—Bueno, supongo que sus hijos ya le comunicaron la razón por la que están aquí presentes —da una pequeña vuelta y extiende sus brazos hacia el techo— No empecemos con una discusión repetitiva, por favor, sé que para las madres es difícil admitir que sus hijos no son ángeles bajados del cielo. —Esto es increíble —murmura mi madre ganándose la mirada de la madre de Cris. —¿Qué dice, señora? —ladea la cabeza el hombre. —No tengo pelos en la lengua para hablar, señor, sé que mi hija no es una mojigata —rodea los ojos cruzada de brazos— Pero tampoco va apuntando a la gente para obligarlos a armar un tremendo revuelo en la cafetería, el hijo de esta mujer no deja de molestarla en todo momento y eso incluye fuera del instituto. —Ahora resulta que la garza va a empezar a acusar a mi hijo —alza

