Athenas se miró al espejo y asintió, convencida.
La camiseta ancha de su anime favorito de ninjas le caía como una bandera de guerra cómoda. Demasiado grande, mangas largas, el símbolo del clan estampado en el pecho. Perfecta. Se recogió el cabello, dejó algunos mechones libres y empezó a maquillarse con calma, delineando los ojos negros con precisión ritual.
Entonces, una sombra. No fue un movimiento brusco. Fue una ausencia de luz donde no debía haberla. Athenas alzó la mirada y se giró.
La sombra se movía en la sala, ella camina hasta allí para conseguirse en la cocina, a él, estaba sirviéndose un café con comodidad, como si siempre hubiera pertenecido a ese espacio.
—Estas demasiado hermosa para una simple convención —dijo con suavidad.
Athenas se quedó inmóvil.
—¿Qué…?
Cyan sonrió. No una sonrisa amable. Una medida exacta de labios, como si supiera algo que ella no.
—¿Qué haces en mi casa?
Cyan levantó la taza, dio un sorbo.
Y desapareció.
No humo. No ruido. No transición. Simplemente ya no estaba.
La taza tampoco.
Athenas soltó un pequeño grito ahogado, retrocedió un paso y luego reaccionó como si el mundo estuviera persiguiéndola. Agarró su bolso, salió de casa casi corriendo y no miró atrás.
Temblorosa llega a la convención, todo era ruido, festejos, ella trataba de parecer normal y obligarse a pensar que había imaginado todo.
Leo la recibió con una sonrisa amplia y genuina.
—¡Athenas! Pensé que te habías arrepentido.
—Casi —admitió—. Pero sobreviví.
Le presentó a sus amigos. Gente que hablaba rápido, discutía teorías absurdas, defendía personajes cancelados y se quejaba de finales que jamás superarían. Athenas se sintió cómoda. Vista. Como si encajara sin esfuerzo, y la amabilidad de todos, le hizo olvidarse por un instante del incidente en su casa.
—Yo solo salgo con hombres 2D —confesó entre risas—. Son más constantes.
Leo arqueó una ceja.
—¿Y si me pinto el cabello de blanco?
Ella lo miró, sorprendida.
—¿Qué?
—Digo… podría intentarlo. Si para salir contigo.
Athenas se sonrojó. Calor real, inesperado.
—Lo… lo pensaría —murmuró.
Era la primera vez que un hombre le coqueteaba…y le había gustado lo que sintió.
Luego de la convención, Leo y ella caminaron un poco. Era agradable, estudiaba ingeniería, y había montado su negocio junto con un amigo, le pareció divertida sus teorías de anime. El la invito a comer algo, vio el reloj ya eran las 8, pero, por un día, podía llegar tarde.
Entraron a un restaurante, era la primera vez que comía con alguien que no fuera sus padres.
Leo se apoyó mejor en el respaldo de la silla, sosteniendo la caja de pizza como si fuera parte de la charla.
—Entonces… —dijo, ladeando la cabeza—, ¿qué haces cuando no estás custodiando tumbas, hablando con estatuas o defendiendo finales de anime injustamente odiados?
Athenas sonrió por la mitad.
—Estudio administración de empresas. A distancia.
—¿En serio? —sus ojos se iluminaron—. Eso no me lo esperaba.
—Casi nadie lo hace —encogió los hombros—. Me gusta porque puedo estudiar de madrugada, en pijama, y nadie me juzga.
—Eso ya es una ventaja competitiva —bromeó—. ¿Y qué planeas hacer con el título?
Athenas dudó. Jugó con el borde de la servilleta.
—Quiero montar un negocio… algún día. Todavía no sé de qué.
—¿Nada de nada?
—Tengo ideas sueltas —admitió—. Demasiadas. Una tienda, algo creativo, quizá algo que no huela a tierra mojada.
Leo rió bajo.
—Me gusta. Suena a alguien que aún no se ha puesto límites.
La miró un segundo más de lo normal.
—¿Y por qué no sales con gente real mientras decides?
Athenas bajó la mirada.
—Es por conveniencia —respondió—. Los reales se van. Los otros… no.
Leo no se rió. No la corrigió. Solo asintió, como quien entiende más de lo que dice.
—Igual —dijo con suavidad—, me alegra que hoy hayas salido.
Leo se recostó un poco más, cruzando los brazos con una sonrisa torcida, esa que aparece cuando algo te intriga más de lo que deberías admitir.
—Aunque te digo algo —añadió—. Sería complicado salir con una chica que… —hizo un gesto vago con la mano— mentalmente te engaña con otro. Y que tú lo sepas.
Athenas lo miró un segundo… y luego estalló en una risa corta, auténtica.
—Eso no es lo peor —dijo—. Tengo una estatua de K en mi cuarto.
Él parpadeó.
—¿Una estatua… estatua?
—Tamaño real.
—Claro —asintió lentamente— no podría ser de otra forma
Se inclinó hacia ella, curioso.
—Pregunta importante. ¿Todo en esa estatua es… real?
Athenas ladeó la cabeza. Sus ojos negros brillaron con una malicia juguetona.
—Todo —respondió, sin titubear—. Absolutamente todo.
Leo se quedó mirándola un segundo, luego soltó una carcajada.
—¿Sabes qué es lo más raro?
—¿Qué?
—Que no me parece raro.
Athenas sonrió.
Por primera vez, no se sintió juzgada. Solo vista.
La acompañó hasta la estación del bus. El abrazo fue breve, sincero.
—Nos vemos —dijo él —enserio me gustaría volver a verte.
—A mi también — dijo ella.
La ayudó a subir al bus como un caballero antiguo, con esa cortesía que ya casi no existe. Athenas sonrió, torpe, todavía con el calor del abrazo en el pecho.
Buscó un asiento. Se acomodó la mochila. El motor rugió.
Entonces llegaron los gritos. Primero uno. Luego varios. Un murmullo que se volvió pánico.
La gente se levantó de golpe, empujándose hacia las ventanas. Athenas no entendía nada. Sintió el tirón en el estómago antes de ver. Ese presentimiento frío que no pide permiso.
Y lo vio.
Un cuerpo tendido en la pista.
El mundo se le encogió.
Bajó del bus sin pensar, empujada por un impulso animal, por una certeza que no quería nombrar.
—No… no… —murmuró.
Era Leo.
En el suelo. Inmóvil. Demasiado quieto para alguien que hacía minutos se reía con ella. La sangre se extendía sobre el asfalto, dibujando una forma absurda, como si el suelo lo estuviera reclamando.
Athenas cayó de rodillas.
—Leo… —susurró, tocándolo con manos temblorosas—. No, por favor.
Todo era ruido. Voces encima de voces. Pasos. Llanto. Las personas gritaban desesperadas:
—¡Llamen a una ambulancia!
—¡Ayúdenlo!
Entonces lo sintió.
Alzó la vista.
Cyan estaba recostado contra un poste, a unos metros. Observándola. Fijo. Inmóvil. El rostro serio, tenso, con algo oscuro en la expresión. No sorpresa. No horror. Algo parecido al fastidio.
Athenas sintió que el aire se le iba.
Cyan no se movió. No apartó la mirada de ella.
Era como si el resto del mundo no existiera. Como si ese instante fuera solo suyo. De ellos dos.
Athenas negó con la cabeza, desesperada.
Esto no tenía sentido. No podía tenerlo.
Leo yacía muerto a sus pies.
Y Cyan la miraba… como si hubiera llegado exactamente a tiempo.