Solté una carcajada y noté que Adam ponía los ojos en blanco mientras yo me estaba retorciendo de la risa en el sofá de mi casa.
- ¿Lo dices en serio? - pregunté a penas, soltando carcajadas.
- Ser fan de Star wars no tiene nada de malo. - se quejó cruzándose de brazos, arrancándome otra carcajada.
- No, claro que no - reí -. Pero es que tu no tienes pinta de ser fanático de la ciencia ficción.
- Deja de burlarte de mis gustos, por favor - puso los ojos en blanco, y cuando vio mi rostro no se contuvo y soltó una pequeña risa -. De hecho, Val, eres más agradable de lo que pareces.
- ¿En serio?
- Si, de verdad - sonrió -. Admito que pensé que eras una adolescente malcriada y bastante desagradable.
- Y yo admito que pensé que tú eras un chico malo que estaba involucrado con las peleas clandestinas y... - sonreí falsa - No, espera, si lo eres.
Entrecerró los ojos y solté una risotada.
- Ja, ja - puso los ojos en blanco -. Aparte de linda, graciosa. Tienes todo el paquete, rubia.
Después de haber visto a Eric cuando salíamos de ese lugar horrendo, estuve callada todo el viaje hasta casa, y para mi suerte Adam no intentó entablar una conversación conmigo ni nada, lo cual agradecí miles de veces internamente.
Cuando llegamos a casa, le ofrecí a Adam un vaso de agua para que el alcohol desapareciera o algo por el estilo de su sistema, no quería que se fuera medio borracho y se matara por ahí. Él aceptó al instante, y luego de tomar el vaso entero de agua se instaló en el sofá de la casa como si fuera dueño y señor, y no logré moverlo de ahí, así que empezamos a hablar y entre uno que otro tema salió el hecho de que amaba la ciencia ficción, y la fantasía y esas cosas. No pude evitar reír.
Creo que en realidad dejaba que se quedara ahí porque de verdad necesitaba dejar de darle tantas vuelvas al asunto de Eric en mi cabeza, porque si no lo hacía me volvería loca, puedo asegurarlo. No quería volver a recordar ni una sola vez su rostro lastimado, ni la forma tan horrorosa que partió la cara de ese otro chico. No podía hacerlo, porque estaba a solo dos segundos de sentirme decepcionada de él.
Sabía que no era nadie en su vida para reclamarle nada, ni para decirle que deje de hacer esto o aquello, pero si alguna vez me pidiera una opinión, le diría que en ese mundo solamente se arruinaría la vida, que tenía que desentenderse absolutamente de todo aquello. Pero claro, estaría hablando con Eric Brennett, jamás haría lo que la gente le pidiera, y mucho menos yo.
- ¿Vamos a tu habitación? - preguntó de repente Adam, lo miré con una ceja enarcada y una media sonrisa en mi rostro.
- Wow, wow, no te vas con rodeos, ¿eh? - dije y soltó una risotada -. ¿No crees que vas demasiado rápido?
- ¿Y quién dijo que quiero hacer algo? - enarcó una ceja, mirándome retador -. Quizás solo tengo sueño y quiero acostarme en una cama.
- Ay, por favor, Adam - dije negando con la cabeza divertida -. Conozco a los de tu clase.
Enarcó una ceja, y casi disimuladamente se acercó un poco más hacia mi dirección, y como estaba justo en la punta del sofá, no tenía hacia donde mierda ir. Inclinó su rostro un poco para adelante y yo aparté el mío.
- ¿Y cómo son los de mi tipo, rubia? - hablaba lentamente.
- Engreídos, petulantes, narcisistas, y sobre todo muy...
- ¿Apuestos? - me interrumpió -. Sí, se que soy apuesto.
- Lo que tu digas... - puse los ojos en blanco.
- Y dime, Val - me miró a los ojos y se inclinó más hacia mi rostro -. ¿Los chicos como yo aprovecharían esta cercanía y te besarían sin importarles que les rompieras la cara?
- Con que quieres besarme... - sonreí enarcando una ceja y Adam se pasó la lengua por el labio inferior.
- Quiero besarte desde el primer día en que te vi - su voz era ronca -. Y contenerme de esta forma me está volviendo un buen hombre. Deberías estar orgullosa de mi.
- A penas si te conozco. - le recordé.
- No necesitas conocer mucho a una persona para besarla.
Cuando terminó de decir aquello quiso unir sus labios con los míos, pero al momento justo en que nuestros labios estaban a punto de tocarse, el timbre de la casa sonó y retumbó en nuestros oídos.
Escuché como Adam soltaba un bufido cuando me ponía de pie para dirigirme hacia la puerta. Internamente estaba agradeciendo a todos los dioses por haberme salvado de aquello; Adam era muy atractivo y todo, pero no podía pasar de Brennett a él, sobre todo por el hecho de que estaba segura que los dos estaban cortados por la misma tijera.
