Valentina respiró hondo frente a la puerta de la oficina de Álex, como si estuviera a punto de ser juzgada por la Corte Suprema… o por su propia conciencia, que era peor. Tenía el corazón en la garganta, las manos frías y la sensación de que iba a desmayarse en cualquier momento.
—Toca la puerta, cobarde —se dijo a sí misma en voz baja.
Nada.
—Vamos, Valentina, que no te va a comer. Bueno… probablemente no. —Se frotó la frente—. ¡Ay, Diosito, por qué me mandaste a trabajar aquí! ¡Yo quería una vida tranquila, no una montaña rusa emocional firmada por Álex Montes!
Al final, tocó.
—Adelante —respondió la voz profunda de Álex.
Valentina tragó saliva y entró, cerrando la puerta detrás de ella como quien sella su propio destino.
Álex estaba de pie junto a la ventana, con el traje perfectamente planchado, la mirada perdida en el horizonte de la ciudad. Siempre parecía un modelo de revista… o un villano millonario a punto de destruir al héroe. Nunca había términos medios.
Él giró la cabeza, la vio, y se volvió completamente hacia ella.
—¿Lo tienes?
—Sí —dijo ella con la voz más temblorosa del hemisferio—. Aquí está la versión revisada.
Le extendió el folder.
Álex lo tomó con sus largos dedos, lo abrió y empezó a leerlo sin decir ni una palabra.
Silencio.
Silencio mortal.
Silencio que Valentina sintió como si alguien estuviera apuñalando su dignidad con un tenedor.
—¿Está… mal? —preguntó ella, tragando saliva.
Álex levantó la vista.
—No. Está bien.
El corazón de Valentina dio un micro infarto.
—¿Bien… bien? ¿O bien “podría ser peor”?
Él se acercó a ella, apoyando el folder sobre su escritorio.
—Bien, Valentina. Lo hiciste bien.
La mente de Valentina explotó.
¿Álex? ¿Diciendo “bien”? ¿A ella?
¿En voz alta?
Esto debía ser un error del sistema.
O ella estaba muerta y en el cielo.
—¿Estás seguro…? —preguntó ella como si esperara una cámara oculta.
Álex frunció el ceño.
—Si no lo estuviera, te lo diría.
Valentina suspiró tan fuerte que se mareó un poco. Álex la miró con esa expresión entre confundida y divertida que solo usaba cuando ella hacía algo torpemente adorable… lo cual era siempre.
—Relájate, Valentina —dijo él. —No voy a devorarte.
Ella murmuró:
—No digo que me vayas a devorar… pero a veces hablas como si fueras capaz de demandarme por respirar.
Álex arqueó una ceja.
—Solo si respiras de manera incompetente.
Valentina se llevó una mano a la cara.
—Perfecto, agregado a la lista de cosas que revisaré antes de venir a trabajar: respiración.
Álex soltó una exhalación que, para cualquier otro, habría pasado desapercibida… pero en él parecía casi una risa.
—Ven —ordenó él, caminando hacia la pantalla gigante de presentaciones—. Quiero mostrarte algo.
Valentina lo siguió, sintiéndose como un pollito persiguiendo a un lobo… un lobo muy atractivo, maldita sea.
Álex conectó su computadora.
La portada de la presentación apareció en la pantalla.
Valentina se quedó mirando, sintiendo que su corazón hacía una voltereta.
—¿Cambiaste… la portada? —preguntó ella sorprendida.
Álex asintió.
—Sí. La tuya era correcta, pero necesitaba algo más profesional.
Valentina entrecerró los ojos.
—¿Y qué tenía de malo la mía?
Él la miró muy serio.
—El título estaba en Comic Sans, Valentina.
Ella se agarró el pecho.
—¡A mí me pareció adorable!
Álex cerró los ojos un segundo como quien busca paciencia divina.
—Comic Sans no es adorable. Es una amenaza visual.
Valentina murmuró:
—Hay amenazas visuales peores. Como tu cara cuando estoy cinco minutos tarde.
Álex la miró fijo.
—¿Quieres que revisemos tu contrato juntos?
