al saber que su hermano haría hasta lo imposible porque no le rompieran el cuello, situación que los gemelos desconocían. Gwen era la única que indagó lo suficiente para encontrar la raíz del problema, y lo guardó para usarlo en el momento propicio. Tenía a Rhys sujeto por la corbata que llevaba esa mañana, así como Faith tenía sujeto a los gemelos por las muñecas desde que atacó a Theo aquella vez.
—¿Cómo estás, Faith? —le preguntó Enzo esa mañana.
Ellos aun continuaban en el salón donde se propició la pelea por el dinero. Faith se quitó el largo cabello de los hombros y les sonrió.
—¿Y ustedes? ¿También comenzarán la cacería contra mí?
Theo se tocó el centro del pecho.
—Sería incapaz —le dijo con esa sonrisa coqueta que tenían todos los Novak—. Tu puño derecho lo dejó claro la última vez.
Faith le sonrió a ambos y miró por uno de los ventanales como los otros dos se alejaban uno del otro. Faith miró como Rhys se quedaba afuera, mientras la otra entraba a la mansión. Faith rodó los ojos hacia los gemelos y soltó un suspiro por lo iguales que eran.
—¿Así que eres la dueña absoluta de nuestro dinero? —indagó Enzo, el más serio de ambos—. Era algo que no esperaba. ¿Lo sabías? ¿Él te dijo que tomaría estas acciones?
Faith negó con la cabeza.
—No lo sabía —mintió—. También me tomó por sorpresa cuando el abogado me lo dijo ayer en la tarde.
El abogado y Baltazar le dijeron que no dijera nada, que fingiera no saber, así no levantaría sospechas de que lo hicieron con alevosía. Mientras todos pensasen que era algo nuevo, no la molestarían demasiado con el tema, y estaría limpia de rencor.
—Tendrás que invitarnos una cerveza —le dijo Theo sonriendo.
Faith rodó los ojos.
—No tengo el vicio del alcohol.
—Tampoco yo —le dijo él—, pero quizá con un par de cervezas en el sistema me veas diferente a la última vez.
Faith le sonrió.
—¿Quieres que te recuerde el dolor de mi golpe? —le preguntó.
Enzo lo miró elevar las manos y retroceder.
—Calma, fiera —le dijo Theo riendo fuerte—. Vengo en paz.
Faith también sonrió.
—Cuídense, chicos —les dijo—. Es un luego viaje.
Enzo asintió con la cabeza y Theo empujó a su hermano.
—¿Lo ves? —le preguntó Theo a Enzo—. Se vuelve la dueña del dinero de Baltazar y comienza a sacarnos como basura.
Enzo lo miró y Theo dijo entre risas que era broma. Enzo miró a Faith y se disculpó por el comportamiento infantil de Theo.
—No soy infantil —replicó Theo—. Soy la persona más seria que conocerás en la vida. Mi ID de payaso lo demuestra.
Enzo rodó los ojos.
—Si tienes problemas, llámanos —le dijo Enzo.
—No lo haré —le dijo Faith moviendo las manos entre ambos—, pero agradezco la disposición de Trajes lindos y de Superman.
Theo cerró los ojos.
—¡Me tocó el mejor apodo! —le dijo a su hermano—. Admítelo.
Enzo negó con los ojos cerrados.
—Volveremos pronto, Faith —le dijo Theo.
Faith giró sobre sus talones cuando la rodearon para despedirse de ella y regresar a Estados Unidos para trabajar.
—Espero que no —les dijo ella despidiéndolos.
Theo giró sobre sus zapatos y le guiñó un ojo a Faith.
—Admite que adoras vernos —le dijo sonriente mientras retrocedía—. Hacemos tu vida más divertida, sexi y acalorada.
Faith cruzó los brazos.
—Hacen mi vida más insoportable —le dijo sonriendo—. Adiós.
Enzo movió la mano y Theo le arrojó un beso antes de despedirse. De los cuatro, ellos eran los más divertidos y menos preocupados por el dinero. Enzo era gerente de un hotel y Theo era un piloto de avión. Por eso los apodos de Faith ante sus trabajos. Los chicos se tropezaron con Rhys en la puerta cuando se estaba alejando. La sonrisa de Faith desapareció cuando Rhys, con su imponente metro noventa, entró al salón vestido del color de un cuervo. Rhys era un hombre de pocas palabras, y que prefería el silencio incluso en el sexo. Para él, la voz de Gwen era estruendosa, y agradecía que la de Faith fuera tan liviana como una pluma en la corriente del río.
—¿Calmaste a la bestia? —le preguntó ella.
Rhys se detuvo alejado de ella. Había un enorme abismo entre ambos. Uno era más alto, más poderoso y más autoritario que el otro, pero ambos eran igual de fieras que el otro.
—Es mi hermana de quien hablas —le dijo Rhys antes de zambullirse en el mar de sus ojos—. Tenemos que hablar.
Faith soltó un suspiro.
—No tengo nada que hablar contigo —dijo ella—. Si me disculpas, tengo pendientes más importantes que hablar contigo.
Faith despegó sus pies del suelo e intentó cruzar junto a Rhys. Él fue más rápido, y antes de que ella se alejara, la sujetó por el codo con la misma sutileza con la que ella hablaba. El toque fue eléctrico. El toque de la mano desnuda de Rhys casi erizó la piel de Faith. Ella lo miró a los ojos, separó los labios y elevó el mentón para encontrarse con su mirada. Rhys sintió la piel suave y caliente de Faith en su palma, así como la dureza de su mirada cuando cambió la expresión de gracia con sus hermanos, al odio hacia él. No hubo una corriente de aire diferente, no se aceleraron sus corazones ni sintieron que tocaban el alma del otro, pero nació un pequeño cosquilleo en los muslos de Faith y en el pecho de Rhys.
