Capítulo 10: "Instintos asesinos"

3337 Palabras
Mis ojos se abrieron lentamente por el dolor de espaldas que sentía. Sin procesar nada de lo que estaba pasando a mí alrededor, recordé todo lo que tuvimos que hacer en la madrugada para entrar en el aula de tecnología para no morir de hipotermia en la noche. Para nuestra desgracia, la puerta tenía traba o algo, el punto es que no se abría, pero los chicos fueron lo suficientemente brutos para romper la ventana de la puerta, meter por ella su brazo y abrirla desde dentro. Luego de asegurarnos de tener en qué lugar dormir fuimos en busca de las colchonetas y por suerte las encontramos. Así que literalmente terminamos durmiendo en las colchonetas en el piso, todos apretujados y muertos de frío e incómodos. Pero por suerte el calor corporal hizo lo suyo y ninguno terminó como Jack en Titanic.  Cuando por fin abrí mis ojos, me costó adaptarme a lo que tenía enfrente de mis narices. Y era un muy dormido Brennett acostado a mi lado, pegado a mí y con su nariz chocando con la mía. Literalmente lo tenía enfrente de mis narices. Mis ojos se abrieron como platos ante la cercanía. Quise alejarlo bruscamente, pero antes de poder hacer eso, un carraspeo de garganta me hizo elevar la vista. Los ojos oscuros del profesor de Tecnología me estaban observando sorprendidos y ofendidos. Él estaba con su portafolios pegado en su pecho, sostenido por sus brazos, y sus gafas colgaban de la punta de su enrome nariz. Detrás de él había unos cuantos – muchos – estudiantes mirándonos con unas sonrisas divertidas y tecleando en sus celulares. No pude evitar que mis mejillas se tornaran rojas ante la vergüenza de la situación. >  Le pegué un codazo a todos los que estaban lo más cerca de mí en el piso – y uno de ellos fue con especial fuerza para Eric –, pero me di cuenta de que faltaba uno de nosotros. Zach. Fruncí el ceño y cuando elevé la vista lo vi escondido detrás de una de las mesas, totalmente nervioso y sudado, mis ojos se abrieron como platos al igual que los suyos, pero sus lagunas azules me rezaban clemencia mientras llevaba su dedo índice a sus labios pidiéndome silencio. Lo pensé internamente; tenía que salvarlo de esta. Nosotros podemos ser castigados por el instituto, pero él podría ir a la cárcel o tener más problemas. Por lo que decidí ser una buena persona y lo dejé pasar. Todos fueron despertándose lentamente, y cuando sus ojos veían lo mismo que yo estaba haciendo, sus rostros se tornaban pálidos como culo de bebé recién nacido.  Todos juntos nos pusimos de pie, tragando saliva y mirando fijamente, con miedo, al profesor. Noté que Gregg todavía estaba durmiendo plácidamente en el piso, por lo que le di una patada en la cara para que se despertara. - ¡¿Cuál es el maldito problema?! – fue lo que salió de su boca ni bien mi pie aterrizó en su cara. Abrió un ojo, y cuando nos vio a todos de pie, parados como soldados, y también vio como el profesor lo observaba, no tardó ni dos segundos en colocarse a mi lado. El hombre calvo aclaró su garganta y nos observó fijamente a cada uno, como memorizando nuestras facciones. Nunca me tocó con ese profesor, pero todos decían que era un buen dolor de culo, y que si no le caías bien te hacía la vida imposible.  - El problema, señor Miller – Habló el profesor – Es que... ¡Acabo de encontrar a siete estudiantes bandidos durmiendo en el piso de mi salón de clases! – su tono de voz había subido de la nada y, literalmente, mis tímpanos se habían roto. Parecía un búfalo enojado. Sus fosas nasales – de una nariz bastante grande – se abrían y cerraban repetidas y varias veces, su rostro estaba rojo de la furia y creo que había visto uno de sus mechones blancos de cabello caer al suelo. Estábamos a punto de darle un paro. - Profesor Rodríguez, podemos expli... - empezó a hablar Eric, pero los gritos del profesor lo detuvieron. - ¡¿Explicar?! ¡No necesito una explicación! ¡Lo único que yo quería era asistir a mi trabajo, ver los rostros de los inútiles de mis alumnos, y tratar de sobrevivir con un salario mísero! ¿Saben lo difícil que es conseguir una cita con este cabello? – y apuntó a su cabeza - ¡Es un mártir! ¿Y yo entro a mi salón de clases y me encuentro con adolescentes semi-desnudos dormidos en colchonetas en el piso? ¡Inaceptable! ¡Horrible! ¡Asqueroso! ¡Despreciable! Y dicho todo aquello toda la clase se quedó en silencio. Lo único que se escuchaba era el sonido de la respiración agitada del profesor, y él mirándonos fijamente tratando de calmarse. Todos los mirábamos atentamente, como esperando a que explotara nuevamente y estar preparados para tapar nuestros oídos primero, porque, joder, este hombre sí que gritaba fuerte. Sus ojos se cerraron unos segundos y suspiró, como quitándose un peso de los hombros. Bueno, al parecer gritarnos le sirvió más que una terapia. Nadie se atrevía a hablar, ni siquiera el propio profesor hablaba, y pude ver como Matt parecía algo divertido con la situación, Gregg estaba con cara de dormido aún, Julie simplemente retorcía su cabello en sus dedos – algo que significaba que estaba nerviosa -, Less estaba quieta y con los ojos clavados en el piso, y Lenn, bueno... ella parecía estar a punto de tener un colapso mental o algo. Y aunque yo no lo demostraba, de verdad estaba muy nerviosa en el fondo, muy en el fondo. Zach seguía escondido, y Eric estaba con una cara de póquer impresionante, pero bueno, él estaba acostumbrado a meterse en problemas. - ¿Profesor? – habló por fin Eric. - ¿Si? – respondió este con tono cansado. - ¿Vamos a dirección? – preguntó Eric frunciendo las cejas y retorciéndose los dedos, con mirada seria. - Por favor. – suplicó suspirando. Todos empezamos a caminar hacia la puerta de salida del aula, cuando la voz del profesor se escuchó de nuevo -. ¡Ustedes también lárguense! ¡Necesito una hora libre! ¡Fuera! – todos los estudiantes empezaron salir del salón apresuradamente e internamente pensé que Zach había tenido mucha suerte, el hijo de perra saldría ileso de esta. Pero tendría que hacer mucho para que le perdonara esto. Me sentía como en un desfile de modas mientras caminaba por los pasillos de la escuela y notaba como todos salían de sus aulas para ver que estaba pasando, o cómo nos miraban los profesores, e incluso como Raúl (el conserje) nos miraba desaprobatoriamente.  El hecho de estar vestida con mi pijama demasiado revelador ya hacía que quisiera cavar un pozo y meterme en él hasta que pasan veinte años de ese día, por lo menos, para superar el trauma psicológico que dejaría en mi memoria. Llegamos a la dirección y la secretaria nos pidió que esperáramos dentro del despacho, porque el rector se estaba encargando de algo importante. Todos entramos y nos sentamos con la cabeza gacha, y juro que la tensión se podía cortar con unas tijeras. - Esto es todo – escuché que dijo Less, la miré y tenía la mirada perdida en algún punto –. Hasta aquí llegamos. Nos expulsarán. No nos graduaremos, no tendremos futuros, terminaremos debajo de un puente vendiendo tacos y muriéndonos de frío. Con veinte gatos y ratas como familia. Puse los ojos en blanco. Ya era algo común, así se ponía ella cada vez que algo salía mal y teníamos la posibilidad de tener algún gran problema. Normalmente ella era bastante exagerada, pero a veces exageraba la exageración. - No es para tanto – bufó Matthew, ganando nuestra atención. Noté el hecho de que Less lo miraba con una ceja enarcada y retadoramente. Mi hermano se encogió en su silla –. Es decir, si, es para tanto... pero no tendremos que... O bueno, sí. Pero esto no tiene que... No, si