Miriam No sabía si lo ocurrido con el cuervo la noche anterior había sido un sueño o había sido real, pero me había dejado un terrible miedo que no podía explicar; mi tobillo había mejorado considerablemente, ya no me dolía y tampoco estaba inflamado, lo cual lamenté puesto que mi médico ya no vendría a visitarme, pero estaba emocionada porque sabía que lo vería una vez más, al menos hoy. Mi padre estaba muy preocupado por mí, yo era la luz de sus ojos, solía decir, aunque también lo había escuchado anhelar un hijo varón. — Tienes que ponerte bien princesa, o tendremos que posponer tu baile de cumpleaños — dijo mi padre dándome un beso en la frente — ¡Oh, no por favor padre! Estoy bien, por favor, no pospongas la fiesta, te aseguro que ya no siento dolor. — Está bien mi niña,

