Ambos sonreímos, sentí una especie de corriente cuando mi torso desnudo hizo contacto con su piel en el instante en que su pijama desapareció. No se la quité como de costumbre cuando teníamos sexo, no. Esa noche fui más delicado que la primera vez que me se entregó a mí. Con sutileza, desprendió la parte superior de mi pijama. Por suerte —para mí—, Mariale no tenía brassier puesto esa noche. Con mis manos, recorrí cada centímetro de su piel, como cual músico tocando su violín. Le encantaba la sensación que producía el roce de mis dedos en su piel, lo podía ver en su mirada de placer. Nadie se molestó en interrumpirnos aquella noche. Mis labios se detuvieron en su cuello. Yo, más que nadie, conocía su punto débil y debo reconocer que me aprovechaba de ello cuando estábamos juntos, incluso

