Capítulo 1-1

2126 Palabras
Melissa Stevens no quería ir a la fiesta después del baile formal, pero allí estaba aparcando su Hyundai Getz rojo frente a la antigua casa Queenslander. Ya pasaban las once y media y no había dejado de quejarse a su amiga Nadia desde que salieron del hotel. El salón de baile temático en monocromo había logrado albergar a doscientos adolescentes de diecisiete años, y Melissa ya había tenido suficiente. Temía tanto la fiesta que su cuerpo había empezado a rebelarse: su estómago parecía un saco de serpientes, su corazón martilleaba contra sus costillas y sus palmas húmedas se deslizaban sobre el volante. Por mucho que Melissa lo intentara, le resultaba imposible relajarse. Si no fuera porque Nadia amenazaba con dejar de salir con ella si se negaba, preferiría regresar a casa y meterse en la cama con su móvil para revisar todas las fotos publicadas de antaño. Sus nervios no eran sanos y ella lo sabía. Aunque a la hermosa Nadia le resultaba tan fácil... Los chicos la amaban. No obstante, la torpeza de Melissa parecía atraer únicamente la atención equivocada. Un grupo de chicas que estaba fumando junto a la valla delantera se acercó al vehículo y las miró fijamente a través del parabrisas. Melissa desabrochó su cinturón de seguridad y las miró con desdén. Salió torpemente del coche, preparada para que se mofaran de su vestido ajustado. Siempre fingía que no le importaba vestir de marca, pero lo cierto es que odiaba los centros comerciales y los evitaba siempre que podía; demasiadas luces brillantes y dependientas molestas sonriendo falsamente. Su vestuario consistía principalmente en las prendas que su madre le daba y en las que Nadia robaba de su trabajo a tiempo parcial en Chloe. ChloeSu hermosa amiga salió del asiento del copiloto con la elegancia y el porte de una estrella de Hollywood. Ataviada con un elegante vestido plateado que realzaba su increíble figura, Nadia sabía exactamente cómo lucirlo. Un pequeño tatuaje, en forma de dos manos entrelazadas en su tobillo, llamó la atención de Melissa. ¿Cuándo se lo habría hecho? Nadia siempre decía que era preferible disfrutar de las ventajas de trabajar en el comercio minorista, a pesar de que eso le estuviera destruyendo el alma. Siempre intentaba convencer a Melissa de probar cosas nuevas para liberarse de su autoimpuesta crisálida de moda, pero era una batalla perdida. Ambas eran juzgadas por su apariencia. Melissa, porque nada le importaba lo más mínimo, mientras que Nadia, parecía lo más cercano a la perfección que una chica podía alcanzar. —Venga, Lis. No te preocupes por esas zorras. —Nadia se dio un toque en la muñeca para ajustar los brazaletes y, al mismo tiempo, mostrar desdén hacia las demás—. Entremos. El grupo de bienvenida observó en silencio mientras esta avanzaba hacia la puerta principal. Melissa, en su papel habitual de acompañante, la seguía de cerca. Nadia era hermosa y lo sabía. Todo el mundo la deseaba o quería ser como ella. Finalmente, llegaron a la puerta principal. Cuanto más rápido entraran (dándole a Nadia la oportunidad de tomar unas copas y coquetear), más rápido podría Melissa afirmar lo aburrido que resultaba y, así poder irse a casa. Ni siquiera sabía a quién pertenecía ese lugar. Melissa se giró y lanzó una última mirada a las chicas que permanecían fascinadas junto a la entrada. Sus rostros maquillados brillaban con la luz de los teléfonos mientras enviaban mensajes de texto, seguramente para contar que Nadia y su inútil acompañante ya habían llegado. Tal vez se preocupaba demasiado, pero había pasado suficiente tiempo en la escuela junto a esas chicas desagradables como para saber que lo que decían no sería nada agradable. Cuando Nadia mencionó que habría una fiesta, Melissa supo de inmediato cuál era la razón. Dado que tenía una licencia de conducir provisional, Nadia era consciente de que Melissa no podría negarse, por lo que era una apuesta segura contar que ella la llevaría. A pesar de sus muchas diferencias, habían sido inseparables desde que