Desperté con el sonido de una cucharita chocando contra una taza. Los párpados me pesaban como si llevaran piedras colgando. Me sentía empapada en sudor, y cada músculo de mi cuerpo dolía como si hubiera corrido kilómetros bajo una tormenta. Lo último que recordaba era el frío, la lluvia, el puente... y luego, oscuridad. Vacío. Silencio. Abrí los ojos y lo vi. Justin. Estaba sentado al borde de una cama que no era mía, con el ceño fruncido y la mirada concentrada en la taza que removía. Llevaba una camiseta negra arrugada, el cabello revuelto, y tenía una expresión que no le había visto nunca: preocupación. -¿Dónde... estoy? -logré preguntar con voz ronca. Él alzó la mirada y dejó la taza en la mesita de noche. -Estás en mi casa -dijo en voz baja-. Me alegra que hayas despertado. -

