El consultorio olía a desinfectante y lavanda. Me senté en la camilla con las manos entrelazadas sobre mi vientre, que ya era imposible de disimular. El enterizo n***o que llevaba se pegaba a cada curva nueva de mi cuerpo, marcando la redondez de la barriga. Las mujeres embarazadas siempre me parecieron hermosas, pero ahora que era yo la que cargaba con este milagro de vida, me costaba ver belleza en la hinchazón, en el insomnio, en los tobillos inflamados. Aun así, algo dentro de mí palpitaba con una fuerza tierna cada vez que pensaba en él -o en ella-. La puerta se abrió y el doctor entró con una sonrisa. -Bueno, Mary, aquí están tus resultados -dijo mientras se sentaba frente a mí con la carpeta en la mano-. Todo está bien. La presión volvió a estabilizarse, no hay signos de preeclamp