tenían cinco años. Aunque su amiga se enfadaría si lo supiera, Melissa se sentía obligada a acompañar a Nadia siempre que había una fiesta para evitar que hiciera alguna tontería. Observó cómo su amiga se detenía frente a un escaparate para aplicarse un poco de brillo de labios mientras se veía reflejada. —¿Qué tal estoy? —Estás fantástica, Nards. Por favor, no me dejes sola esta vez. —Solo si tengo suerte. Nadia abrió la puerta y fueron recibidas por una explosión de música rap. Melissa agarró su brazo y lo sujetó con fuerza. —Venga, te estresas demasiado. Relájate y tal vez te diviertas —dijo, encogiéndose de hombros y adentrándose en la refriega, sacudiendo su melena oscura y sedosa. Melissa cerró los ojos por un segundo. —Dios mío, ayúdame. Por los altavoces resonaban letras repletas de maldiciones. No entendía el rap en lo más mínimo. A ella le gustaban más las baladas acústicas de cantautores como Ed Sheeran. Luchó contra el impulso de darse la vuelta y regresar al refugio que le ofrecía el coche. Los chicos se aglutinaban bajo la luz solitaria del pasillo, intercambiando pastillas. Melissa rodó los ojos y pasó de largo. Las luces del salón se apagaron y cuerpos agitados y sudorosos se apretujaron a su alrededor mientras intentaba abrirse paso, con risas y gritos compitiendo por hacerse oír por encima del estruendo. Finalmente, logró encontrar un pequeño espacio junto a una ventana para respirar, sintiéndose invadida por el la proximidad de la multitud abarrotada. Miró hacia el cielo azul del atardecer, iluminado por la luna llena. La cara redonda y familiar la reconfortó, al igual que darse cuenta de que era prácticamente anónima en la oscuridad. Nadia había desaparecido, como de costumbre. Resignada a soportar otra noche sola escuchando música de mierda y observando cómo la gente se emborrachaba y se rozaba entre sí, Melissa se abrió camino entre la multitud y encontró una silla libre en un rincón. Perfecto, pensó. Sola como de costumbre. Esperó en la sombra, segura de que eventualmente, Nadia se daría cuenta de su ausencia. Melissa estaba sedienta, pero desde donde estaba sentada podía ver que el camino hacia la cocina estaba obstaculizado por dos jugadores de fútbol americano que conocía desde la escuela. Era difícil determinar si estaban discutiendo o simplemente trataban de comunicarse en medio del bullicio. Más adelante, los bancos estaban repletos de bolsas de patatas fritas y bebidas. Nadia apareció de nuevo frente a ella y le hizo una seña impaciente. —Sigue el ritmo. La cocina estaba igualmente abarrotada, pero esta vez su llegada, o más bien la de Nadia, fue recibida con gritos y ovaciones. Nadia no dejaba de recibir abrazos. Incluso Melissa recibió un par de palmadas. Sabía que solo era porque estaba con Nadia, pero no le importaba; al menos los demás la habían reconocido. Eran mucho más amigables que las chicas de la entrada. Y mucho más ebrios. Nadia agarró una botella de vodka del mostrador y sacó dos vasos de plástico de una de las mangas. Mientras llenaba los vasos, Melissa negó con la cabeza y la miró. —No puedo beber. Soy la que conduce, ¿recuerdas? —Tranquila, un sorbo no te hará daño. —Nadia colocó un vaso rebosante en la mano de Melissa y alzó el suyo—. ¡Salud! Nadia se lo bebió de un solo trago mientras Melissa daba un sorbo a regañadientes. El vodka le quemó la garganta y sintió ganas de vomitar. Todos la miraban como si fuera de otro planeta. No pudo evitar soltar una tos fuerte y ahogada. —¡Qué débil eres! —dijo Nadia con una sonrisa y le quitó el vaso. Melissa vio cómo tomaba un trago del vaso y lo rellenaba con limonada de una botella que tenían cerca. —Toma, esto está mejor. —Cuando Nadia se lo devolvió, alguien la llamó desde el otro lado de la habitación. Arrugó la nariz con desprecio—. ¡Qué asco! —¡Nadia! —la llamó un hombre alto con el cabello de color arena cayendo sobre sus ojos mientras entraba en la cocina y se acercaba directamente hacia ella. Nadia examinó su bebida con la meticulosidad de un científico observando