Por más que se cegaran ante el otro, eran dos personas excesivamente bellas. Ella con sus mejillas sonrojadas y él con esos ojos grises como unas nubes de tormenta. Juntos eran como una fotografía irreal, igual de irreal que ese amor que él fingiría por ella.
—¿Sabes que tengo que cuidarte? —le preguntó Rhys.
Faith, quien continuaba cercana a él, usó su otra mano para quitar los largos dedos de Rhys de su codo.
—No necesito que nadie me proteja —le dijo—. Puedo sola.
Faith no retrocedió y él se cernió solo un poco sobre ella. El aire comenzó a tornarse más pesado y el calor del aliento de ambos podía calentar el salón. Faith no le quebró la tensión en la mirada, ni dejó que él la intimidara cuando se acercó tan solo un poco.
—Es una exigencia de mi padre. Como entenderás, debo obedecerlo —dijo Rhys sin desviar la mirada de sus ojos—. Supongo que no te importará que me quede un tiempo.
Faith alzó el mentón y apretó los dedos de los pies.
—Es tu casa, no mía —le dijo ella respirando un poco más lento y pesado—. Puedes quedarte el tiempo que quieras.
Rhys, al debatirse entre lo que era correcto y que su cabeza permaneciera sobre su cuello, pensó en lo que su hermana le dijo sobre jugar un poco con la mujer. Ella no era desagradable a la vida, y aunque era una fierecilla indomable, él podía domarla. Solo debía conocerla un poco para lograr ser la clase de persona que le agradaría, mientras tanto, usaría sus viejos trucos. Rhys era un mago de la seducción, y esperaba lograr romper esa coraza de hielo con el primer truco: que Faith pensase que él quería algo con ella.
—Contigo —dijo descendiendo los ojos a sus labios—. Me quedaré contigo porque así lo estipuló Baltazar.
Faith, a diferencia de las mujeres que Rhys frecuentaba, no era estúpida. Ella sabía que eso que él buscaba no era un revolcón en una cama. Era el dinero por el que su hermana discutió con ella. Fue por ello que Faith retrocedió dos pasos, apretó los brazos a su pecho y le sonrió de forma superior a lo que él pensaba que ella era.
—Escucha, Playboy. No sé con qué clase de mujer acostumbras tratar, pero no soy una de esas. No soy una damisela en peligro, ni necesito un escolta que me siga a todas partes —le dijo Faith manteniendo su mirada—. Tengo dos garras, y no temo usarlas.
Rhys frunció el ceño.
—No caeré en tu juego de seducción —agregó ella sonriendo por lo predecible que era Rhys—. No estás interesado en mí. Estás interesado en los doscientos millones que tengo.
Rhys intentó decir algo.
—Ahorra palabras —le pidió alzando una mano—. No necesito que digas que no es verdad. Puedo verlo en tus ojos.
Rhys tenía que defenderse de inmediato o perdería terreno.
—No me conoces.
—Ni tu a mí —replicó Faith—. Solo juzgo la portada.
Rhys relajó el entrecejo.
—Tu tienes una portada sexi —soltó él—. ¿Será así por dentro?
Faith le sonrió levemente.
—Es una pena que no puedas saberlo —le dijo ella.
Rhys se tocó las muelas con la punta de la lengua.
—No me iré —le dijo abriendo más las piernas y cruzando los brazos—. Tengo tiempo para conocer el interior de ese libro.
Faith rodó los ojos.
—Como quieras —le dijo soltando el aliento—. Pediré que arreglen una habitación para el… invitado.
Rhys le dio una mirada a la mujer.
—¿Estará cerca de la tuya? —le preguntó.
Faith alzó una ceja.
—Pediré la más alejada —le dijo antes de alejarse de él.
Rhys giró el cuello para ver como el vestido se ondeaba en sus piernas delgadas. El vestido era largo y cerrado, por lo que no pudo ver su cuerpo, pero no dudó ni un segundo que lo que escondía debajo era el doble de hermoso que sus ojos. Por un instante pequeño Rhys se encontró deseándola, hasta que recordó que lo que hacía era para salvar su vida, no porque realmente le importara. La mujer sí que era una fiera, y Theo, ansioso por saber lo que sucedería, le dijo a Theo que se quedaran para escucharlo todo. Por supuesto Faith los vio cuando salió del salón, pero a diferencia de Rhys, a ella no le dijeron nada por el altercado.
—Alguien te rechazó —le dijo Theo sonriéndole.
Rhys los miró a ambos.
—¿Por qué no están preocupados de que una cualquiera tenga nuestra herencia? —les preguntó Rhys aun de brazos cruzados.
—Primero, no es una cualquiera. Es Faith Ferrara, la hija adoptiva de nuestro padre. Y segundo, sí necesitamos el dinero, pero no por eso tendré conflictos con ella —le dijo Theo serio—. Esa mujer es hermosa, pero no es lo que tú piensas.
—Es peor —completó Enzo—. Casi noqueó a Theo cuando intentó tocarla. Ten cuidado, Rhys. Esa mujer es el diablo.
—Si fuera tú, la dejaría en paz —dijo Theo.
Rhys miró detrás de ellos.
—Qué bueno que no eres yo —dijo Rhys antes de separar los brazos y colocar una mano en el hombro de cada uno—. Feliz viaje, hermanos. Cuando volvamos a vernos, todo habrá cambiado.
Ellos se miraron. No les gustaba como sonaba.
—Cuidado con herirla —dijo Theo al sentir cierto cariño por la mujer que lo golpeó—. Te recuerdo que no es lo que piensas.
Rhys alzó el mentón y lo miró a los ojos.
—Ninguna mujer me ha dicho no, y ella no será excepción.