Un encuentro inesperado

1622 Palabras
—Ya llegamos, Gin. Me desmonté del auto con mil pensamientos nublándome la cabeza. Di un par de pasos para estirarme y poder destensar los músculos. El camino había sido corto, pero extrañamente agotador. Eché un vistazo a mi alrededor. El triste y gris paisaje del cementerio fue lo único que alcancé a ver en varios metros. Estoy segura de que si hubiese sido otra la ocasión, me hubiera dado escalofríos estar aquí. Pero esta era una ocasión que requería de mi fortaleza. "Se fuerte, Gin." Apreté más el ramo de rosas blancas contra mí, como si eso fuera a quitarme el miedo que me había entrado justo en el momento que habíamos llegado al cementerio. Miré a mi alrededor otra vez, pero esta vez me concentré en pequeños detalles que no se podían distinguir a una simple mirada rápida. Los árboles secos se alzaban por toda la longitud del cementerio, dándole un aire misterioso y tenebroso al lugar. Había una pequeña casita, que supondré que era del cuidador del lugar. Y mucho más lejos de mí, pero más cerca de una verja negra y oxidada que había a los costados de la parte este del cementerio, se encontraba una fuente color de blanco. Una brisa gélida me azotó el cabello, causando que este me cubriera la cara. Lo que hubiera dado porque Ayden esté aquí. Me quité el cabello de la cara con la mano que tenía libre. Mi madre me abrazó por detrás y sin mediar una sola palabra, empezamos a caminar en dirección a una colina que se hallaba en el área del cementerio. Mi madre había insistido (como todos), en que fuéramos solo nosotras dos. Que sería como un reencuentro familiar. Uno muy extraño, a decir verdad. En el camino a la colina me quedé mirando las diferentes lápidas que llenaban el cementerio. Todas ellas estaban en mal estado. Se veía que hace mucho que nadie pasaba por aquí, aunque sea solo a traer un ramo de flores. Después de caminar alrededor de unos dos minutos y subir la colina, nos detuvimos cerca de una solitaria lápida. —¿Lista? —preguntó mi madre en un susurro. Suspiré mientras apretaba con mucha más fuerzas el tallo de las rosas del ramo que le había traído a mi padre. Asentí varias veces, y no estaba segura si era para convencerme a mí, o a ella. Y aun así, con todos esos miedos e inseguridades, di un par de pasos hasta que pude ver lo que decía en letras pequeñas la lápida: " Steven Black. 1977 - 2005 Excelente hijo, excelente compañero. Descanse en paz " Fijé la mirada en mis pies. Hoy era 20 de septiembre, mi cumpleaños. Mi madre habló al fin, sacándome de mi trance. —Hoy hace diez años tu padre murió. Te traje para conocerlo. Sé que no es perfecto, pero... —Está bien —la intenté tranquilizar dándole pequeñas caricias en la espalda—. Pudo estar mejor, pero así lo quiso la vida. Mi madre retuvo las ganas de llorar que le habían asaltado de repente, pero aún así, sollozos de dolor se hicieron presente en el lugar. Me sentí mal por ella. Yo no había tratado tanto con él, como mi madre. Debería estarle doliéndole en cantidad, y más cada vez que me miraba a los ojos. La abracé con fuerza, intentándole decir que de alguna manera yo siempre estaría ahí con ella. Miré la lápida por segunda vez. No había basura alrededor de la ella, todo estaba en perfecto orden y muy bien cuidado. Por un momento recordé las demás lápidas. Todas sucias, curtidas por el tiempo, e incluso rotas. Pero esta no. La lápida de cerámica brillaba, como si fuera la única que tuviera un tratamiento de limpieza. Me pregunto si esto sería trabajo de la familia de mi padre. Después de un rato mi madre me dejó de abrazar. Estaba quieta, ya no sollozaba. Intenté separarme de ella, pero no me lo permitió. —¿Qué haces aquí? —la gruesa voz de una persona pareció volver a mi madre a la realidad. Automáticamente, ella me puso detrás de ella. El señor tenía más o menos unos cincuenta años. Sus ojos color cafés miraban a mi madre con rabia y rencor. Llevaba un traje n***o que a leguas se veía que era costoso y unos zapatos relucientes. —Te dije que no te acercaras por aquí, que no quería volver a verte nunca más —dijo enojado. Gris se limpió las lágrimas con un movimiento brusco poco común en ella. —También tengo derecho a venir. Era mi marido. El hombre parecía molesto por la presencia de Gris aquí, pero no dijo nada más. Se posicionó frente a la lápida, y de espaldas a nosotras, a dejar un hermoso ramo de rosas rojas