Me acomodé la ropa antes de abrir la puerta, y cuanto lo hice una fuerte mano empujó la madera y se metió en la casa, logrando que yo retrocediera ante la impresión del momento. La puerta se cerró a sus espaldas, y sus ojos marrones y golpeados estaban fijos en los míos. Iba vestido con unos jeans flojos y una sudadera de color gris, con la capucha puesta. Estaba más que atractivo a pesar de tener más que lastimado el rostro.
Abrí la boca para hablar al mismo tiempo que él se pasaba la mano por la cabeza, haciendo que la capucha cayera a su nuca. Sus ojos me miraban desesperados e inspeccionaban mi rostro, como tratando de encontrar el más mínimo daño para volver y matar al que fuera que me haya siquiera mirado.
- ¿Qué haces aquí? - me atreví a hablar por fin. Los ojos de Eric se encontraron con los míos de nuevo, y me observaba confundido, casi ofendido por mi pregunta.
- No. La pregunta correcta es qué hacías tú en ese lugar - se notaba en su voz que estaba enojado -. ¿Cómo puedes preguntar qué hago aquí, Val? - entrecerró los ojos, y parecía dolido - ¿Pensaste que después de haberte visto ahí no te buscaría o qué?
- Por como te has comportado estos últimos días supuse que no te importaría si aparecía ahí o en cualquier otro lugar. - mi tono de voz era enojado, pero me estaba conteniendo para no armar un lío. Rezaba para que Adam no apareciera en la escena, y por suerte la sala estaba lejos de la entrada.
- No me vengas con reclamos ahora, Val - pidió pasándose una mano por la cabeza, enfuresido -. ¿Qué mierda hacías ahí?
- Solo fui - contesté -. No sabía que tú ibas a pelear.
- ¿Estás con él? - preguntó de la nada, con las manos en su cadera y la voz ronca y enojada. Bajó la mirada unos segundos y luego la volvió a subir.
- ¿Qué dices?
- Ya oíste - espetó apretando los dientes -. ¿Estás con Adam? - abrí la boca -. Y no intentes si quiera mentirme porque vi como estaban tomados de la mano mientras se iban.
- Yo... - intenté explicarle, pero entonces la voz de Adam se hizo presente.
- ¿Quién era, rubia? - escuché su voz a mis espaldas, y por los ojos de Eric fulminando con la mirada detrás de mi, supe que había entrado en la escena. Brennett suspiró pesadamente, casi gruñendo, y su mandíbula y sus puños parecían a punto de explotar por la fuerza que estaba haciendo -. Hey, Brennett, hola.
- ¿Qué mierda haces? - espetó enojado y luego Adam se posicionó a mi lado.
- Solo la traje a casa... - respondió. No sabía que mierda hacer para que se tranquilizaran.
- No, Adam, hablo de qué mierda haces en su casa, con ella, tomándola de la mano - estaba muy enojado -. ¿No te dije a caso que no te le acercaras? ¿No te aclaré que está conmigo?
- Wow, disculpa que te lo diga así, hermano, pero la chica me dijo que está sola. - los ojos de Eric se encontraron con los míos, mirándome con reproche y algo de tristeza, pero sobretodos los sentimientos predominaba la ira.
- Me importa una mierda lo que te haya dicho - se acercó un paso amenazante -. Aléjate de ella.
- ¿O qué? - lo retó elevando la barbilla -. ¿Que harás?
- Te romperé la cara si es necesario - sonrió petulante -. No sería la primera vez, seguro recuerdas el sentimiento.
- ¿Ah, si? Bueno, pues...
- ¡Ya basta! - me interpuse elevando la voz y luego clavé mis ojos en Adam, suplicantes -. Tienes que irte.
- Ya la escuchaste - habló Eric -. Lárgate.
- Solo me iré porque es ella quien me lo pide, imbécil. - Adam miró amenazadoramente a Eric, y no apartó la mirada de él cuando se inclinó hacia mi y me plantó un beso algo largo en la mejilla. Noté como las fosas nasales de Eric se abrían y se cerraban por la furia, y como sus ojos seguían fijos a cada movimiento que dio Adam hasta salir de mi casa.
Nos quedamos solos, en completo silencio, y yo estaba segura de que no quería ser la primera en decir algo en aquel momento, porque siempre acostumbraba a empeorar las cosas cuando abría la boca para internar solucionarlas. Pero para mi suerte fue él quien habló primero.
- No quiero volver a verte - dijo en tono bajo, haciendo que mi corazón se estrujara. Sus ojos se encontraron con los míos -. No quiero volver a verte por ese lugar. - aclaró al darse cuenta de mi expresión.
- No puedes decirme que hacer. - respondí cruzando los brazos sobre mi pecho.
