Capítulo 4 El estudiante

1463 Palabras
El chico de cabello rizado, marrón, estaba sentado en una de las banquetas del campus de la universidad. Eran las doce, cuando había terminado de recibir sus clases, ya que su horario empezaba desde las seis de la mañana. Leía la Ilíada de Homero, aprovechando la sombra que le daba uno de los árboles. Sus ojos azules oscuros estaban concentrados en las palabras de cada página de la epopeya griega. Estudiaba economía al ser bueno en matemáticas, pero una de sus grandes pasiones eran los libros, así como la escritura y la lectura. Estudiaba por medio de una beca, debido a su excelente rendimiento, y también recibía apoyo de sus padres para los estudios y para vivir en una ciudad vecina, donde se hallaba la universidad. Era aplicado, estudioso y callado; pasaba desapercibido ante los otros. Además, la expresión en su rostro era seria, casi como si estuviera enojado. Era desinteresado de las modas sociales, como la música y los youtubers. El calor del medio día lo sofocaba de forma moderada. Activó la pantalla de su móvil para ver la hora y suspiró. Ya estaban a final de semestre, era el momento de trabajos y parciales definitivos. Sin mencionar que las notas que había obtenido en los cortes anteriores eran altos. Al terminar sus clases, caminó por el campus de la universidad y se dirigió a la salida principal. Vestía ropa modesta: un jean oscuro y una camisa café y un bolso a su espalda. Avanzó algunos metros cuando tres autos deportivos a los que habían recogido los techos. Allí estaba un grupo de compañeros universitarios, entre ellos, se encontraba su novia, Rebeca Hall. Su relación era solo por palabra, para evitar que fuera acosado y molestado por ese mismo conjunto de chicos. Además, él la ayudaba con los trabajos, exámenes y demás cosas académicas de la universidad. —¿A dónde vas, Hoel? —preguntó el chico rubio que manejaba el Ferrari que iba a la cabeza del pelotón. Era Ibrahím Walton, el más rico, guapo y popular de la universidad y el verdadero amante de Rebeca. —A casa —respondió Hoel de manera tranquila, mientras continuaba su camino. Ellos habían reducido la velocidad para adaptarse a su paso. —Ven con nosotros. Vamos donde tu novia —dijo Ibrahím con cierto tono burlesco en la última frase. Todos sabían que su relación era una farsa, pues Rebeca era en verdad su amante—. Nunca has ido. Anímate. —No —respondió Hoel a secas y siguió su paso sin prestarles atención. —Hoel —dijo una vez femenina. Hoel miró hacia el Ferrari, intercambiando miradas con Rebeca Hall, la que era su novia—. Ven con nosotros para que conozcas donde vivo. Hoel Dalton dio algunos pasos más en la acera, luego se detuvo con expresión neutra. Entonces, fue cuando las campanas del destino se escucharon alrededor de él. Era lento y pausado, ese sonido etéreo que nadie, ni él, podían escuchar. Dos almas gemelas estaban por encontrarse. Inhaló y exhaló profundo y aflojó sus hombros. No respondió nada y solo subió a otro de los vehículos. Así, se dirigieron a la casa de Rebeca. Al llegar, fue excluido de la celebración de ellos. Estaba en una silla, en la distancia y apartado de los demás. A lo lejos, el bullicio de la fiesta continuaba, ajeno a su desánimo. Los jóvenes reían y bromeaban, celebrando sin preocupaciones. Observó cómo Ibrahím se movía con una confianza despreocupada, atrayendo la atención de todos, en especial la de Rebeca. Las manos de Ibrahím se deslizaban con suavidad por los hombros de ella, susurrándole algo al oído que la hacía sonreír. Hoel desvió la mirada, sintiendo una punzada de envidia, pero también de indiferencia. Ya no era el mismo chico que se había ilusionado con Rebeca. Había pasado tanto tiempo desde que empezó a notar la verdadera naturaleza de sus sentimientos, que ahora solo quedaba una sombra de lo que una vez sintió. Un viento fresco sopló, refrescando el ambiente. Recordó las primeras veces que salió con Rebeca, las conversaciones triviales y los intentos torpes de acercarse a ella. Pero aquellos días se sentían lejanos, casi irreales. La relación se había convertido en una rutina sin emoción, en una costumbre que ambos mantenían por inercia. En un trato de conveniencia. Cerró