El ambiente en el club era caótico, lleno de música estridente y luces parpadeantes. Pero en ese instante, todo pareció detenerse. Héctor y yo nos quedamos mirando fijamente, como si el mundo a nuestro alrededor hubiera desaparecido. Su rostro permanecía inmutable, pero sus ojos reflejaban una intensidad que me era imposible ignorar. Mi madre, completamente ajena a la tensión entre nosotros, intervino. —Joven, gracias por ayudar a mi hija. Ese hombre se estaba pasando de la raya. —Su voz era firme, pero amable. Héctor no contestó de inmediato, y yo tampoco. Seguíamos atrapados en ese extraño duelo silencioso. Finalmente, mi madre miró de un lado a otro, desconcertada por el silencio. —¿Se conocen ustedes dos? Abrí la boca para responder, pero no salieron palabras. No sabía qué decir,

