Mis manos temblaban ligeramente mientras me quedaba mirándolo, tratando de entender lo que acababa de decir. Su mirada ardía con una mezcla de deseo y determinación que hacía que mi pecho doliera, pero no iba a permitir que me controlara. No otra vez. -¿Cómo te llamas? -pregunté, cruzándome de brazos y alzando la barbilla para no demostrar debilidad. Él frunció el ceño, como si la pregunta le sorprendiera. -¿Qué? -¡Tu nombre! -grité, sintiendo cómo mi frustración alcanzaba un punto de quiebre-. Ni siquiera sé cómo te llamas, y aquí estás, exigiendo todo de mí. La sorpresa en su rostro desapareció rápidamente, sustituida por una sonrisa arrogante que me hizo apretar los dientes. -Héctor Zambrano -dijo con voz firme, acercándose un paso. La forma en que lo dijo, como si fuera un título