los ojos un momento, escuchando el eco lejano de la música y las risas. En su mente, comenzó a formarse una idea que había estado evadiendo durante semanas: terminar con Rebeca. No por Ibrahím ni por la incomodidad de verlos juntos, sino porque merecía algo más que una relación sin amor. Merecía la oportunidad de encontrar a alguien que lo apreciara de verdad, de sentir de nuevo el entusiasmo que había perdido. Antes, al menos evitaban hacer cosas delante de él. Mas, cada vez eran cínicos y descarados en público y al frente de los demás. Abrió los parpados y se levantó de la silla, con gesto inexpresivo. No iba a quedar viendo como otro hombre tocaba a la chica que alguna vez le había gustado. Caminó hacia la puerta, para entrar a la casa. Allí se encontró con la ama de llaves, la señora Chanel, una mujer de porte elegante y mirada amable. —¿Tienen libros aquí? —preguntó Hoel, esperando distraerse en la lectura. —Por supuesto —respondió ella con una sonrisa—. La señora es dueña de una editorial. Hoel se impresionó por esa noticia. Durante su relación con Rebeca, nunca habían hablado de asuntos personales, por lo que, en realidad, ninguno de los dos sabía mucho del otro. La señora Chanel le indicó el lugar de la biblioteca privada que tenían. —Siga por ese pasillo y luego gire a la derecha —dijo, señalando la dirección—. La biblioteca está al final. Hoel siguió sus indicaciones y pronto llegó al sitio destino. Era una habitación de tamaño modesto a mediano, pero al cruzar el umbral, se sintió como si hubiera entrado en un paraíso literario. Las paredes estaban revestidas de estanterías de madera oscura, llenas de libros de todos los géneros y épocas. El aroma a papel viejo y nuevo, encuadernaciones llenaban el aire, dándole una sensación de tranquilidad y permanencia. Quedó maravillado viendo el lugar y se sumergió en la tarea de explorar y revisar las novelas que allí se encontraban. Cada libro que sacaba de las estanterías parecía abrir una puerta a un mundo nuevo, y se perdía en las sinopsis y los prólogos, tratando de decidir cuál sería el primero en leer. Pasó los dedos por los lomos escritos, sintiendo la textura y apreciando los títulos dorados grabados en algunos de ellos. Mientras examinaba una colección de clásicos, se preguntó cómo era posible que nunca hubiera sabido de esta faceta de la vida de Rebeca y su familia. La profundidad y riqueza de la biblioteca le revelaban un mundo de intereses y conocimientos que él no había imaginado. Se dio cuenta de lo poco que en realidad conocía a Rebeca. Así, una sensación de curiosidad y fascinación comenzó a crecer en su interior por la madre de ella, ¿estaba el mundo editorial por ser un negocio o si le apasionaba la literatura? O, ¿tal vez eran ambos? Aquella mujer vivía rodeada de libros. Eso era algo que podría llegar a envidiar, de buena manera. Después de un rato, encontró un rincón acogedor junto a una gran ventana que daba al jardín. Se sentó en un sillón de cuero y abrió uno de los libros que había seleccionado. El sol entraba por la ventana, creando un ambiente cálido y acogedor. Mientras leía, se sintió cada vez más relajado, permitiendo que las palabras lo transportaran lejos del ruido y las complicaciones de la fiesta. Hoel perdió la noción del tiempo y le dio sed. Decidió bajar a la cocina para tomar agua. Sin embargo, iba distraído en las páginas del libro que había estado leyendo. Al bajar las escaleras y al estar en la sala de estar, no se percató de la persona que venía caminando hacia él. En su distracción, chocó de lleno con alguien. La colisión fue fuerte como para que ambos perdieran el equilibrio. Dos golpes ahogados se oyeron, uno era el celular y el otro del libro. En ese momento fue cuando las campanas sonaron con mayor fuerza y rapidez, como si el destino mismo estuviera emocionado por haber propiciado que dos personas se encontraran por primera vez en la vida. Hoel cayó encima de ella, quedando sus rostros el uno frente al otro a escasos centímetros. No necesitaba ser un genio para saber de quién se trataba. Aunque no la conocía, sabía que ella la señora Hall: LA MADRE DE MI NOVIA, pensó.
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