tiene qué... Pero... Es que... Ustedes entienden. – su lengua se trababa cada vez que quería hablar y mis ojos se entrecerraron y miré a Less fijamente en busca de una explicación, pero ella apartó su mirada rápidamente. No entendía por qué mi hermano se estaba comportando de esa manera. Es decir, Matthew estaba nervioso, y en mi vida lo había visto nervioso por algo. Además, no era la primera vez que él se metía en problemas, pero ¿Matt nervioso por estar en la oficina del director? Eso era simplemente imposible. No solo es eso, sino, la forma en la que lo miró Less, y la forma en la que él reaccionó a esa mirada. Porque es imposible que mi amiga haya tenido algo con mi hermano. O que lo tengan, o lo fueran a tener. Imposible. Simplemente imposible. O bueno, necesitaba que alguien me afirmara que era imposible antes de que me entrara un ataque de pánico. Mi cabeza estaba a punto de explotar cuando escuché la voz del director, quién estaba hablando con la secretaria. Me tensé de pies a cabeza en menos de un milisegundo. Tragué saliva y el nudo en mi garganta casi ni me dejaba respirar. Estaba a punto de morir de un ataque. - Ustedes no abran la boca. Déjenme hablar. – espetó Eric firmemente justo antes de que el rector entrara en su oficina con un rostro cansado y las cejas fruncidas. Él simplemente fue rápidamente a su asiento de cuero y se tiró en el como una bolsa de papas, tomando su cabeza entre sus manos y suspirando exasperado. Mis amigas y yo nos miramos alarmadas entre nosotras, pero traté de decirles con mi mirada que le hicieran caso a Eric. Aunque no confiaba demasiado en Brennett, él definitivamente tenía más experiencia en ese tipo de casos que nosotras, así que es mejor dejarlo hacer su trabajo. Además, por como él y el rector se trataron la última vez que estuvimos los dos sentados en esas sillas, suponía que también nos podía sacar de esa como nos libró de la situación de la guerra de comida. Los ojos del rector viajaron a nosotros y nos examinaron profundamente unos segundos antes de suspirar mirar fijamente a Eric, quien estaba en medio de todos. Él sólo le sonrió felizmente, como un saludo amistoso, a lo que el director solo volvió a suspirar. - La pileta de natación parece un arcoiris. – fue lo primero que dijo el rector con ojos cansados, y lo hizo con un tono acusador. Me tensé, pero la voz de Eric se hizo presente. - Oh, nosotros no lo hicimos. – su tono de voz sonaba tan tranquilo, e incluso parecía que lo decía con sinceridad. Los ojos del viejo lo examinaron entrecerrados. - ¿Ah, no? – Preguntó sarcástico -, ¿Y entonces quién? Por lo visto pasaron aquí toda la noche, así que obviamente fueron ustedes. - Me ofendes, Michael, de verdad me has ofendido – se llevó una mano al pecho -. Te explicaré como fueron las cosas... - Claro que lo harás – respondió divertido y se acomodó en su asiento con unos ojos expectantes. Eric respiró profundamente antes de empezar a hablar, e internamente estaba rezando porque nos salvara de esta y no dijera nada estúpido.  > - Verás, nosotros estábamos en casa de la señorita Mackency, ella vive cerca de aquí, puede buscarlo en su registro... bueno, el punto es que teníamos hambre y decidimos ir caminando hacia la pizzería que está a unas calles de aquí – el director abrió la boca para reprochar, pero Eric no se lo permitió –. Si no nos crees, puedes preguntarle a Roman el dueño del lugar, si estuvimos ahí o no - sonreí internamente por la confianza que utilizaba al hablar -. El punto es: cuando estábamos volviendo hacia la casa de Julie, pasamos por el campo de fútbol y vimos como unos chicos entraban por la puerta trasera de la biblioteca, y como buenos estudiantes y amantes de nuestro centro educativo, decidimos ver qué pasaba. Entramos, y ellos justo estaban entrando