Después de nuestra conversación en el jardín, Lyana y yo regresamos al salón principal de la mansión Valcourt. El murmullo cesó, apenas cruzamos la puerta, y de pronto, todas las miradas se posaron en nosotros. —Señor y señora Valcourt —dije, tratando de mantener la voz firme—, Lyana ha aceptado casarse conmigo. El silencio que siguió fue breve, pero lo sentí eterno. Luego vinieron las sonrisas, las expresiones de sorpresa, los primeros aplausos. En medio de todo, mis ojos buscaron a mi madre. La señora Valcourt me observaba sin decir nada al principio, con una emoción contenida que parecía pelearse con algo más antiguo, más áspero. Aun así, en su mirada había algo que no veía desde hacía mucho tiempo. Decidí dejar a un lado el rencor. Ese no era el momento. Ni el lugar. Entonces, ella