encima de la lápida. Seguido de él, apareció una mujer en mi campo de vista. Esta, a diferencia del hombre, no le dirigió palabras a mi madre, solo se acercó a dejar un ramo de flores idénticas a las de su marido, en medio de lágrimas y suspiros de tristeza. Mi madre siempre me mantuvo a sus espaldas, escondiéndome de ellos. Justo antes de ellos irse, una chica de mi edad salió de detrás de un árbol semi-seco y con pocas hojas, seguida por un par de jóvenes más, que como vi que eran parecidos, supuse que eran todos familia. Espera... Esos ojos... Esa cara... Salí de detrás de mi madre mientras los miraba con curiosidad y fascinación. ¿Ellos eran mi familia? La chica sintió mi mirada en ella, por lo que puso su total atención en mí. —¿Es lo que creo que veo? —sus ojos verdes menta se abrieron de par en par, sorprendidos—. ¡Mamá, mira! —gritó, señalándome. Todos los integrantes de esa familia me miraron de inmediato. En sus ojos podía ver asombro y melancolía. —Se parece tanto a él... Todos asintieron, aún mirándome hipnotizados. Mi madre retrocedió, empujándome cada vez más cerca de la valla que separaba esta área de la colina del resto del cementerio. —Ehh... Ya tengo que... —fue lo único que murmuró Gris antes de que la interrumpiera la mujer mayor. —Jonh, ¿la estás viendo? —dijo ella, consternada. Todas esas miradas de asombro en mi, me daban ganas de salir corriendo, y nunca volver por aquí. Eran agobiantes. Mi madre se volteó y cuando estuvo a punto de echarse a correr, el hombre volvió a hablar. —Gris, ¿qué es esto? —su tono me dejaba saber qué estaba enojado. —¿Un... Cementerio? —me tragué las ganas de reírme descontroladamente. —Grisdalnia, no estamos bromeando. ¿Grisdalnia? Ese nombre era horren... Oh, no me jodan. ¿Ese era el nombre de mi madre? Gris apretó su agarre sobre mí. —Ese no es mi nombre. Ya no. —Por eso no querías saber de nosotros, por eso no viniste al velatorio, por eso te cambiaste el nombre... Tenían una hija —el hombre comentó ya más triste que enojado. Estoy segura de que mi cara parecía una interrogante gigante, pero aun así nadie se apiadó de mí y me contó lo que estaba pasando. La señora se acercó a nosotras, lentamente. —Tengo una nieta, y tú me quitaste el derecho de conocerla —comentó entre llantos furiosos. No podía ver el rostro de mi madre, pero estoy segura de que no era una sonrisa lo que cargaba precisamente. —No, no tienen una nieta. Yo tengo una hija y punto —cada palabra que abandonaba la boca de mi madre, estaba cargada de odio, rencor y veneno. El viento cada vez era más frío y más fuerte, anunciando que posiblemente llovería dentro de poco. Me aparté el cabello de la cara, que una vez más, no me dejaba ver correctamente. Ellos no sabían de mi existencia, ¿pero por qué? Sentí unas tremendas ganas de hablar, y preguntarles que había pasado, pero por algo mi madre no me lo dijo, ¿no? Intercambiaron un par de oraciones más a las que no les pude prestar atención. Mi mente iba a mil creando escenarios que posiblemente no pasaron ni nunca pasarán. Así era yo. Justo antes de que alguno de los "familiares de mi padre" pudiera añadir algo más, mi madre salió corriendo conmigo agarrada del brazo. Solo se oyó un "Vamos a buscarla. También es de mi familia" de parte del hombre. Miré hacia atrás para tener un último vistazo de ellos. Segundos después, justo cuando volví la mirada al frente, choqué contra la rama de un árbol seco que no vi por estar mirando hacia atrás. Viaje al hospital: En proceso. °~~~~~° Mi madre se tomó todo el tiempo que necesitó, y cuando ya supo que era demasiado obvio lo de dar vueltas a la manzana para retrasar lo inevitable, se subió al auto. Hace minutos -luego de chocar estúpidamente contra la rama de un árbol seco, para ser exactos- mi madre me había llevado al hospital para que me desinfectaran el rasguño que me había hecho la rama seca, y después por un helado. Todo en un total y absoluto silencio... Silencio... Agobiante... Silen... —Sé que quieres respuestas —volteó su cara hacia mí. Noté que estaba avergonzada. Después de un par de suspiros, se obligó a continuar—. Y te las voy a dar, Gin. Te las mereces. Me pasé los dedos por el cabello que milagrosamente no se enredó como las demás veces que lo había intentado. La escuché. Ella me contó una versión. ... Su versión de las cosas. Lo que pasó realmente.
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