Charlie —¡Papá, es hora! —El chillido agudo de Lila era probablemente lo único capaz de atravesar la niebla del nuevo mundo que estaba creando, y aun así me tomó mucho más tiempo del debido dejar de mover los dedos sobre el teclado—. ¡Me lo prometiste! Esas dos palabras detuvieron mis dedos al instante. Tenía razón: había prometido que pasaríamos un tiempo en el campo de calabazas instalado en la Plaza del Pueblo para celebrar el inicio del otoño. —Lo siento, pequeña, lo prometí —dije. Una rápida mirada al reloj me indicó que aún teníamos mucho tiempo, pero ese no era el punto, y hasta Lila ya era lo suficientemente mayor para entenderlo. —Date prisa y vístete, papá, o se acabarán las buenas calabazas. No pude evitar reírme de su entusiasmo. —Hoy es el primer día, dudo que se acaben

