capítulo 3

1193 Palabras
DISTINTOS DESTINOS. Capítulo 3 Después de la universidad tomé un taxi para ir a la dirección que me habían dado de la casa de Fer. Luego de veinte minutos estaba parada en el porche, toqué la puerta y esperé. Me abrió una señora muy guapa con unos ojos azules como los de Fer, a diferencia que estaban cubiertos por grandes ojeras y sombras de tristeza. —Hola, ¿esta es la casa de Fernando? —pregunté. Ella me miró con curiosidad. —Sí. Yo soy su madre, ¿quién lo busca? Tendí mi mano y me presenté. —Mucho gusto señora, me llamo Karen, soy amiga de su hijo. Nos conocimos en la universidad. Estrechó mi mano con una pequeña sonrisa. —Es un gusto Karen. Me llamo Raquel. No sabía que mi hijo tenía una amiga tan bonita. Me miró de pies a cabezas. Se hizo a un lado, hizo una señal con su mano para que entrara. »No te quedes ahí, entra. Asentí y entré, ella me siguió luego de cerrarla puerta. Llegamos a la sala de estar, miré a mi alrededor, era una casa pequeña, pero muy acogedora. —Que pena llegar así sin avisar, pero me preocupé al ver que Fer no ha ido a la universidad estos días. Bajó la mirada, su expresión cambió. Me ofreció algo de tomar, después de entregarme el refresco se sentó frente a mí. —Ahora que lo pienso tu nombre me suena —esbozó una pequeña sonrisa—, Fer me habló mucho de ti, ¿Kay, verdad? Me aclaré la garganta y asentí, por un momento me sentí incómoda. A ninguna madre le iba a gustar hablar con la mujer que rompió el corazón de su hijo. —Espero sean cosas lindas —traté de sonreír. Ella me miró con cariño, ahora entendía de dónde había heredado él esa dulzura. —No tengas dudas de ello. Me enderecé. —¿Será que puedo hablar con Fer? —inquirí. Ella alejó la mirada y le dio un sorbo a su taza de café. —Él no está —me miró. —¿Será que tarda mucho? —Indagué. Por alguna razón sus ojos se cristalizaron y su expresión me hacía pensar que algo había pasado. »Si no es indiscreción —añadí. Ella aspiró aire frenéticamente y en el proceso un par de lágrimas se le escaparon, aunque trató de limpiarlas al instante. —¿Está todo bien? —pregunté preocupada. —Me imagino que Fer no te contó nada de él, ¿verdad? Me quedé en silencio, me sentí egoísta, al fin yo nunca me interesé por saber de él y su vida. »Tu silencio me lo confirma —apretó la taza de café—. Mi hijo está en el hospital. Mi corazón se apretó y en algún lugar de mi nuca empezó a palpitar una vena, miles de pensamientos se agolparon en mi cabeza. —¿Qué le pasó? —inquirí en un susurro. Al no tener respuesta empecé a sentir un nudo en el estómago. »¿Por qué, cómo está? —volví a preguntar. —No sé qué tan correcto sea que yo te lo diga, si mi hijo no te contó fue por algo… Me acerqué, me hinqué de rodillas para quedar a su misma altura y con cautela tomé sus manos. —Tal vez tuvo sus razones, pero dígame, ¿él está bien? Ella apretó mis manos, me indicó que me sentara junto a ella. —Sé que eres una buena mujer, lo sé porque mi hijo me habló mucho de ti y porque lo veo en tus ojos. Así que voy a contarte. Hizo una pausa larga y empezó a contarme su historia. Me contó que Fer cuando nació lo diagnosticaron con arritmia cardiaca, pero al pasar el tiempo su salud se deterioraba cada vez más, así que tras varios estudios le dieron un nuevo diagnóstico, insuficiencia cardíaca. Se produce cuando el músculo cardíaco no bombea sangre como debería. Según los doctores pudo ser un defecto cardíaco congénito. Los doctores le explicaron que a lo largo de la evolución de la enfermedad serían frecuentes las recaídas: el paciente nota un empeoramiento de los síntomas y tendría que acudir a su médico o a un servicio de urgencias. Los pacientes con insuficiencia cardíaca suelen ser hospitalizados con frecuencia, inclusive estar demasiado tiempo hospitalizados y para él podía ser peligroso. Estos pacientes pueden coger infecciones graves propias de los hospitales. Ella le preguntó al doctor qué tan rápido podía avanzar la insuficiencia cardiaca y él le explicó que la evolución de la insuficiencia cardíaca era impredecible y diferente en cada persona. En muchos casos, los síntomas se mantienen estables durante bastante tiempo (meses o años) antes de empeorar. Fer había logrado llegar hasta los 21 años, pero su condición podía seguir empeorando. Los tratamientos podrían no funcionar igual y lo más probable era que en cualquier momento necesitaría un trasplante de corazón. Cada día para él era un milagro, cada segundo que seguía respirando era un gran logro. La señora Raquel terminó llorando y yo, me sentí el ser más miserable sobre el planeta tierra. Dejé que mi rostro cayera entre mis manos, me agaché dejando escapar un par de lágrimas. Yo tenía la oportunidad de darle luz a su vida y me negué, lo rechacé y él no lo merecía. No tenía palabras así que lo único que se me ocurrió fue abrazar a la señora Raquel. Imaginé el dolor que había cargado durante todos esos años, vivir con la incertidumbre todos los días, vivir con el miedo de verlo recaer, de ver como su vida se iba apagando y no poder hacer nada. —Hace dos semanas está en cuidados intensivos con oxigenoterapia y vasodilatadores. Tuvo una recaída fuerte, me da miedo que su corazón no resista… —Sollozó. La abracé. —Todo saldrá muy bien, él es muy fuerte. Yo no lo sabía, él nunca me lo dijo. Se limpió las lágrimas y me miró. —¿Mi hijo y tú están saliendo? —una pizca de emoción se reflejó en sus ojos—. Eso sería maravilloso. Tal vez por eso nunca te lo dijo, porque siempre que empezaba una relación él era honesto y todas al final huían. Aspiró con tristeza. »No lo tomes a mal mi niña, si te lo ocultó fue por miedo. Él estaba muy entusiasmado contigo y tal vez sintió que si te lo decía ibas a huir como lo hicieron todas esas chicas, incluso su padre. —¿Su padre? —inquirí. —Eso es otra historia que luego te contaré —soltó el aire que contenía. Y yo al ver esa ilusión en sus ojos no fui capaz de decirle que yo no era nada de Fer. Me sentía tan culpable, yo sentía que su recaída había tenido que ver conmigo. Las palabras se escaparon de mi boca sin siquiera planearlo. —Nosotros estábamos saliendo, pero aún no formalizamos nada. Esbozó una gran sonrisa. —Tu presencia le hará mucho bien —se levantó—, yo estaba por ir a la clínica, ¿quieres acompañarme?
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