a través de un microscopio, tratando de fingir que no había escuchado ni notado su presencia. Divertido, el chico esperó pacientemente a que levantara la mirada. Melissa también sonrió a Nadia, pero recibió a cambio una mirada fruncida. Finalmente, esta última levantó la mirada y la clavó en la del chico durante un breve y despectivo instante. Justo cuando él iba a decir algo, ella pasó bruscamente a su lado y fue engullida de inmediato por la multitud de cuerpos. Melissa se encontró sola. Aunque técnicamente no lo estaba, ya que curiosamente el chico no siguió a Nadia. En lugar de eso, su mirada expectante se posó en ella. Tuvo la incómoda sensación de que la estaban evaluando como a una presa. —Hola —dijo él. —Hola. —¿Te lo estás pasando bien? —No estoy segura. Supongo que está bien —respondió encogiéndose de hombros, tratando de aparentar que no le importaba demasiado—. Estoy un poco aburrida, para ser honesta. —¿En serio? —Sonrió burlón—. ¿Vienes con Nadia? Melissa asintió. —Esa chica es un grano en el culo. De repente, dio un paso hacia adelante y su cuerpo se aproximó al suyo. Aunque el insulto sobre su mejor amiga la molestó, la cercanía de su torso y el delicioso aroma a coco de su cabello la llevaron a pensar en sexo. Dio un paso hacia atrás, sosteniendo un vaso vacío en la mano. —Lo siento, lo necesitaba. Melissa apretó los labios y bajó la barbilla. Él enarcó una ceja. —¿Quieres una? —¿Una… qué? —Ella se dio la vuelta y lo vio sacar una lata de ron con cola de la nevera. —¿Una de estas? —No, gracias. Ya tengo una. —Ella levantó su vaso de vodka diluido—. Además, soy quien conduce. Él asintió. —Entonces tal vez sea la elección correcta. Observó cómo él giraba el tapón y vertía la bebida en un vaso sobre la encimera que había junto a ellos, y se preguntó por qué se molestaba en hacerlo ya que cualquiera podría beber directamente de la botella. Era su oportunidad de escapar y la aprovechó. —Eh, ¿adónde vas? —la llamó. En cuanto dobló la esquina, Nadia la agarró por los hombros y la condujo por el pasillo hasta un baño que olía a vómito. Melissa intentó liberarse de su agarre. —¿Qué te pasa? ¡Suéltame! Me haces daño. —Ya sabes cómo es Jared Collins. Esta es su fiesta, idiota. Tenemos que tratar de mantenernos alejadas de él. —Nadia se colocó las manos en las caderas. Melissa no tenía ni idea de lo que Jared Collins podría haber hecho para disgustarla tanto. Era un buen augurio para su plan de escape. —Júralo. —¡Está bien! No me acercaré a él. Y si te hace sentir mejor, le dije que su fiesta era una mierda. —¿Sí? —Se rio Nadia—. Bueno, tienes razón. Pese a conocerse desde hacía años, Melissa nunca logró comprender del todo cómo funcionaba la mente de Nadia y rara vez estaba de acuerdo con las decisiones que tomaba. El tatuaje, por ejemplo. Todo lo que hacía Nadia desprendía un halo de misticismo. Podía caminar por una habitación desafiando a cualquiera a interponerse en su camino, simplemente actuando con una distancia cautivadora. Sus enigmáticos ojos marrones parecían a menudo tristes, ocultando una verdad más profunda tras su inexpugnable fachada, pero la mayor parte del tiempo estaban dispuestos a superar cualquier obstáculo que se interpusiera en su camino. Melissa se dio cuenta de que siempre había sentido un poco de envidia. Al lado de Nadia, se consideraba dolorosamente baja y regordeta, tal como su propia madre solía recalcar. También tenía el pelo castaño, rizado y alborotado, que tardaba una eternidad en crecer. Su piel era blanca como la leche y se quemaba al contacto con el sol, mientras que la de Nadia era de un tono acaramelado y se bronceaba en verano. Esto hacía que Melissa pareciera aún más pálida y anémica cuando estaban juntas. En una ocasión, había probado el bronceado artificial y había terminado con un tono anaranjado. Desearía tener algo de color, aunque solo fuera un par de tonos más oscuro que el blanco de la nieve, para no resaltar como un faro cada vez que iban a la playa.
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