Valentina dio un paso atrás:
—No, gracias. Continúa, Montes.
Él siguió explicando las diapositivas.
Valentina, sin embargo, no podía dejar de observar el perfil de Álex mientras hablaba. La forma en que movía las manos, su voz firme, su seguridad… y la forma en que de vez en cuando la miraba directamente, como si la estuviera evaluando, midiendo, estudiando… o algo más.
¿Algo más?
No. No. No.
Ella estaba delirando por estrés.
Sí, debía ser eso.
—Tienes que recordar algo —dijo Álex de pronto—. La junta de mañana no es difícil. Estarán cansados, quieren eficiencia. Diles la información concreta y no divagues.
Valentina asintió, repitiendo mentalmente: “no divagues, no cagues nada, respira bien”.
Álex entonces se acercó un poco más.
Demasiado más.
—Mírame, Valentina.
Ella levantó la vista de inmediato, con ojos de ciervo a punto de ser atropellado.
—Si te pones nerviosa —dijo él—, concéntrate en un solo punto de la sala. Y respira. No quiero que te desmayes frente a ellos.
Valentina abrió la boca, horrorizada.
—¿Desmayarme? ¡¿Por qué dices eso?! ¡Nunca me he desmayado en una presentación!
Álex entrecerró los ojos.
—Te desmayaste cuando te dije que revisaras un informe.
Valentina se llevó una mano al pecho.
—¡No me desmayé! ¡Me tropecé con mis propios pies! ¡Es diferente!
Álex negó con la cabeza.
—La gravedad no piensa eso.
Valentina infló las mejillas.
—Si la gravedad tiene algo que decir, que venga y me lo diga en la cara.
Álex alzó una ceja y cruzó los brazos.
—La gravedad ya te lo dijo. Te tiró al suelo.
Valentina cerró los ojos.
—Me rehúso a seguir siendo humillada en esta conversación.
Álex la miró… y sonrió.
Una sonrisa suave.
Una sonrisa que no debía existir en el rostro de un hombre como él.
—Valentina —dijo—. Lo harás bien.
Ella lo miró, sorprendida por la sinceridad de sus palabras.
—¿Estás seguro?
—Lo estoy. —Su voz sonó más baja—. Confío en ti.
El estómago de Valentina hizo una voltereta olímpica.
Todo iba relativamente tranquilo hasta que el ascensor se abrió y Lucía apareció en la puerta de la oficina.
—¡Isa, te estaba buscando! —gritó desde el pasillo—. Necesito que…
Álex se giró lentamente hacia ella.
Lucía tragó saliva.
—…que… que sigas viviendo, Isa. Olvida lo que dije. Continúa con tu vida. —Y se dio media vuelta como si hubiera visto un fantasma.
Valentina suspiró.
—¿Ves lo que provocas en la gente?
Álex respondió sin inmutarse:
—Si la gente hiciera su trabajo, no tendría que provocar nada.
Valentina bufó.
—Pues mira, yo sí hago mi trabajo. Y lo intentaré mañana… aunque me tiemblen hasta las pestañas.
Él asintió.
—Lo sé.
Valentina sintió un calor extraño en el pecho.
—Bueno… me voy a preparar lo último. —Hizo una pausa—. ¿Necesitas algo más?
Álex la observó un segundo.
Un segundo demasiado largo.
—Sí, en realidad…
Valentina se detuvo.
—¿Sí?
—Pasa por aquí antes de irte hoy. Quiero darte una instrucción final.
Valentina parpadeó.
—¿Una instrucción final? ¿Qué clase de… instrucción?
Álex solo dijo:
—Ven a las ocho. Te estaré esperando.
Esperándola.
A solas.
A las ocho.
Valentina sintió que el cerebro le explotaba estilo fuegos artificiales.
Suspenso
¿Por qué Álex quiere verla sola a las ocho?
¿Qué “instrucción final” necesita darle antes de la junta?
¿Y por qué la forma en que lo dijo hizo que a Valentina se le aflojaran las rodillas?
El reloj avanza… y la noche promete mucho más de lo que Valentina imagina.