a la biblioteca, a punto de irse, con botellas de pintura vacías. Intentamos perseguirlos pero uno de ellos empujó a la señorita Drake – los ojos se posaron en mí y no sabía si respirar o no respirar, sonreír o sólo hacerme la muerta, pero Brennett siguió hablando y la atención volvió a él -, al piso, haciendo que se torciera el tobillo. Quisimos ir tras ellos, pero cerraron las puertas, y quedamos atrapados. Juro que estuve a punto de pararme y empezar a aplaudir y a tirarles rosas en la cara a Eric. Su capacidad para mentir era como una obra de arte, claramente era un don mandado por algún ángel o algo. No solo eso, sino que se mostraba tan tranquilo al hablar, sin ningún titubeo, sin ningún gesto delator, sin sudor, ni risas, ni miradas nerviosas en busca de apoyo, nada; todo lo había hecho él por su cuenta, y si hasta yo me lo creí, incluso sabiendo que todo eso era mentira, no podía entender como otra persona no lo haría. Empezaría a llamarlo Eric mentiroso Brennett. Porque juro que si él me salvaba de esta – nos salvaba, en realidad – estría en deuda todo el año escolar. El director se quedó en silencio por unos segundos mientras analizaba una y otra vez los rostros de todos nosotros, y queríamos aparentar estar tan seguros de esas palabras como lo estaba Eric, ya que a él se lo notaba tranquilo y sereno, sin miedo. Creo incluso que todos logramos imitarlo a la perfección. - Bueno... - empezó a dudar Mike, con una mirada para nada convencida. - ¿Quisimos defender a nuestro instituto de unos vándalos, y usted está dudando de nuestras palabras? – Habló ofendido Gregg –. No puedo creerlo. Nosotros aquí arriesgando nuestra vida por este instituto. - ¿Había dicho que Less era exagerada? Bueno, Gregg lo era el doble –. Podrían haber sido ladrones, podrían haber robado las computadoras, los televisores, los aires acondicionados... o peor, podrían haber sido violadores, vendedores de órganos, sádicos, políticos, narcotraficantes, alienígenas... - Okey, okey, entendí, señor Miller, entendí – habló el rector pasándose una mano por la frente con exasperación –. Pero no puedo dejarlos ir como si nada. Un profesor los encontró durmiendo en su aula. - Entonces aplique el castigo necesario, sr. Hollson. Pero tenga en cuenta que nosotros podríamos haber muerto congelados si no entrabamos al aula de tecnología, que es el único salón que tiene calefacción. ¿Qué dirían los padres acerca de eso? – Lenn fingió un muy buen rostro horrorizado, y me sorprendí por lo buena actriz que era, juro que hasta casi reí. El Sr. Hollson suspiró pesadamente mientras empezaba a revolver varios papeles sobre su escritorio y tecleaba algo en su computador. Mis ojos viajaron hacia Eric, y su mirada se clavó en la mía y sonriéndome me guiñó un ojo pícaro, a lo que respondí poniendo los ojos en blanco. - Está bien. Seré generoso – Habló,  entrelazando sus dedos sobre el escritorio, mirándonos fijamente –. El señor Miller y las señoritas Mackency y Smith limpiarán la pileta. El señor Drake y la señorita Carter cortarán el césped del campo de fútbol– una sonrisa maléfica iba creciendo en los labios del sr. Hollson. Sus ojos se clavaron en los de Eric y en los míos –. Y la señorita Drake y el señor Brennett limpiarán la cafetería. – estuve a punto de quejarme por el hecho de que nos pusiera a Eric y a mí juntos, pero el rector no me lo permitió –- Está dicho, salgan. Vayan a sus casas, vístanse decentemente y vuelvan para completar su trabajo cuando las horas de clases terminen. Sin ni una palabra más todos nos pusimos de pie y salimos con paso apurado del despacho del director. Todos caminaban hablando entre ellos detrás de mí, mientras que yo iba unos metros más adelante con el ceño fruncido y los puños cerrados a mis costados. Si había algo que sé heredé