Jenna —¿Qué prisa tiene, señora? —pregunté. Odiaba los controles de tráfico, los odiaba incluso más que los conflictos entre vecinos, como los problemas de las margaritas de la señora MacArthur creciendo demasiado cerca de los rosales del señor Bentley. Pero este auto desconocido se había pasado la última señal de alto del pueblo y no había disminuido la velocidad, ni hablar de detenerse ante el espectáculo de luces y sirenas. —¿Qué? Oh, la prisa. Claro. No hay prisa, a menos que cuente que intento poner la mayor distancia posible entre mi ex y yo —dijo con amargura en la voz, lo que me indicó que esto no era uno de esos relatos ficticios que a veces surgían en controles de tráfico. —Lamento escuchar eso, pero me obligó a perseguirla por dos millas y eso no está bien —dije, convencido

