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La joven noble se encontraba en el interior del palacio imperial aquella enorme construcción con una apariencia majestuosa,
Era claro que aquel enorme palacio llevaba cien años construido por el simple hecho de que se notaba demasiado, pero las más recientes cambios que siempre eran llevados por la esposa del gobernador hacía parecer siempre al palacio en un lugar admirable.
Un jardín enorme rodeaba aquella recidencia, siempre mantenía una apariencia romántica a la vez que daba una apariencia de elegancia.
Rosales se encontraban a los alrededores, árboles altos que siempre eran cuidados como si perteneciera a la propia familia real.
Claramente aquel color verde de las plantas se podía ver mezclado con las tonalidades de elegantes vestidos que usaban las damas de compañía de aquella joven princesa que apenas rodeaba la edad de catorce años.
Su figura era delicadamente delgada, su piel tan pálida como la propia porcelana haciendo de notarse que jamás salía al sol por ese motivo aquella tonalidad. Su cabello era largo hasta tocar sus caderas que mantenía un color castaño, su cabello era cubierto del sol por aquel delicado sombrero que cumplía el objetivo de cubrir el sol.
Sus pupilas dilatadas por un extraño producto de belleza hacía más visible aquella mirada inocente de ojos avellana, aquellas mejillas cubiertas por un ligero rubor que le daba la apariencia de estar levemente sonrojada daba un toque suavemente de belleza cautivadora pero no a de quedar atrás aquella vestimenta adecuada para su edad; un vestido de delicadas telas de tonalidad azul con un poco de dorado para hacerla destacar siempre a dónde fuera que vaya.
La inocente mirada Avellaneda se dirigió a la vestimenta de sus acompañantes haciendo que frunciera levemente la nariz haciendo notar su disgusto.
La vestimenta de una de acompañantes era de un color más llamativo que el azul, solo ese detalle hacía que se molestará por ese simple detalle por otra parte su cabello rojo era aún más hermoso que su cabello castaño.
— Pensé que la única que podía destacar en este palacio e imperio debía ser yo.
Comento con gran disgusto la joven princesa Adrienne, aquello solo causo que la mirada de su acompañante se volviera más deprimente ya que tenía la misma edad que la princesa pensaba que usar un color llamativo sería buena opción para aquel día.
De nuevo los ojos avellana vieron la vestimenta pero está vez de su otra acompañante quien de igual manera tenía su misma edad, sus labios se volvieron en una sonrisa de alegría y sus ojos brillaron de gran alegría.
La vestimenta de su acompañante no destacaba en nada de hecho era un cero comparada con su vestimenta que claramente sería un número más alto e importante.
Usaba un vestido largo de tonalidad gris opaco por otra parte su cabello era corto hasta el cuello y era de color n***o, nada en ella podía destacar a menos claro el detalle que no había rastro de maquillaje o esfuerzo para dar una buena imagen.
— Pero admito que evelin viste de la manera correcta.
La nombrada respondió con una reverencia y una sonrisa tal parecía que en verdad se había esforzado por no destacar y a la vez optener aquel pequeño cumplido.
Pero en los ojos verdes de la pelirroja solo había gran molestia en verdad ella también deseaba recibir ese cumplido pero ahora había logrado el enojo de la princesa.
— Bueno sigamos...
Volvió a comentar la princesa ya que no se encontraban en el lugar que deseaba estar en su amado columpio hecho especialmente para ella, era tan hermoso por las flores que se podían ver y el lugar donde estaba parecía ser un perfecto sueño de hadas.
Pero en otra parte no era para nada un sueño de hadas de hecho parecía una escena de una novela de terror.
Una jaula escondía a una pobre alma que conocía desde el día de su nacimiento lo peor de la humanidad, era de esperarse había nacido siendo hijo de una esclava por lo tanto merecía una cruel vida pero aquel hombre que le había causado cicatrices en su cuerpo hoy sería amable ya que lo vendería a cambio de unas monedas.
— Ante ustedes una pobre alma, podría serviles para cualquiera de sus deseos para la eternidad.
El inocente niño de apenas la edad de catorce años miro con tristeza a las personas que escogerían su nuevo destino solo habían dos opciones;ser comprado y cumplir su deber de esclavo o la segunda morir por los golpes que le esperaban cuando vuelva.
Ambas eran horribles opciones...
Pero debía aferrarse a la primera opción ya que deseaba ver nuevamente el amanecer y cumplir algún día su deseo de corazón; ser feliz.
Escuchaba las voces de esas personas quienes decían números como si fueran palabras incomprensibles ya que poco comprendía.
— Ofresco treinta cuatro monedas de bronce.
Aquello provocó un silencio entre los compradores mientras que el pequeño esclavo miraba el suelo y sujetaba con fuerzas los barrotes de su jaula.
Al parecer su destino sería estar con hombre de edad avanzada de mirada fría y por supuesto un terrible aspecto.
— Yo ofresco dos monedas de plata.
La vos provenía de una mujer que se encontraba detrás, las miradas de inmediato se trasladaron a esa femenina viéndola con disgusto ya que era claro.
— ¿Quien pagaría tanto por un esclavo?
Aquel hombre de las monedas de bronce se había realizado la pregunta ya que esperaba llevarse sin problemas al esclavo.
— ¿En verdad pagara esa cantidad?
Está vez la pregunta provenía del hombre que lo estaba vendiendo y tampoco se hizo de esperar las voces de los demás.
No había notado el pequeño esclavo cuando comenzó a ser liberado de aquella jaula al parecer el destino había Sido un poco generoso con el, dándole la oportunidad de salir de aquella jaula donde apenas podía moverse eso era lo deseaba y ahora estaba hecho.
— ¡Silencio! quien perderá monedas de plata seré yo no ustedes.— contesto finalmente aquella mujer castaña de ojos grises, su vestimenta era simple ya que solo se trataba de una falda rosada con una blusa blanca y claramente llevaba botas con un poco de lodo de bajo de estás.