Valentina apenas podía mantenerse de pie. Su cuerpo estaba cubierto de restos de pesto, harina, y un poco de salsa de vino tinto que había sobrevivido milagrosamente a la primera batalla con los ingredientes rebeldes. Alejandro, a su lado, parecía un general derrotado que aún intentaba mantener la dignidad mientras sostenía una sartén como si fuera un arma de guerra.
—Vale… —dijo él, con voz grave—. Creo que estamos oficialmente fuera de control.
Valentina arqueó una ceja, tratando de no soltar una carcajada.
—Oficialmente fuera de control… es decir, tu especialidad. Porque si hay algo que dominas es convertir cualquier cosa que toque la cocina en un espectáculo de terror.
—¡Hey! —respondió Alejandro, con un tono que mezclaba indignación y diversión—. Esto es creatividad culinaria en su máxima expresión. No todos pueden entenderlo.
—Creatividad —replicó Valentina con sarcasmo—. Sí, claro. Igual que llamar “épico” a que los camarones te ataquen mientras un pollo intenta dominar el sofá.
Antes de que Alejandro pudiera responder, el timbre del departamento sonó nuevamente. Ambos se miraron con horror. ¿Quién podía atreverse a tocar la puerta después de la guerra gastronómica? Valentina se acercó con cautela y abrió, encontrándose con el repartidor de la última entrega, que ahora lucía más pálido que un fantasma y temblaba como gelatina.
—¿Otra vez ustedes? —dijo, con voz trémula—. Es… es que la caja se movía… y… creo que hay algo más dentro.
—Sí, claro —dijo Alejandro, cruzándose de brazos—. Eso pasa cuando mezclas alta cocina con valentía… y un poco de locura.
—Locura —replicó Valentina—. Sí, porque llamar “épico” a esto sería subestimar nuestra habilidad de causar caos.
El repartidor, sin esperar más explicación, dejó la caja en el suelo y retrocedió unos pasos. Alejandro miró a Valentina con una sonrisa desafiante.
—Vale… —dijo él—. Parece que nos espera otra aventura.
—Otra aventura… sí, porque nuestras vidas normales son demasiado aburridas para nosotros —respondió Valentina, rodando los ojos—.
Ambos se acercaron a la caja con cautela. El pollo y los camarones, tras la primera batalla, ahora parecían haber reclutado aliados: varias verduras y utensilios de cocina habían caído en fila, como un ejército dispuesto a rebelarse contra cualquier intento de control humano.
—Ok… —dijo Valentina, con voz temblorosa pero divertida—. Esto ya no es cocina… esto es una película de ciencia ficción.
—Sí —respondió Alejandro—. Y como todo buen film de ciencia ficción, necesitamos un plan maestro.
—Plan maestro —repitió Valentina—. Ah, sí. La última vez tu “plan maestro” consistía en gritar y esperar que el perro resolviera todo.
—¡Ese plan funcionó parcialmente! —protestó Alejandro—. Solo parcialmente, no te atrevas a decir que fracasó por completo.
Valentina soltó una carcajada mientras veía cómo un camarón saltaba hacia la encimera, esquivando cualquier intento de ser atrapado. Alejandro lanzó la espátula con precisión militar, logrando capturarlo… solo para que otro camarón saltara sobre su hombro.
—¡Oye! —gritó Alejandro—. ¿Acaso estos camarones tienen entrenamiento ninja?
—Sí —dijo Valentina, secándose el pesto de la cara—. Se entrenan con tu ego, por eso son tan ágiles.
Alejandro bufó, claramente ofendido.
—Mi ego es impecable —dijo con solemnidad—. Impecable y merecedor de respeto, gracias.
—Impecable —replicó Valentina—. Claro, impecable como un pollo que intenta matarte en tu propio departamento.
Mientras ambos luchaban con la rebelión culinaria, el teléfono de Valentina vibró. Un mensaje entró de un número desconocido:
**Cliente misterioso:** “Acabo de abrir la caja y hay un pollo que me mira mal… y los camarones parecen planear una conspiración. ¿Qué clase de cocina es esta?”
Valentina levantó la mirada hacia Alejandro.
—¿Qué clase de desastre hemos enviado esta vez?
—Desastre… —repitió él, con una sonrisa torcida—. Sí, eso es exactamente lo que hemos creado. Pero míralo por el lado positivo: nadie olvida nuestra cocina.
—Eso es cierto —dijo Valentina, mientras un camarón saltaba hacia su hombro nuevamente—. Nadie en la historia de la humanidad olvidará jamás el día en que los camarones y un pollo intentaron dominar un departamento.
El pollo, como si entendiera sus palabras, dio un paso al frente, como desafiando a los humanos a reaccionar. Alejandro respiró hondo y se acercó con cautela.
—Vale… —susurró—. Creo que necesitamos una táctica definitiva.
—¿Táctica definitiva? —preguntó Valentina—. Sí, claro. Porque hasta ahora tu “táctica definitiva” consistía en gritar y lanzar harina.
—¡Eso funcionó parcialmente! —replicó él, con cara de indignación—. Y esta vez vamos a hacerlo bien.
Valentina suspiró y se preparó. Sabía que esta vez no había margen de error. El pollo y los camarones estaban claramente organizados y parecía que tenían un plan. Incluso el perro de la vecina se encontraba en la cocina, observando con cara de superioridad como si dijera: “Ni yo quiero estar en este desastre, y aún así estoy aquí para juzgarlo todo”.
—Vale… —dijo Alejandro, mientras tomaba dos sartenes y se preparaba para enfrentar la rebelión—. Esto es épico.
—Sí… épico y completamente imposible —replicó Valentina, mientras lanzaba un delantal sobre el pollo para atraparlo—.
En ese momento, la puerta del departamento sonó de nuevo. Ambos se miraron con horror.
—¿Quién… ahora quién viene? —susurró Valentina, mientras Alejandro caminaba hacia la puerta lentamente, con las sartenes aún en la mano—.
—No lo sé… —respondió él—. Pero algo me dice que no va a ser nuestro cliente, y que si abre la puerta, la verdadera épica apenas comienza.
Valentina tragó saliva, consciente de que la próxima ola de caos estaba a punto de estallar. El pollo se movía inquieto, los camarones se agrupaban estratégicamente y el perro miraba como si supiera que nada bueno podía suceder.
—Alejandro… —dijo Valentina, con voz temblorosa pero divertida—. Creo que estamos a punto de descubrir qué tan épica puede ser la cocina… de verdad.
Y justo cuando Alejandro abría la puerta lentamente, un sonido extraño y metálico proveniente del pasillo los hizo saltar al mismo tiempo. Sabían que, después de todo lo que había pasado, esta vez la sorpresa no sería ni pollo, ni camarón… sino algo completamente inesperado.
—Vale… —susurró Alejandro, mirándola con ojos enormes—. Esto… esto es solo el principio.
Valentina asintió, mientras ambos se preparaban para enfrentar lo que fuera que estuviera al otro lado de la puerta. El caos no había terminado. Ni mucho menos.