El presidente que parecía que había entendido mis intenciones tomó de la mesa aquel teléfono rojo que había, y enseguida hizo unas cuantas llamadas, todos en la gran sala estábamos en silencio, solo la estridente música se escuchaba. Él se tenía que esforzar para que le entendieran, pero cuando todo terminó, le hice una señal para que acabara la música y esta se dejó de escuchar. No me pregunto cómo, seguramente alguien allí llevaba un pinganillo y podía hablar con otro que desde fuera estuviera atento a lo que estaba sucediendo dentro de aquel lugar, ¡como fuera que sucediera!, aquella música se dejó de escuchar y al momento la sala se iluminó. ―¿Qué ha sucedido? ―escuchamos de aquel ser que estaba en la gran pantalla. ―¡Nada! ―respondí―. ¿Por qué lo dices? ―¿Cómo que nada?, si se ha
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