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961 Palabras
Más tarde, en la oficina, Athenas estaba haciendo el papeleo y casi por descuido lo soltó —El hombre raro vino otra vez —dijo, apoyándose en el escritorio. Sus padres intercambiaron una mirada. Esa mirada cargada de ironía doméstica, de años compartidos y chistes privados. Sonrieron al mismo tiempo. Baltazar, su padre, rondaba los sesenta. Tenía la robustez de un oso cansado, la cabeza calva y una chispa en los ojos que prometía risas antes de abrir la boca. Bastaba una hora a su lado para que el humor se acomodara solo. —¿Otra vez? —preguntó, arqueando una ceja—. ¿El que pone flores en tumbas vacías? —Ese mismo —respondió Athenas, Grecia, su madre, se cruzó de brazos. Menuda, cuidada, cabello lacio color marrón. De ella Athenas había heredado los ojos negros, hondos. Grecia tenía esa serenidad extraña de quien entendía la muerte como parte del orden natural: se lloraba lo justo y luego se seguía respirando. —¿Y tú qué haces? —preguntó—. ¿Lo observas como si fuera un experimento científico? —No es eso —respondió Athenas, enderezándose—. Se ve… enigmático. Un poco chiflado, quizá. Sus padres se miraron sin decir nada. —¿Qué? —preguntó Athenas, a la defensiva. Baltazar carraspeó. —Bueno… es curioso que tú, precisamente tú, lo llames chiflado. —¿Por qué precisamente yo? —se cruzó de brazos. —Porque tienes un perro robot —enumeró él—, un novio que es literalmente una estatua y, francamente, no recuerdo la última vez que saliste de este cementerio sin motivo laboral. —¿Me llaman loca? —No —respondieron ambos al mismo tiempo. —Bueno… un poco —añadió Grecia—. Pero no de las peligrosas. —Solo de las raras —remató Baltazar—. De las que te hacen sentir incómodo… Athenas resopló. —Sí, sí… lo que ustedes digan. —Tranquila, hija —cerró su padre—. Al menos tu novio sigue exactamente donde lo dejaste. Ambos estallaron en carcajadas. Athenas se quedó sin palabras. El humor del cementerio siempre era así: n***o, seco, sin alma… o con demasiada. Y aun así lo sabía. Para ellos, su rareza era entrañable. Como un peluche viejo que nadie se atreve a botar. Al terminar el día, despidió a las últimas personas, ayudó a su padre a cerrar el portón y se acercó al puesto de flores. —Toma —dijo la vendedora, alargando una rosa roja—. Para ti. Athenas la tomó con una sonrisa automática. —Es hermosa… aunque curiosamente se está marchitando. La mujer se llevó las manos a la cintura. —¿La quieres o no? —Sí, sí —respondió Athenas, levantando las manos—. La quiero. No convenía hacer enojar a Mérida. Cuando se enfadaba, hasta los muertos parecían inquietarse. Con los pendientes terminados, emprendió el camino a casa. El sol ya se había despedido. El sendero de piedras crujía bajo sus pasos. Caminaba tarareando el intro de su anime favorito, completo, en japonés. Ese pequeño orgullo secreto que la hacía sonreír sola. Entonces unos pasos la obligaron a detenerse. No eran apresurados. No eran torpes. Eran cuidadosos. Athenas no se giró de inmediato. El silencio se estiró. El aire se volvió frío sin razón. —¿Mérida? —preguntó en voz baja. Nadie respondió. Cuando al fin se dio vuelta, la vio. Una mujer de piel blanca, tan pálida que parecía reflejar la luna. El cabello n***o, largo y suelto, ondeaba con el viento, aunque los árboles permanecían inmóviles. Llevaba un vestido gris, hermoso y antiguo, que caía con una elegancia imposible para ese sendero irregular. No caminaba. Estaba ahí. La mujer la observaba con una serenidad inquietante, como si Athenas fuera un recuerdo que acababa de despertar. —Cierran tarde hoy —dijo. Su voz no era fría ni amable. Era exacta. —Trabajo aquí —respondió Athenas, sin saber por qué sentía que mentir era inútil. —Qué mal lugar para trabajar, niña. El viento levantó el borde del vestido gris. No había suciedad en él. Ni polvo. Ni tiempo. La mujer dio un paso. El sonido no llegó. —Pareces triste —dijo Athenas. —¿Sí? Qué raro. No siento nada. La mujer estaba ahora junto a una tumba cercana. La misma tumba que Cyan había visitado esa mañana. Apoyó los dedos sobre la piedra con una delicadeza casi afectuosa. —Dile al hombre de las flores —dijo, sin mirarla— que me gustan los geranios, no las rosas. El cabello n***o volvió a moverse, aunque el aire seguía quieto. —¿El hombre de las flores? —susurró Athenas. La mujer no respondió. Se giró y caminó hacia la sombra entre los mausoleos, disolviéndose en el gris de la noche, como si nunca hubiera sido sólida. Athenas quedó sola. El canto lejano de un grillo rompió el silencio. Entonces lo vio. En la base de la tumba, apenas perceptible, grabado con letras finas, había un nombre: Emily López. Athenas sintió un vacío en el estómago. Esa lápida no tenía nombre hacía un momento. Corrió hasta su casa y se encerró, deslizando el cerrojo con manos temblorosas. Se dejó caer al suelo, abrazándose las rodillas. —No es real —se repetía—. Lo que vi no es real. Hundió el rostro entre los brazos. —No es un fantasma. No existen. En todos sus años en el cementerio jamás había visto algo así. Los fantasmas no existían. Las personas morían y ya. Las almas morían. Todo moría. —No es real —susurró otra vez. Pero de nada servía decírselo si la sensación de espanto ya estaba en sus huesos.
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