—¿Qué prefieres? ¿Pijama sexy o pijama de conejita?
Ya era de tarde.
Después de librarme de la ira de mi madre por haberme escapado del colegio y pasar el resto del día nerviosa por tener que ir a ver a Ayden comer helado, salí con Graciela al mall a comprar un pijama para una mini fiesta que teníamos hoy en la noche.
Realmente dudaba que los padres de Alaska la dejasen ir, pero si Graciela decía que ella iba, pues ella iba.
Esperé la llamada de mi madre diciéndome la hora y el lugar para mi cita con el mismísimo demonio, pero para mi fortuna, Ayden no podía ese día, así que lo pospusimos.
Y espero de todo corazón que sea para nunca.
—¿Cuál sea te funciona?
Graciela cogió una de las perchas que estaban vacías en los tubos de presentación y me golpeó en la cabeza suavemente.
—Ya, pero cuál sea no estaba en las opciones.
Me sobé la cabeza mientras hacía un puchero.
—Tengo hambre, Graciela, ¿Podemos irnos ya?
—Sí claro, seguro. Ahora solo falta el vestido —añadió en tono cauteloso.
—¿Un vestido? ¿Y para qué queremos un vestido?
Graciela rió con nerviosismo—. No te lo creerías si te lo dijera.
La miré, extrañada. No entiendo a qué se debe su comportamiento tan extraño y creo que no debemos mencionar que me tiene nerviosa.
—¿Qué te traes entre garras?
—¿Yo? —Graciela se empezó a alejar poco a poco de mí—. Ni siquiera tengo garras.
—Estás evitando el tema —pero no hubo respuesta de su parte. Ella ya se había perdido en los pasillos.
Graciela me estaba asustando. O estaba muy nerviosa, o había entrado a la menopausia. Y dudo mucho que sea la segunda, porque la menopausia ni siquiera tiene que ver con eso.
Seguimos caminando por los pasillos buscando "el dichoso pijama". Pero no era cierto, sólo estaba haciendo tiempo.
Para qué, le preguntaré a Sherlock Holmes cuando lo vea ir por el pan en las mañanas.
—Ya, Ginebra, basta.
Después de haber dado un par de vueltas más, y obviamente de yo haberla presionado para que hablara, accedió a decírmelo.
Sonreí, victoriosa. Había logrado mi objetivo.
—¿Y...? —la presioné.
—Es... Es complicado... —murmuró.
—Seguro es uno de los planes de mi madre —sus ojos se ampliaron con sorpresa—. No te preocupes, cuéntamelo todo.
—Es... ¡Es Gris! Vamos.
Solté un gritillo de frustración. Ya casi la tenía.
Nos acercamos hasta donde se encontraba mi madre, que aún no le había dado el tiempo ni para traspasar la puerta cuando aparecimos en su campo de visión.
—Apuesto a que es uno de sus planes macabros para casarme con Ayden —murmuré.
—¡Mamá Gris! —Graciela gritó, eufórica—. Al fin, pensé que se lo tendría que decir yo.
—¿Ah? —intercalé la mirada de Graciela a Gris—. ¿Decirme el qué?
Mi madre sonrió, como saludo, mientras se ajustaba las bolsas de compras que traía en una mano, para pasarme la mano en el brazo con la otra delicadamente y suspirar.
—Tranquila, ya llegué. Puedes respirar —dijo, divertida por la situación—. Además, ese plan no iba a funcionar. Tenía que venir por el vestido.
—¿Vestido? ¿Qué vestido? —dije, intentando que me dijeran que estaba pasando.
—Muy cierto, el vestido —Graciela me ignoró—. ¿Y por qué no se hizo uno?
—¿Para qué un vestido? —volví a preguntar, ya cansada de que me ignoraran.
—Tengo muy poco tiempo —explicó.
—¿Cena? ¿Qué cena? —empecé a halar el brazo de mi madre, repetidas veces— ¿Por qué nadie me habló de esa supuesta cena?
¿Por qué todos me ignoran? Mamá...
Gris rodó los ojos, divertida, mientras miraba minuciosamente un conjunto de encaje que había cerca de la puerta del local.
—Porque sabía que iba a reaccionar así, querida. Aunque prácticamente aún no te lo he dicho. Además, se supone que Graciela te lo iba a decir —dijo mientras miraba de reojo a Graciela—. No es muy eficiente que digamos.
—Si, lamento eso —Graciela se rascó el brazo—. Pero Ginebra tampoco es un pan de Dios.
—Muy graciosa. Ahora sí, ¿Qué cena? ¿Qué vestido? ¿Por qué me ignoran? ¿Qué..? Ah, solo era eso.
Mi mamá alzó ambas cejas mientras me arreglaba cuidadosamente unos mechones de cabello.
—Hay veces, Linda, donde la vida hace cosas grandiosas para unir a dos personas —dijo, en tono soñador—. Y pasan cosas...
—Mamá... —la corté.
—Dime, Linda —dijo, jugando con la manga de mi blusa.
—Ve al grano, porfis.
Ella murmuró algo, pero fue demasiado bajo como para que yo pueda oírlo.
—Esta noche hay una noche benéfica, ¿Sabías? —preguntó con curiosidad obviamente fingida.
—No, no sabía. Porque la encargada se ha pasado todo el día comprando pijamas raros —dije, mirando acusatoriamente a Graciela.
—¡Hey! No me culpes a mi sola. Tú también eres rara.
—Y tú distraída —me defendí.
—Fea.
—Taruga.
—Ahh... ¡Retráctate! —gritó Graciela, haciéndose la ofendida.
—No lo haré.
—Están mal —dijo mi madre, riéndose—. Pero si, Linda, hay una cena benéfica...
—Entonces quiero ir —dije, sin dejarla terminar—. ¿Puedo?
Si hay algo que amaba en este planeta que no fuera dormir o comer, eran las cenas benéficas.
—Déjame terminar, Gine.
Miré a mi madre, sonriente mientras me metía las manos dentro del jean.
—Claro, continúa.
—La cena benéfica la organizan los Hilfiguer.
Mi sonrisa se congela en mi rostro.
¿Qué?