de mi madre era el mal carácter. Ella tenía un muy mal carácter y era bastante cabezota, al igual que yo, y si algo nos caracterizaba a las mujeres Drake era el instinto asesino que nos daba cuando teníamos que hacer algo que no queríamos, o peor, estar con quién no deseábamos. Y a mí me estaban pasando las dos cosas. Cuando salí al aparcamiento vi a Zach recostado por el auto de Lenn tecleando algo en su celular, estaba a punto de ir y desquitarme con él por todo lo que estaba pasando, pero antes de poder hacerlo sentí una mano fría tomar mi antebrazo y girarme bruscamente. Unos ojos marrones aparecieron en mi campo de visión. Las ganas de vomitar aumentaron cuando tuve el rostro de Eric a una distancia demasiado indeseable para mí. Por alguna razón, a pesar de que estaba agradecida en el fondo por que nos salvó, seguía muy enojada con él. Aunque no entendía exactamente porqué, llegué a la conclusión de que su sola presencia me ponía los pelos de punta por los nervios. De igual forma, debía de darle aunque sea las gracias por haber convertido una expulsión en un trabajo comunitario porque... - Estoy esperando el agradecimiento. – y mis ganas de agradecerle se fueron a la mierda en ese mismo segundo. Me crucé de brazos, soltándome de su agarre, y lo miré con una ceja enarcada –. Te salvé el trasero, Val, acéptalo. - No me importa. – dije. No sé por qué estaba siendo tan dura con él, pero así era -. Sigues siendo un idiota. - Este idiota te salvó de una expulsión. – replicó él cruzándose de brazos, justo como yo. - Preferiría ser expulsada antes de aceptar tu ayuda. - ¿Y entonces por qué no hablaste? – su ceño estaba profundamente fruncido y parecía muy enojado. - ¡No iba a delatar a mis amigos! – grité ofendida por el hecho de que siquiera se le cruzara esa idea por la cabeza. - Dios, Drake, eres una malcriada orgullosa – mis ojos se abrieron como platos ante esas palabras. - ¡¿Qué?! – y la tranquilidad se fue a la mierda. - Lo que acabas de oír – se acercó un paso más -. ¡Eres una malcriada orgullosa! No quieres darme las gracias por el hecho de que te gustaría haber sido tú la que nos salvara de la expulsión. Acéptalo. Porque eres una controladora maniática y quieres que todo se haga como tú quieres y como tú dices. De verdad que sus palabras me estaban ofendiendo más de lo debido. Me molestó que me molestara lo que un estúpido como él pensara de mí, y aunque quería restarle importancia e olvidar sus palabras, no podía. La rabia estaba quemando la boca de mi estómago y mis instintos asesinos estaban despertando. O mejor dicho. Acababan de despertar. - ¡Y tú eres un idiota arrogante que cree tener a todo el mundo debajo de sus botas! – grité, no entendía porqué gritaba pero lo hacía -, ¡Qué cree incluso que me conoce para hablar de mí! ¡¿Sabes por dónde puedes meterte esas opiniones?! ¡Por el culo! – pude escuchar una risa de parte de Gregg y lo miré fulminante, a lo que su rostro se tornó serio nuevamente -. ¡Eres un maldito petulante! ¡Idiota! ¡Zopenco, tarado...! - Por lo menos no soy un controlador loco maniático. – retrucó. - ¡Cállate, Brennett! – aullé enojada. - Cállame si quieres, Drake. > Entonces me acerqué a él, y seguramente en las películas de amor se hubieran besado como si no hubiera un mañana, pero allí, en ese momento, mi rodilla derecha fue a parar con fuerza en su entrepierna. Brennett se dobló y calló de rodillas al piso con ambas manos en sus partes y con un rostro que gritaba que eso había dolido como mil demonios. No pude evitar sonreír satisfecha. - ¿Tienes algo más que decir? – fue lo último que dije antes de darle la espalda y empezar a caminar en dirección a mi casa. Y me sentí como una maldita perra ganadora en ese momento. Y me encantó.
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