Lucía caminó al frente, se concentró marcando el ritmo del grupo. Daniel a su lado, atento a cada cruce. Sofía y Mateo cerraron la formación. Pero El Memo se quedó solo unos metros atrás. Observando. Escuchando. Esperando. Supo reconocer ese silencio. No fue calma. Era caza. —Lucía —dijo en voz baja—. Siguen viniendo. No son dos ni tres… son varios. Lucía se detuvo en seco. —¿Cuánto tiempo tenemos? Memo apretó la mandíbula. —Poco. Y si siguen avanzando así, nos van a encerrar. Daniel giró de inmediato. —Entonces nos movemos ya. —No —interrumpió Memo—. Si se mueven ahora, los alcanzan en campo abierto. Lucía lo miró. En sus ojos había algo distinto. No miedo. Decisión. —¿Qué estás pensando? —preguntó ella. El Memo respiró hondo. —Que alguien tiene que quedarse. El silencio