- ¡Maldita sea, Val! - gritó entonces, logrando que saltara en mi lugar -. ¿No puedes hacerme caso una maldita vez en tu vida? ¡Si te lo digo es por tu bien! ¡Es para que no salgas lastimada de ese jodido lugar!
- ¡Y tú que mierda sabes de mí, de mi bien estar! - aullé -. Mierda, Eric - me pasé una mano por el rostro y unas ganas inmensas de llorar me invadieron -. Un día estábamos bien, completamente bien y al siguiente tú solo... - se me quebró la voz, no podía mirar a su cara - Tú solo me dejas, me haces sentir como mierda, y ahora vienes con estos planteos, y... Yo... No sé que mierda hacer. No te entiendo y eso me vuelve loca.
- ¡Tengo mi propia mierda que vivir, okey! Lo siento - estaba furioso -. Al final, parece que tú tenías razón - lo miré fijamente, con el corazón latiendo a mil -. No soy suficiente. No puedo cambiar, ni siquiera por ti. Ni siquiera aunque intente. Ya está - su tono de voz era tan triste, tan carente de felicidad y de humor, o de cualquier otro tipo de emoción que tuve que elevar la cara para mirar a sus ojos. Su semblante estaba cansado, dolido -. No sé como pude llegar a pesar que algo podría funcionar entre nosotros.
- ¿Por qué no? - di un paso hacia él.
- Porque no soy para ti -llevó las manos a su cabeza y se estiró un poco el cabello -. Mierda, no soy bueno para ti, no soy suficiente - clavó su mirada en la mía -. Te mereces a alguien que pueda darte más de lo que yo tengo para ofrecerte.
- ¿Y eso que mierda importa? - fruncí el ceño -. Sé que ninguno de los es muy... bueno, por así decirlo. Pero yo puedo cambiar, y tú también puedes hacerlo.
- ¿Crees que me alejé de ti por eso? - preguntó entrecerrando los ojos -. ¿Porque quiero que cambies? Val, eres perfecta simplemente siendo tú. No necesito que cambies.
- ¿Y entonces? - estaba empezando a desesperarme. Suspiró.
- No quiero que te metas en ese mundo, Val, en ese estilo de vida que lleva toda esa gente con la que trabajo - explicó con la voz suplicante -. Lo que menos quiero es que salgas lastimada de esto. Yo no quiero lastimarte.
- Pero... - me interrumpió.
- ¿Sabes qué? Debemos dejarlo así. - espetó.
- ¿Qué?- estaba atónita.
- Terminemos con esto - dijo clavando su mirada en la mía -, con este maldito ida y vuelta, con el tira y afloja. Dejemos esto como estaba, cada uno por su camino. No te molestaré más. Te dejaré en paz.
Se dio media vuelta y caminó hacia la puerta con paso decidido. Tardé en asimilar sus palabras, y cuando por fin lo había hecho Eric ya había cerrado de un portazo la puerta de la entrada.
Un nudo gigante se instaló en mi estómago, y de a poco fue subiendo y se quedó en mi garganta, un nudo que no me dejaba tragar saliva, ni siquiera respirar profundamente para poder tranquilizarme, porque en cuanto Eric cruzó esa puerta, debo admitirlo, me vine abajo por completo.
Comprendí que no quería que se vaya, no quería que, sea lo que sea que tuviéramos, terminara ahí. Muy a mi pesar necesitaba más de Eric Brennett, necesitaba que se quedara conmigo más noches, aguardando a que me durmiera en sus brazos, quería que me molestara por mi cabello, que me besaba y riera a carcajadas de las taradeces que siempre digo o hago.
No podía absolutamente creer en lo que estaba pensando, y era el hecho de que Eric me gustaba, más que eso, me volvía loca a pesar de ser un idiota, y muy en el fondo de mi alma sabía que preferiría pasar el infierno a su lado a estar en el cielo sin él. Quizás exagere, y quizás solo esté encaprichada con él, pero no importa.
En realidad, de verdad ya no importaba, porque él mismo había dicho que no me molestaría más, y me había dado a entender que ese era el fin de algo que en realidad nunca empezó, pero que sí existía. Se había ido, y estaba segura de que esta vez no volvería, y si lo hacía, me advertiría una y otra vez lo mismo que me dijo hoy: que no es bueno para mi. Pero, aunque odie decirlo, si es bueno para mi. Quizás no del todo, pero sé que lo es, porque nadie es perfecto, y a decir verdad, una vida sería aburrida si fuera perfecta, porque estoy segura de que si no conoces la tristeza jamás podrás experimentar la felicidad.
Tal vez solamente tenía que dejar que se alejara de mi un poco, que pensara solo, que recapacitara y que tuviera bien en claro lo que quería, o si no quería nada en absoluto. Pero ahora, después de haber pensado y pensado, estoy segura que si algo llega a haber entre Brennett y yo, no me rendiré tan fácil.
¿Quién dice cuándo es el fin de algo? ¿Él? ¡Ja! Veremos...